VI
Cuando la razón es débil, el prejuicio es fuerte.
Kane O’Hara
“Vicente, tengo tu bolso y tus revistas. Te desapareciste dos días, no sabíamos cómo ubicarte… Llámame.”
El recado de Alberto estaba en la grabadora de mi oficina, pero no lo escuché hasta las once y media, cuando finalmente aparecí en Glass, envuelto todavía en el suave aroma del sexo y la marihuana.
–¿Dónde estabas? –preguntó Constanza–. Cristina te ha estado buscando como loca.
–Ah.
–¿Me escuchaste? Hay un problema con la campaña de Almacenes Roma. Lecampino todavía no firma, y parece que la Velasco se está arrepintiendo. Cristina está en Buenos Aires; llámala al Alvear.
–Qué tragedia más chic –fue lo único que se me ocurrió decir antes de cerrar la puerta de mi sala de torturas.
Llamé al hotel Alvear, pero Cristina no estaba en su habitación. Llamé a su celular, pero no tenía señal. “Hice todo lo que pude”, pensé, satisfecho, y me senté a esperar la inevitable aparición de Samuel.
A las tres de la tarde sonó el teléfono. Era Alberto.
–No me llamaste de vuelta.
–He estado súper ocupado –mentí.
–Quiero hablar contigo. ¿Por qué no nos juntamos a las nueve en el Agua?
– ¿Hay algún problema?.
–Sí, pero ahora no puedo hablar.
Aun en las peores crisis, Alberto siempre sabía elegir el restaurante perfecto.
Esa noche, mientras compartíamos un carpaccio de salmón y una botella de sauvignon blanc Casa Silva, me contó lo que había sucedido. Hacía dos semanas estaba en una reunión con los otros abogados de su oficina cuando la secretaria interrumpió para avisarle que el señor “Búnker” lo llamaba urgente.
–¿Búnker? No lo conozco –dijo Alberto–. Estoy en reunión. Que deje recado.
–Dice que es urgente.
Alberto tomó el llamado en su despacho.
–Hola, ¿te acuerdas de mí? Nos conocimos en la Búnker –oyó decir a una acaramelada voz masculina–. Me diste tu número y me pediste que te llamara.
Alberto jamás daba su teléfono a nadie, mucho menos el de su oficina.
–No me acuerdo, y la verdad es que estoy muy ocupado… –contestó con frialdad.
–Ah, claro, como eres un abogado tan importante…
–¿Qué quiere?
–Nada. Conversar, que nos conozcamos mejor…
–No tengo tiempo ni interés –dijo Alberto, y cortó el teléfono.
Los llamados se repitieron tres, cuatro y hasta seis veces al día, y se volvieron cada vez más amenazantes. “¿Y en tu oficina saben que eres maricón? ¿Saben que te gusta agarrar rotos en el cerro San Cristóbal? ¿Qué diría el viejo Aldunate, tan pechoño que es?”
Alberto dio instrucciones a su secretaria para que no le pasara más llamadas del señor “Búnker”, y los mensajes comenzaron a acumularse en su escritorio.
–¿No le pediste ayuda a alguien? –le pregunté.
–¿A quién iba a llamar? ¿A Carabineros?
Dos días antes de nuestra Semana Santa en Zapallar, Máximo Aldunate lo había invitado, por primera vez en cinco años, a comer con su familia. El magnate vivía con su mujer y su hija –que estudiaba derecho en la Universidad Católica–, en la casona colonial de la Viña Aldunate en Pirque, una de las propiedades de su conglomerado.
Después de atravesar el enorme portón de hierro y madera de la entrada, Alberto condujo su BMW por un camino de gravilla bordeado de álamos y robles en el que se le atravesaron al menos tres pavos reales y dos perros labradores. Solo después de unos minutos pudo observar la centenaria mansión semiescondida entre los árboles, un sitio que tres décadas atrás había sido declarado Monumento Nacional.
–¡Alberto! ¡Estamos tan contentos de que hayas podido venir! –fue el recibimiento de Leonor, la mujer de Aldunate.
Enfundada en su habitual uniforme monjil –blusa blanca, pollera plisada de franela gris y cárdigan de cachemira también gris–, los únicos atisbos de pretensión en el atuendo de Leonor eran un collar de perlas de tres vueltas y un enorme solitario de diamantes.
–Máximo está esperándote en la biblioteca –dijo, sonriente–. Ya se tomó su primer whisky, así que no le hagas mucho caso.
Después de un vestíbulo donde dos cuadros de Tàpies permanecían a la sombra de una madonna cuzqueña, un pasillo sorprendentemente vacío conducía a la sala que se utilizaba como biblioteca. Allí, en un muro de piedra, colgaba una de las famosas pinturas de píldoras de Damien Hirst. En otro, un dibujo de Picasso y dos acuarelas de Braque. Sobre la mesa de centro, libros de arte, ceniceros de cristal y una pequeña colección de platería mexicana.
–¡Ya nos estaba dando hambre! –exclamó risueño Aldunate cuando Alberto apareció en el umbral–. Pensé que habíamos dicho a las ocho, pero seguramente me equivoqué, ¿no? ¿Quieres un whisky?
Eran las ocho y diez.
A las nueve en punto apareció Leonor para anunciar que iban a pasar a la mesa. Hasta entonces, la velada había consistido en una larga y aburrida conversación de negocios, el tipo de compromiso que Alberto sabía manejar a la perfección.
–… La gran debilidad de los gringos es su ingenuidad –continuó Aldunate mientras se dirigían al comedor–. No se dan cuenta de que los días de su imperio están contados. Ahora, a los que hay que ganarse es a los chinos: una raza más astuta, e infinitamente más cruel.
Durante el primer plato, las dos mujeres y Alberto escucharon en silencio las sentencias del abogado y gran empresario, que aparentemente estaba convencido de que Occidente tenía sus días contados.
–El mundo está cambiando –aseguró mientras la empleada retiraba los restos de la entrada–. Está cambiando, y no para mejor. Se ha perdido completamente el sentido del orden y la dignidad. Estamos viviendo en una era amoral.
–Papá, no sea exagerado… –dijo María Piedad, su hija.
–No es ninguna exageración. Cuando moros fanáticos estrellan aviones contra edificios, o un par de maricones agarran sus papeles y parten a casarse al Registro Civil, como está ocurriendo ahora en Massachusetts, no puede hablarse de una sociedad moral.
–No entiendo qué tiene que ver una cosa con la otra –insistió María Piedad.
–La moral no es relativa –declaró Aldunate–. El terrorismo, el aborto y el matrimonio entre personas de un mismo sexo son parte del mismo fenómeno, la falta de respeto por las leyes básicas de la naturaleza humana.
La conversación había tomado un rumbo que hizo que Alberto se agitara incómodo en su silla.
–Por Dios que eres cerrado, Máximo –exclamó Leonor con una sonrisa, y luego, dirigiéndose a Alberto–: Lo que pasa es que a mi marido no le gustan para nada los gays. Lo hubieras visto en Holanda, con todos esos tipos tomados de la mano y besándose. ¡En la calle! ¡A vista y paciencia de todo el mundo! A mí no me molesta tanto. Me da un poco de asco, claro, pero es que yo fui criada a la antigua, y por eso me cuesta entender que ahora estén en todas partes, en las revistas, en la televisión…
–Mamá, siempre estuvieron en todas partes –explicó María Piedad con cara de fastidio–. Lo que pasa es que antes no se veían.
–¡Pero eso mismo es lo que estoy diciendo! Cada uno es libre de hacer lo que quiera, pero que lo haga a puertas cerradas. ¿Cuál es el afán de andar contándole a todo el mundo lo que son?
–Mamá, está sonando como una homofóbica –dijo riendo María Piedad.
–¡No, yo soy lo menos homofóbica que hay! –contestó Leonor–. Acuérdate de que fui la única de mis amigas que fue a visitar a Óscar, mi peluquero, ¿te acuerdas?, cuando tuvo esa enfermedad horrorosa y estaba solo, muriéndose en el hospital.
–Sí, y lo torturó hasta que el pobre tuvo que poner la mano sobre la Biblia y prometer frente a un cura que se arrepentía.
–Eso no es homofobia, es extrema unción –se defendió Leonor–. Y lo hice por su bien.
–Por lo demás, esa palabrita, “homofobia”, no existe –aseguró Aldunate, mirando a Alberto–. Es un invento de los europeos y los gringos, que en su obsesión por la corrección política son capaces de aceptar cualquier aberración. Los liberales son liberales hasta que les tocan el bolsillo o la familia. Las estadísticas dejan claro que los homosexuales son más propensos a las drogas, el alcohol y los suicidios que el resto de la sociedad. ¿Qué nos dice eso?
–¡Que lo pasan más mal que el resto! –saltó María Piedad, arrancando silenciosos aplausos de Alberto.
–¡No, pues! Lo que nos dice es que son personas enfermas. Mira, María Piedad, la vida ya te dará las lecciones que yo no puedo darte –concluyo el anfitrión, exhausto–. El día que dejes a tus niños en manos de un profesor “gay”, como los llaman ustedes, y él se aproveche de tu confianza, te vas a acordar de mis palabras.
Después de la comida, Aldunate le indicó a su invitado que pasaran nuevamente a la biblioteca.
–Bueno, espero que la comida no haya sido demasiado desagradable –dijo, mientras se servía un nuevo vaso de Glenlivet de dieciocho años–. Ya sabes cómo son los niños; uno los cría lo mejor que puede, pero hay influencias externas que nadie puede controlar. Ven cosas en la internet, en la televisión, y crecen creyendo que cada uno puede hacer su vida como le dé la gana. Pero ya aprenderán, ¿no? Como hemos aprendido tú y yo. Hay gente sin escrúpulos que dice o hace cualquier cosa para hacer daño. Y a propósito de eso…
Alberto sintió que una gota de sudor le corría por la frente.
–… tenemos una situación inédita en la oficina. Recibí una carta con acusaciones muy graves en tu contra. No le voy a dar ninguna importancia porque no viene firmada y porque está llena de mentiras. Dicen que eres maricón, hombre, y a menos que tú me digas lo contrario, estoy seguro de que es una calumnia. Yo tengo buen olfato para estas cosas, y estoy seguro de que la carta es de alguna mina que dejaste botada. Hay que tener más cuidado. Después de todo, somos la cara legal de empresas muy importantes...
–¿Qué le dijiste? –le pregunté mientras nos servían un capuccino en el Agua.
–Nada. Que muchas gracias por la confianza y que esperaba que no se repitiera.
–Entonces el problema se superó.
–No, nada se ha superado. Ahora están todos con los ojos sobre mí, y si antes me sentía enclaustrado, ahora es mucho peor. Me estoy cansando de las mentiras.
–Renuncia entonces. Estoy seguro de que plata tienes de sobra, y puedes trabajar en otra parte.
–Tú no sabes lo que son los estudios de abogados. Nadie me contrataría si se supiera que me fui por maricón. Y plata, claro, tengo de sobra… Pero éste es mi trabajo. Es mi vida, le he dedicado años de esfuerzo. ¿Por qué tendría que abandonarlo todo porque a un huevón se le ocurre empezar a amenazarme por teléfono?
VII
Cualquiera que vea tres partidos de fútbol seguidos
debería ser declarado cerebralmente muerto
Emma Bombeck
No practico deportes, no veo deportes, no leo sobre deportes, pero, abierto de mente como soy, no juzgo a quienes lo hacen. Si alguien decide dedicar su vida a perseguir una pelota, allá él. Por lo mismo, aparte de David Beckham, sería incapaz de reconocer de cara o de nombre a cualquier futbolista, aunque lo tuviera frente a mí en la cola del supermercado. Para mí son personas que viven en un mundo paralelo, extraño, y que manejan un idioma indescifrable con expresiones como offside o córner.
–¿Qué opinas de Sebastián Lecampino? –me preguntó Cristina en el teléfono, cuando finalmente la encontré en su suite del hotel Alvear.
Podía verla tirada en la cama, fumando, lista para salir a cualquier restaurante de La Recoleta con algún gigoló de nombre “Lorenzo” o “Rocco”.
–Excelente jugador –contesté con toda seguridad.
–¿Te parece que estamos haciendo lo correcto contratándolo para la campaña? ¿Es la cara adecuada para Almacenes Roma?
–Puede ser…
En momentos de duda, una respuesta ambigua es siempre lo mejor.
–Vuelvo el jueves a Santiago. El viernes quiero un informe completo sobre Lecampino en mi escritorio.
Ocuparme de un jugador de fútbol, cuando mi disco duro estaba repleto de imágenes de Samuel, era lo último que necesitaba. “Tengo que escribir mi libro, llegar a un acuerdo millonario con alguna editorial, vender los derechos cinematográficos a Miramax y dejar este trabajo de esclavo que no me deja espacio para mi vida personal”, pensé subiendo por la Kennedy camino a mi casa. Seguro que Bret Easton Ellis nunca tuvo que hacer un informe sobre un futbolista…
La tarea, sin embargo, resultó mucho más placentera de lo que esperaba. Un clic en Google, y me encontré de pronto con la imagen de un dios de pelo oscuro y ondulado hasta los hombros, ojos oscuros enmarcados por cejas tupidas, una prominente y aristocrática nariz y un par de fabulosos labios. Otro clic, y ahí estaba, con los shorts y la polera roja y blanca del Real Madrid, corriendo por el césped rumbo al arco. Un nuevo clic y apareció triunfante al final de un partido, sonriendo mientras sus compañeros de equipo lo abrazaban y besaban.
Sebastián Lecampino debía ser un muy buen jugador. De otro modo no se entiende que, según los recortes de prensa que fui recopilando, su último “traspaso”, que es como llaman en el fútbol a la venta de un jugador, le haya significado un contrato de diez millones de dólares por cuatro años. Además, según Hola, su hacienda en las afueras de Sevilla (la “Viña Marina”) era tan grande y elegante como la de la duquesa de Alba.
En eso estaba, arrepintiéndome de no haber puesto más empeño en mis talentos deportivos, cuando sonó el teléfono.
–Y tú, ¿por qué tan desaparecido? ¿Acaso ya no me quieres?
Era Samuel. No es que haya llevado la cuenta, pero hasta entonces habían pasado cuatro días, catorce horas y cuarenta y tres minutos desde nuestra despedida.
–No tenía tu teléfono.
–Me lo podrías haber pedido.
–Cierto.
–¿Qué haces mañana en la tarde?
–Trabajar. ¿Y tú?
–Voy a ver al gran amor de mi vida.
Mi corazón se derritió.
–¿Sí? –pregunté en un suspiro, coqueto.
–Sí. Voy al Club de Polo a ver a Sultán, mi caballo, que obviamente me quiere más que tú. ¿Quieres venir a conocerlo?
–Tengo que presentar un informe importante mañana.
–Okey, no hay problema.
–Pero puedo dejarlo preparado y juntarme contigo a… ¿las cinco?
–A las cinco te veo entonces. Un beso.
Nunca había estado en el Polo, pero tenía una clara idea de lo que me iba a encontrar. Después de todo, había visto el especial de E! Wild on in the Hamptons, donde delgadísimas rubias vestidas de Lily Pulitzer bebían champán con aristócratas con blazers azules y pantalones caqui, mientras robustos poleros argentinos, ingleses y brasileros montaban sus purasangre a la distancia, golpeando una pelota con lo que parecía un largo palo de golf.
–Coni, me siento pésimo –le dije a la directora de arte en cuanto entré a la oficina al día siguiente–. No sé qué me pasó. Debe haber sido algo que comí anoche.
–Vicente, ¡no te puedes enfermar ahora! Cristina viene en cualquier momento y necesita discutir el informe.
–Está listo, se lo voy a entregar en cuanto llegue. Pero no sé si me pueda quedar toda la tarde… Creo que tengo fiebre.
A las cuatro salí corriendo. A las cuatro y media llegué a mi departamento, me puse una polera Polo, obvio, y un par de jeans y fui a reunirme con Samuel.
Mi círculo de amistades resultó mucho menos cosmopolita de lo que pensaba. Llamé a una docena de personas, y aunque todos sabían “más o menos” dónde quedaba el Club de Polo, las indicaciones se extendían desde la rotonda Pérez Zujovic hasta la subida a Farellones.
Samuel me estaba esperando en la puerta.
–Bienvenido –dijo, y me abrazó.
El club se veía desolado. Aparte de media docena de viejos con delantal de hule y baldes, encargados de cuidar las caballerizas, no se veía un alma. Ni rubias en Lily Pulitzer, ni poleros internacionales, ni champán.
–Éste es Sultán –susurró Samuel mientras acariciaba el cuello de un magnífico caballo negro.
Sultán parecía no tener una gota de grasa en su cuerpo, puro músculo y nervio.
–Es precioso.
–Sí, pero más precioso eres tú –dijo Samuel, y me empujó contra una de las paredes del establo.
Luego no supe más de él hasta cinco días, doce horas y dieciséis minutos más tarde.
–Creo que me estoy convirtiendo en un objeto sexual –le comenté a Joaquín por teléfono un par de semanas después.
–Mi amor, la Marlen Olivarí es un objeto sexual. Tú eres simplemente un objeto.
–No, en serio. Samuel me llama una vez a la semana, nos vemos siempre de noche, casi no hablamos, y terminamos siempre en la cama.
–¿Y cuál sería tu problema?
–No conozco a sus amigos, jamás habla de su familia, de sus planes, de lo que hace en el día… Ni siquiera sé si está realmente interesado en mí.
–La Samuela es así –dijo Joaquín mientras pasaba de un canal a otro en el televisor (eran las doce del día)–. Es una tipa extraordinaria y hay que quererla como es. No trates de acorralarla porque va a salir corriendo. Para ella seducir es un deporte, y en eso es campeona olímpica.
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