XI

 

Vivir la vida de acuerdo a la opinión de los demás

no es más que esclavitud

Lawana Blackwell

 

 

El walkman –y su brillante heredero, el mp3– debe ser uno de los inventos más revolucionarios en la historia de la humanidad. Ni la llegada del hombre a la Luna o los aviones supersónicos pueden compararse con la sensación de caminar por la playa escuchando a Barbra Streisand interpretar “You are the top” con una orquesta de 150 músicos, o pasear en bicicleta por un parque con Caetano Veloso susurrándonos en el oído “O, qué será, qué será…”. Si Dios hubiera sido un poco más generoso nos habría dado un soundtrack personal para cada momento de la vida, además de un par de tijeras para editar los momentos aburridos y desagradables de la existencia, como las reuniones con el contador, las colas en el supermercado, los discursos políticos o el tiempo que un publicista debe pasar en una ciudad extraña esperando la respuesta de un jugador de fútbol.

Habían pasado cuatro días desde nuestra llegada y aún no teníamos noticias de Lecampino. Su agente suspendió una reunión tras otra, y cuando finalmente nos reunimos a comer con uno de ellos en Casino de Madrid, en la calle de Alcalá, nos anunció sin piedad: “Fechas, aún no tenemos”.

–Vicente, yo no puedo seguir esperando –me dijo Cristina de regreso al hotel–. La reunión de los viñateros en Napa es la próxima semana y no tenemos nada preparado. Tengo que volver a Santiago. Tú quedas a cargo. Y es mejor que vuelvas con los papeles firmados, porque de eso depende tu futuro en la empresa.

¿Mi futuro en la empresa? Mis planes eran escribir mi libro y renunciar, ése era mi futuro en la empresa. Sin embargo, en cuanto recibí la amenaza sentí que me aferraba a mi cuarto de torturas como Meryl Streep a sus hijos en La decisión de Sophie. Después de todo, era lo único que tenía.

Cristina partió esa misma noche. Desde la ventana vi al portero acompañarla bajo un paraguas hasta el auto negro, seguida por un botones que cargaba sus tres maletas Tumi.

Pedí una copa de vino y una ensalada, y justo cuando me disponía a ver un capítulo nuevo de La Tómbola (“La modelo y animadora Mar Flores, ¿moderna Mata Hari? Hoy, a las siete, en Televisión Española”), vi la banderita de mi correo electrónico tintineando en la pantalla del computador.

 

AlbertoC@Aldunate.cl

Subjet: Decisión

 

Mi querido Vicente:

¡Cómo te he echado de menos estos días! ¿Cómo está la primavera en Madrid? Han sido días difíciles en Santiago y siento que la situación en la oficina no da para más. Después del “incidente” de los llamados, Máximo y el resto han estado muy distantes conmigo. Hubo una importante comida de negocios a la que no fui invitado, y el pleito de Telefónica Mexicana quedó en manos de un junior partner que lleva apenas seis meses en el estudio. Pero eso no es lo importante. Mi actitud hacia la firma ha cambiado desde mi conversación con Máximo. Cosas que antes pasaba por alto ahora me irritan. Su beatería hipócrita, su decisión de no pasar los avisos contra el sida en el canal y los diarios donde forma parte del directorio, su convencimiento de que en este país no se hace nada si él no lo aprueba, me parecen obscenos. No sé cómo aguanté tanto tiempo, y no sé por qué no me llamaste la atención antes. Estoy cansado, Vicente, y no quiero que mi vida dependa de un tipo como éste. Voy a renunciar, lo tengo decidido. No sé qué voy a hacer en el futuro. ¿Crear un movimiento contra Máximo Aldunate? Lo que sea, será para mejor. Estoy seguro.

Un abrazo y un beso,

A.

 

PS. ¿Qué pasa con Samuel? Ayer lo vi en el Zanzíbar con el modelo argentino.

 

Cerré el correo, me tiré sobre la cama y miré el televisor, donde Mar Flores se defendía de las pirañas de La Tómbola, que la acusaron de prostituta, hereje y no sé qué más, todo antes del primer corte a comerciales. Pero no me pude concentrar en las veleidades del corazón farandulero español. Lo único que pensaba era en Alberto, y en la alegría que me daba ser su amigo.

(Bueno, también en cuál sería la manera más dolorosa, lenta y sádica de vengarme de Samuel.)

A las nueve sonó el teléfono. Era el representante de Lecampino para avisarme que finalmente me reuniría con el futbolista, dos días después.

–¿En su oficina?

–No, en su estancia en las afueras de Sevilla, si no te importa.

(Nota: Salir de shopping. No tengo nada apropiado para el campo.)

(Lista de compras: zuecos Birkenstock, gorro impermeable Burberry’s y suéter de cashmere con canutones en tonos tierra, como los de los modelos de J. Crew.)

 

 

 

Dos días después, crucé media España en el tren ultrarrápido AVE, desde la estación de Atocha a Sevilla. Allí me esperaba un chofer llamado Jesús, en una 4 x 4 que se internó por unos caminos andaluces que no eran más que senderos de piedra y barro. Llovía furiosamente.

–Jesús, ¿falta mucho? –pregunté después de veinte minutos saltando dentro de la camioneta, como un hielo en la coctelera.

–No, hombre, nada –contestó desde las alturas del manubrio–. Una hora y media, dos horas, dependiendo del tiempo.

“En cualquier minuto nos parte un rayo”, pensé, mientras la 4 x 4 desaparecía por las colinas bajo la intensa lluvia y los relámpagos.

 


 

 

XII

 

 

Un beso es solo un beso, un suspiro es solo un suspiro

Tema central de Casablanca

 

 

Es el momento de decir la verdad. No importa lo que hayan leído o visto en la televisión; ésta es la versión oficial, de acuerdo a uno de los protagonistas del escándalo: yo.

(Nota: Tatiana Velasco se merece una buena demanda por sus comentarios en Guerra de Estrellas. Un beso es solo un beso, no “una aberración”.)

Por instrucción de mis abogados, trataré de ser lo más preciso posible en mi recuento de los hechos.

Jesús y yo llegamos a la estancia La Viña Marina cerca de las cuatro de la tarde, bajo una lluvia torrencial.

–Ahí esta don Sebastián –dijo Jesús indicándome una figura a la distancia, con parka y botas, protegida de la lluvia bajo el alero que circundaba toda la casona. Poco podía ver, pero lo que distinguí fue suficiente para darme cuenta de que no era una parcelita cualquiera. Aparte de la casa blanca con tejas rojas y balcones inundados de claveles, había dos establos, una caballeriza, un campo de saltos, una cancha de babyfútbol con sus arcos, y potreros llenos de vacas. Los cercos de la propiedad se perdían en el horizonte.

–Vaya, vaya… que yo le llevo la maleta a la casa –dijo Jesús.

Lecampino me recibió con un apretón de manos.

–¡España en mayo! Hasta ayer estaba precioso, y hoy, ¡el diluvio!

Era alto, atlético y de rasgos atractivos, aunque nada se comparaba a su sonrisa amplia, cálida, segura y amistosa. La sonrisa de un triunfador. Todo lo que había leído sobre él en las revistas parecía ser cierto, a primera vista por lo menos.

 

El hombre Cosmo de esta edición no necesita presentaciones. El astro del fútbol internacional Sebastián Lecampino es uno de los hombres más sexies del planeta. Ojos y pelo negro, 31 años, un cuerpo para morir, y ¡solterísimo! Más fotos en www.cosmoenespanol.com

Cosmopolitan, ¡En Español!

 

 

Llegué a mi pieza por un largo pasillo de baldosas con muros de adobe y puertas, puertas y más puertas. Una vez allí me encontré con mi maleta sobre la cama, flores frescas en una jarra y toallas recién planchadas sobre la repisa del baño. “La cena es a las diez”, anunció la mucama antes de dejarme solo.

–Perdona que te haya hecho venir hasta aquí, especialmente con este clima –fueron las primeras palabras de Sebastián cuando nos sentamos a la mesa–. Pero estoy con mucho trabajo en el campo y entrenando para la próxima temporada. No tengo tiempo para nada.

–Espero que tengas tiempo para Almacenes Roma –le dije, imitando el tono profesional de Cristina.

–La oferta es tentadora, pero la idea de hacerla con Tatiana “como pareja” –hizo el gesto de comillas con los dedos–, no sé si me interesa.

–¿ Por qué?

(Un verdadero profesional no teme hacer las preguntas que vengan al caso, especialmente si su estabilidad laboral depende de ello.)

–Porque creo que a lo único que puede aspirar un hombre es a la libertad. Y por lo mismo, prefiero hacer mis cosas solo. No quiero que mis negocios dependan de otros.

Sebastián demostraba una seguridad apabullante, que le venía, supongo, de haber hecho tantos goles. Solo Dios sabe cómo se habría desarrollado mi personalidad si hubiera metido la maldita pelota aunque fuera una vez en el arco en mi colegio. Quizás ya habría escrito mi libro, o sería primer bailarín en la compañía de Alvin Ailey, o director creativo de Gucci. Si los adolescentes gay supieran cuánto depende de su habilidad para dar pie con bola, no se pasarían las clases de gimnasia fumando en los camarines y comentando el final de Sex and the city.

–Tú no sabes mucho de fútbol, ¿no? –me preguntó Lecampino después de la cena, cuando nos sentamos en la sala, junto a la chimenea, con un vaso de whisky en la mano.

–¿Tanto se me nota?

–No me has hecho ninguna de las preguntas típicas. No me has dicho nada sobre el partido con Italia el 99, la Copa Libertadores, el gol frente a Argentina el 2000…

(¿Huh?)

–Nunca he sido bueno para los deportes –confesé.

Durante más de una hora habló mirando el fuego. Me contó de su niñez en Viña, de la beca deportiva que había obtenido en una universidad inglesa, y de cómo sus planes de convertirse en arquitecto quedaron a un lado cuando recibió la millonaria oferta del Manchester United.

–Esta casa es mi proyecto arquitectónico –agregó, paseando la mirada por los altos techos iluminados por la luz de la chimenea–. Si la hubieras visto cuando la compré, no lo podrías creer.

–¿Pasas mucho tiempo aquí?

–Todo el que puedo.

–¿Por qué en España y no en Chile?

–Porque aquí estoy más cerca de mi equipo, obviamente, pero también porque la vida en Chile se me hace muy difícil. En España, como yo hay muchos. En Chile, con Bam-Bam somos los únicos. No soporto la presión.

–¿No te sientes solo tan lejos de todo?

–La soledad nunca ha sido un problema para mí.

–¿Y Tatiana?

–Con Tatiana somos compañeros, nos queremos, pero también entendemos las exigencias de la carrera de cada uno. Jamás le pediría que dejara todo por acompañarme… Y si se lo pidiera, no creo que aceptara.

Quizás fue la media botella de vino durante la comida, el whisky, la seductora voz de Harry Connick Jr. por los parlantes, o el estar a solas con el Hombre Cosmo de marzo del 2001, pero, de pronto, en la nebulosa del fuego y el alcohol la reunión de negocios se había transformado, al menos en mi cabeza, en la mejor cita a ciegas de mi vida. Si hubiese sido una película, ésta sería la escena en que Julia Roberts se queda observando a Hugh Grant mientras sus voces y risas desaparecen bajo una romántica melodía de piano y violines. Hugh sonríe, sigue hablando, y la cámara se concentra en los ojos de Julia, que no deja de mirarlo. “Huh, uh –diría el público en el cine–, Julia se está enamorando.”

–Parece que dejó de llover –dijo Sebastián cerca de la medianoche, mirando por la ventana–. ¿A qué hora partes mañana?

–Mi tren sale a la cinco de la estación de Sevilla.

–Sobre el contrato… –agregó–; déjame pensarlo y te doy una respuesta definitiva por la mañana.

Me dio las buenas noches con un apretón de mano y se dirigió a su habitación, pero a medio camino se dio la vuelta y me dijo, sonriendo:

–Si el día está bueno, te doy una lección de fútbol.

–Soy un pésimo alumno...

–Soy un buen profesor.

 

 

 

Once de la mañana. Cancha de baby-fútbol de La Viña Marina. Yo en el arco. Con mis zapatillas Puma hundidas en el barro, mis jeans Diesel completamente estropeados y mi suéter color tangerine salpicado de agua, trato de atrapar el primer pelotazo de Sebastián.

De verdad traté. Pero, cuando vi la enorme pelota volando a toda velocidad hacia mí, arranqué con un grito del que me arrepentiré hasta que el último de mis huesos se haya convertido en polvo.

–La idea es atajar la pelota –dijo Sebastián riendo.

Llevaba puesto un buzo azul con la bandera chilena estampada en el pecho como una medalla. Se veía fresco, limpio, viril. El pelo mojado, la cara recién afeitada…, ay, Dios mío.

–Ahora trata de quitármela –me alentó después, mientras daba puntapiés a la pelota manteniéndola en el aire durante una eternidad.

–No, no creo que…

–¡Vamos!, no seas cobarde…

Corrí detrás de Sebastián, pero él corrió más rápido. Finalmente lo alcancé; él cruzó con la pierna derecha, luego con la izquierda, le agarré el brazo, me empujó con el hombro, tomé el control de la pelota y, de pronto, los dos resbalamos en el barro: yo caí de espaldas al suelo y él cayó sobre mí, ambos riendo a carcajadas. Lo vi como si hubiera estado filmado en cámara lenta, con una perfecta iluminación y cinematografía. Un mechón de pelo le caía sobre los ojos, el tibio sol de la mañana se reflejaba sobre su piel, su boca se veía húmeda y rosada… Sin pensarlo dos veces, alcé un poco la cabeza y pegué mis labios a los suyos.

Debí haberlo pensado dos veces.

Sebastián quedó paralizado. Yo, catatónico. Se levantó y, sin decir una palabra, corrió hasta la casa, dejándome mental, emocional, física y literalmente en el piso, con tres preguntas rondando en mi cabeza:

1. Dios, ¿qué hice?

2. ¡Dios, ¿qué hice?!

3. ¡DIOS, ¿QUÉ HICE?!

Lo encontré sentado en la mesa de la cocina, con la mirada hundida en el suelo, debajo de la verdadera fortuna en ollas y sartenes de Williams Sonoma que colgaban del techo.

–Sebastián… Perdona, no sé qué me pasó. No tengo ninguna explicación.

 (¿Fui poseído por el demonio? ¿Mi mamá no me quiso cuando era chico? ¿Soy un psicópata sexual con orden de arresto en tres continentes?)

Sebastián se puso de pie, levantó las manos y, justo en el momento en que cerré los ojos resignado a recibir la golpiza de mi vida (¡la cara no, por favor, la cara no!), sentí su boca en la mía. Sus manos recorrieron mi espalda y se internaron en sitios que por consejo de mis consultores legales no puedo mencionar. Los perros ladraron, las vacas huyeron, el cielo se abrió revelando un sol radiante y terminamos, como Michael Douglas y Glenn Close en Atracción fatal, jadeando sobre el lavaplatos, exhaustos de placer.

A las tres y media la mucama tocó la puerta de mi pieza. “Don Sebastián ha tenido que partir, pero le ha dejado esto.” Era un sobre con el contrato de Almacenes Roma, firmado, y una pequeña nota: “Perdona que no me haya quedado para despedirme personalmente, pero tengo cosas que hacer. ¡Llámame! Un abrazo apretado. Sebastián.” A un costado había anotado su número.

(¡Un abrazo apretado!)

Tomé mi maleta, subí al auto y Jesús me condujo a la estación.

 

 

 

A un cerro de distancia, escondido entre los arbustos, John Sykes, un paparazzo inglés que había alcanzado cierta notoriedad por sus fotos de Catherine Zeta-Jones embarazada y en topless en Marbella, y las de Gwyneth Paltrow y Brad Pitt desnudos en Ibiza, abrió su celular y marcó los trece dígitos de un número de Londres.

–Jefe, tengo una exclusiva que no va a poder creer –anunció, con un marcado acento cockney–; pero ni piense en verlas por menos de 250 mil dólares.

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