Primera parte
I
–¡Feliz cumpleaños, mi amor!
Todavía medio dormido, me di cuenta de que en más de tres años la única persona que me había llamado “mi amor” era mi madre.
–Gracias, mamá.
–Te espero a las siete –dijo–; vienen tu abuela, las tías y tus primas.
Como todos los años, me tenía preparada una fiesta de cumpleaños familiar. A ojos de mi familia seguía teniendo doce años, y los regalos seguían siendo los mismos de entonces: suéteres y calcetines. La única diferencia es que a los doce me preguntaban entre risitas si tenía polola, cosa que nadie ha vuelto a mencionar en más de una década.
–Si quieres traer a alguien, ya sabes que no hay problema.
–Sí, mamá, ya sé…
Treinta años. ¿Qué significan los treinta?, pensé camino a la ducha. ¿Puedo seguir usando mis jeans con la rodilla rota y mi polera negra con la leyenda I don’t give a fuck cruzada en el pecho? ¿Es demasiado tarde para hacerme el tatuaje que tantas veces he pospuesto? ¿Debería cambiar el futón por un box spring? ¿Cuánto cuesta un box spring?
“Es hora de tomar la vida con más seriedad, de hacer las cosas que siempre quise hacer y nunca hice”, me dije mientras miraba a un señor de cara hinchada, con más de una cana y bolsas en los ojos, que me observaba desde el espejo. “Debería ir a la India, leer a Proust, tomar clases de cocina, ponerme un límite de tres vodka tonics por noche. Okey, cuatro. Y debería ordenar el clóset. Un clóset ordenado es el más claro signo de madurez”, pensé. Mientras me lavaba el pelo con agua tibia y mi champú Molton Brown de ph balanceado, hice mentalmente una lista de las cosas que un hombre adulto debería hacer.
Un hombre adulto paga sus cuentas a tiempo.
Un hombre adulto lee primero las páginas de política y economía del diario, no las de espectáculos o las sociales.
Un hombre adulto se preocupa de asuntos como acciones, bonos o stocks. La estabilidad matrimonial de Jennifer Aniston o el final de Sex & The City no le quitan el sueño.
Un hombre adulto no usa pantalones cargo de camuflaje, no camina por la calle colgado de su I-Pod ni gasta una fortuna en una chaqueta denim de Diesel.
Un hombre adulto fuma Macanudos después de comida, no Marlboro Lights después del almuerzo en el estacionamiento de su oficina.
Un hombre adulto no tiene sexo sin amor.
La verdad, no sabía si estaba preparado para ser un adulto. Los hombres gay no se caracterizan tanto por tener sexo con otros hombres como por vivir en una especie de eterna adolescencia. Sin señoras o ex señoras que mantener, y sin hijos que mandar a la universidad, no es raro que a los cincuenta estén bajando en skate el cerro de Los Dominicos, o un sábado en la noche bailando hasta las seis de la mañana en el Búnker, en Bellavista. A menudo se ven más jóvenes de lo que son, y las fortunas que gastan en el gimnasio, el spa, el masajista y las vacaciones en Río o Bali los mantienen en un constante estado de excitación que pasa por espíritu juvenil. Pero el tiempo pasa, y ni siquiera un pote de 500 miligramos de Crème de la Mer es capaz de detener sus efectos.
Mientras me ponía los jeans (¿era idea mía o se sentían más estrechos?) y un suéter negro, decidí adoptar una actitud positiva y considerar este nuevo cumpleaños –argghhh– como el inicio de la siguiente etapa de mi vida. “El futuro comienza aquí”, pensé.
Luego me subí a mi escarabajo (un Volkswagen del 99) y me fui a la oficina.
(Un hombre adulto no maneja un escarabajo del 99)
Hacía cuatro años que trabajaba en la agencia de publicidad Glass como product manager, lo que básicamente significaba dedicar la vida a destacar las ventajas de una crema de afeitar o una leche en polvo por un sueldo similar al de un taxista. El trabajo tiene sus prerrogativas, claro está. Casi todas las noches estaba invitado a un cóctel en los salones del Hyatt o en CasaPiedra, donde me enfrentaba a un mar de trajes oscuros, una docena de promotoras en ajustadas poleras y minifaldas, y algunas caras famosas del periodismo femenino como Nina Mackenna o Totó Romero. La rutina era invariable. Los trajes negros perseguían a las promotoras, las promotoras perseguían a las caras famosas del periodismo, y las caras famosas del periodismo se reían entre sí mientras bebían sus piscos sour y caipirihnas. Yo no pertenecía a ninguno de esos grupos, y por lo mismo mi papel se reducía al de invitado número 140 en la mesa del rincón, situación algo humillante que sin embargo ofrecía la ventaja de un bar abierto sin consecuencias sociales. Afortunadamente, nadie iba a decir nada si cometía una desfachatez o salía borracho de la fiesta haciendo escándalo, porque, desafortunadamente, a nadie le importaba.
Una vez leí una entrevista en la que una estrella de televisión, hablando de su reciente ruptura sentimental, se quejaba de su “falta de anonimato” mientras posaba con un bikini blanco que dejaba todos sus encantos visibles a través de la Lycra. Ésa es una falta que, hasta ahora, nunca conocí. Desde que tenía ocho años y era el último elegido para el equipo de fútbol de mi curso, el anonimato había sido mi infaltable compañero.
Durante el día habitaba una oficina blanca en el barrio El Golf cuya decoración se limitaba a un computador, un teléfono, una silla y un escritorio. “Éste es el look Glass”, me dijo muy orgullosa mi jefa, Cristina, cuando me contrató y me mostró la cárcel donde pasaría los próximos mil y un días.
–No te preocupes por la iluminación –agregó, viéndome contemplar la triste ampolleta que colgaba del techo–. Estamos trabajando en eso.
Seis meses después, la ampolleta fue reemplazada por un tubo fluorescente.
La verdad es que pasar un tiempo en la celda de tortura de un convento franciscano no me importaba demasiado. Lo tomaba como algo pasajero; mi carrera, mi verdadera carrera, aún no comenzaba. Algún día, cuando mi gran sueño se cumpliera y mis novelas se publicaran en doce idiomas, vendiéndose en librerías y aeropuertos de Buenos Aires a Singapur, iba a recordar estos años con una nostálgica sonrisa. “¡Dios, las cosas por las que pasé en mi juventud!”, les iba a decir entre carcajadas a Douglas Coupland y Candace Bushnell, mis colegas, mientras nos tomábamos nuestros “cosmos”…
–¿Cómo amaneció la mujer más vieja del planeta?
Como todas las mañanas, la primera llamada era de Joaquín. Mi mejor amigo, aparte de cambiar de color de pelo todas las semanas, de llevar siempre dos pitos de marihuana en su bolso Prada del que se sentía tan orgulloso, y de vestirse con pantalones de judo, saris y chaquetas de terciopelo escocesas, era incapaz de utilizar el género masculino para referirse a nada ni a nadie; ni siquiera a su padre, al que llamaba cariñosamente “la vieja cola”.
–¿Cómo vamos a celebrar el cumpleaños?
–No sé. A las siete voy a comer con mi familia…
–¡Y a las nueve nos vamos a la casa de las ricas y famosas, entonces! –anunció Joaquín–. Tengo una amiga que acaba de llegar de Europa y que te quiero presentar.
–¿Es guapa?
–Guapa. Latera. Intensa. Todo tu tipo.
II
¡Cree en ti mismo! ¡Ten fe en tus talentos!
Sin una humilde pero razonable confianza
en tus propios poderes,
no puedes ser exitoso o feliz.
Norman Vincent Peale
Nunca había estado en la casa de las ricas y famosas, pero, como todo el resto de Santiago, había visto su fabuloso departamento en las páginas de ED y Vivienda y Decoración. Las fotos de sus jarrones chinos y alfombras turcas, el televisor de plasma sobre una piel de cebra, las sillas de Eames y Starck, las ollas de Dean & De Luca, la pequeña biblioteca con los libros organizados alfabéticamente (Las flores del mal de Baudelaire estaban junto a Glamorama, de Bret Easton Ellis), y la magnífica terraza inspirada en las tiendas de los beduinos siempre iban acompañadas de un texto halagador que hablaba del estilo “sencillo”, “casual”, con que los anfitriones recibían a sus invitados.
Estacioné el escarabajo en Luis Carrera con Vitacura, caminé hasta el edificio y ya desde la reja pude oír la música y las risas veinte pisos más arriba, en el penthouse.
–Pase –me dijo el portero sin siquiera preguntarme adónde iba–. El ascensor está al fondo.
Mi mamá, Dios la bendiga, tenía varias jarras de pisco sour para celebrar mi cumpleaños, de modo que subí hasta el tope del edificio enfundado en la autoestima que Capel trasmite a sus fieles consumidores. Toqué el timbre, desatando los histéricos ladridos de los tres cocker spaniels de las ricas y famosas –que eran tan célebres en las páginas de la vida social como sus dueñas–, y un mozo buenmozo me abrió la puerta. Vestía jeans, camisa blanca, corbata a cuadros y un delantal gigantesco. Podía imaginar el parrafito de rigor en la prensa:
Fue un cóctel simple y casual, como les gusta a los dueños de casa, quienes recibieron con espectaculares camarones en salsa de mango y apple martinis a sus setenta invitados, entre los cuales se encontraban estrellas de la televisión, el periodismo, la moda, el arte y la política. Pablo Johnson se lució con sus empanaditas hindúes y sus bandejas con diecisiete postres. Un desconocido, que se paseaba con una polera negra donde se leía I don’t give a fuck!, levantó comentarios. ¡Qué ochentero!
Paparazzi, mayo de 2002
–¡Llegó la cumpleañera! –gritó Joaquín, corriendo hacia mí desde la terraza, que daba la vuelta completa al departamento y esa noche estaba iluminada con antorchas–. ¡Ya, todos! ¡¡Cumpleaños feliz, cumpleaños feliz, cumpleaaaños, loca fea…!! ¡¡Que los cumplas feliz!!
El hundimiento del Titanic habría sido una ocasión más alegre para mí. Mientras Joaquín entonaba a todo pulmón su canción de cumpleaños, el resto miraba con una mezcla de curiosidad y complacencia, como emperadores frente a un gladiador a punto de enfrentarse a dos leones de trescientos kilos cada uno.
–Oye, feliz cumpleaños… –sentí una voz a mi espalda.
¡Alberto!
Alberto era mi otro gran amigo. Abogado, soltero, 1,78, setenta kilos, 32 años, pelo castaño, ojos azules: como decía Joaquín cada vez que lo presentaba, “¡rica, rica, rica!”.
–Parece que necesitas un trago –me dijo, reconociendo mi estado de ánimo.
–Doble.
Alberto siempre me recordaba al gran Gatsby: era igual de guapo e igual de misterioso que el héroe de Scott Fitzgerald. Nunca entendí muy bien qué hacía, pero sé que trabajaba en uno de los bufetes jurídicos más importantes y tradicionales del país, Aldunate & Asociados. En su estudio no se contrataba a separados, y la idea de tener entre sus filas a un profesional gay era tan irreal y ridícula que él, con su carácter distante y pasivo, volaba muy por debajo del radar de sus socios. Visto desde fuera, su trabajo parecía una cárcel dorada. Visto de cerca, también. “A veces sueño con trabajar hasta los cuarenta –me dijo una vez camino a su casa en Zapallar–, y luego instalar un restaurante en Bellavista y ser total y completamente libre.”
–Ven, que te quiero presentar a Samuel –me dijo Joaquín, antes de que alcanzara a colgarme del salvavidas con forma de gin tonic doble que me había ido a buscar Alberto.
Cruzamos el living, donde Pablo Illanes, Francisca Merino y Jordi Castell reían a gritos, y nos internamos por un pasillo cubierto con pinturas de Bororo, Cienfuegos y Lira hasta llegar a un rincón de la terraza. Allí, junto a tres elegantes platos de cerámica que tenían el nombre de las mascotas de la casa estampado en su parte superior, pegado a un Buda gordísimo seguramente comprado en Tailandia, estaba Samuel.
Okey, éste es el momento apropiado para explicar que cualquier poeta atormentado, artista muerto de hambre, empleado desempleado, actor con tendencias suicidas o vagabundo que hubiera pasado más de seis meses en el extranjero se convertía de inmediato en mi adoración. A primera vista, Samuel cumplía al menos con un par de estas condiciones.
–¡Ah, el cumpleañero del que tanto me han hablado! –me recibió Samuel, sin moverse de la posición de loto en la que se encontraba–. El hombre más importante de la noche...
–Je, je –fue mi estúpida respuesta ante ese tono de adulación. (¿Qué se suponía que dijera?)–. ¿Qué tal? –seguí, tratando de sonar mundano–. ¿Así que vienes llegando de Europa?
–Bueno, estuve un tiempo con unos amigos en Londres, pero antes venía de Katmandú y Calcuta.
–Debe haber sido increíble. (¿Katmandú? ¿Dónde quedaba Katmandú?)
–Sí, fue una experiencia que no voy a olvidar jamás. Estuve trabajando con voluntarios contra el sida.
–Debe haber sido increíble.
–Repartíamos jeringas desechables y les enseñábamos el uso del condón –empezó a contar mi nuevo ídolo. (Hmm, ¿sentía cierta tensión sexual en la conversación?)–. Como sabes, en los países asiáticos cerca del cuarenta por ciento de la población va a estar infectada para el 2010. (No, no había ninguna tensión sexual en la conversación.)
–Terrible –dije, con cara de tragedia.
Silencio. Un largo, incómodo e interminable silencio.
–¿Y dónde está el novio? –preguntó finalmente Samuel.
–¿Qué novio?
–¿Cómo? ¿No tienes novio?… ¿Un hombre guapo como tú, que según me dicen va a todas las fiestas de Santiago, un brillante publicista, no tiene novio? Entonces hay un problema en este país…
Obviamente, Joaquín algo le había contado de mi vida, y Samuel, con el encanto de los aduladores que buscan ser adulados, le agregó pimienta a mi currículum. A esas alturas, poco importaba. Con su pelo castaño bien corto, sus profundos ojos verdes, su barba de tres días, y un par de jeans gastados que combinaba con una camisa a rayas con mangas de colleras –sin colleras–, ya se había convertido en el irremediable objeto de mi deseo.
– Je, je… ¿Y… qué vas a hacer en Chile?
–No sé cuánto tiempo me quede. Tengo un amigo en Costa Rica y quizás vaya a verlo. Por ahora estoy buscando trabajo. Pero, para ser honestos, estaría feliz sentado en un parque, leyendo a Proust. Soy un flojo, un diletante, un pésimo marido, así que arranca ahora mismo… –advirtió, riendo a carcajadas, y sin desviar sus ojos de los míos un solo momento.
Treinta años; 9:30 de la mañana. Como todos los lunes, estaba sentado en mi escritorio, leyendo la revista Cosas y esperando que fueran las once para llamar a Joaquín; se pone de pésimo humor si lo despierto.
“La siutiquería chilena me pone de pésimo humor”, decía Elisa McDonald, la grand dame del país, en una entrevista “exclusiva”. “Que todos se preocupen de lo que hace el de al lado me parece patético.” Por supuesto, todos se preocupaban de lo que hacía ella. Sus trajes rosados de Click y Escada, su presencia inevitable en las páginas de vida social, su opinión (siempre marcada por un acento “internacional” adquirido en colegios de Escocia y Nueva Inglaterra) y su sex appeal envidiable y sutil, que le permitía reunir millones para obras como el Teatro Municipal o los niños del Hogar de Cristo, la habían convertido en la estrella de la sociedad santiaguina. Una vez al año, en diciembre, organizaba unos almuerzos para la prensa oficialmente destinados a promover sus numerosas obras de caridad, pero que, como todos sabían, tenían como única intención asegurar su presencia en las páginas sociales durante la temporada siguiente. Elisa salpicaba sus frases con expresiones en inglés, francés y galés, idiomas que había aprendido de sus institutrices, y aparecía a menudo en los tabloides insistiendo en la necesidad de cubrir con tulipanes la calle Gertrudis Echeñique, “como hacen en Park Avenue”, o de enseñar un perfecto inglés a los niños de las poblaciones, porque “sin inglés, el progreso no existe”.
Elisa McDonald era tan popular en la comunidad gay que había travestis que la imitaban en los bares del barrio Brasil, sin más ayuda que una peluca rubia, dura como el nido de un águila, unas espesas pestañas postizas y su frase célebre (“Gente como uno”), pronunciada a través de unos labios pintados de fucsia.
Pero para mí, esa mañana, Elisa McDonald significaba una sola cosa: era la madre de Samuel.
“Te fuiste y no te despediste. ¿Viste qué malo eres?”
Samuel dejó el mensaje a las 11:04 en la contestadora de mi oficina, justo cuando yo había bajado al Starbucks a buscar un café. Volví a mi escritorio y me encontré con el mensaje.
“Te fuiste y no te despediste. ¿Viste qué malo eres?”
Me fui, es cierto, a las tres y media de la mañana, después de buscarlo durante una hora. La última vez que lo vi estaba con una de las ricas y famosas –la artista, la que presenta sus obras en la galería Marlborough–, con María Gracia Subercaseaux y con un modelo argentino en un rincón de la terraza. Podría decir que no es mi estilo interrumpir esas conversaciones, pero la verdad es que me dio terror. ¿Qué iba a decir? Nice to meet you?
“Te fuiste y no te despediste. ¿Viste qué malo eres?” “Te fuiste y no te despediste. ¿Viste qué malo eres?”… Cuando había apretado el replay de la grabadora por centésima vez, sonó el teléfono.
–La Samuela se enamoró de ti –dijo la voz de Joaquín al otro lado de la línea–; la dejaste loca.
–Mentira.
–Verdad.
–Mentira.
–Verdad.
–¿Qué te dijo exactamente?
–Que la dejaste loca.
–Mentira.
–Verdad.
–¿Y qué más dijo?
–Nada más. Ya sabes cómo es la Samuela.
–No, no sé, no tengo idea de cómo es. Llamó, pero no dejó su número…
En ese instante oí el bip-bip de una llamada en espera.
–Joaquín, espera un minuto; tengo otra llamada
–No, no puedo esperar. Va a empezar E! True Hollywood Story. Hablamos después.
A los 35 años, Joaquín no tenía trabajo ni dirección conocida. Pasaba temporadas donde sus padres en El Arrayán, en casas de amigos en Calera de Tango o Pirque, o en el campo de su primo en Sagrada Familia. Nunca en su vida había pagado un impuesto, no tenía idea de manejar una tarjeta de crédito o una cuenta corriente, y aun así, sin un peso a su nombre, pasaba todas las noches en restaurantes y bares de moda, los veranos en Zapallar o el lago Ranco, y más de un fin de semana en Buenos Aires o Río. Siempre invitado. Todo el mundo adoraba a Joaquín. “Les alegro la vida: ¡lo mínimo que pueden hacer es pagar la cuenta!”, decía.
Según sus propios cálculos, Joaquín había tenido 245 relaciones “importantes” en su vida. La primera fue a los diecisiete años, cuando se enamoró del fornido y moreno jardinero de su casa. “¡Mis petunias!”, había exclamado su madre cuando los encontró jugueteando desnudos entre las plantas. Después de llorar por sus flores estropeadas, despedir al jardinero y encerrarse con su marido en el dormitorio a discutir el incidente, le entregó a su hijo un pasaje a Europa y mil dólares. “Tu tía Laura, que está sola, enferma y necesita compañía, te va a recibir en París”, anunció, antes de despedirse con un dramático “¡No puedo creer lo que nos has hecho a tu padre y a mí!”.
Joaquín abordó un avión, desapareció del país y no regresó hasta doce años más tarde, cuando, cargado con libros esotéricos, ropa de Marruecos, bolsas de marihuana y cientos de fotos con sus aventuras por el mundo, se instaló nuevamente en casa de su familia. “Cuando se trata de los padres, no hay mejor sentimiento que la culpa”, me dijo una vez. “Están tan arrepentidos que ahora me tratan estupendo.” El acuerdo, sin embargo, duró poco. Un par de meses después conoció a un actor, se mudó con él, e inició su relación número 135. La 136 fue con un vestuarista del canal Doce; la 137, con un funcionario de la Cancillería, y la muy comentada 138, con una pareja belga radicada en Chile. “¿Han visto algo más aburrido que el matrimonio para toda la vida?”, nos preguntó a Alberto y a mí una noche. “Eso es para los pingüinos y los católicos, no para una.”
–A lo mejor no has conocido todavía al hombre de tu vida –sugirió Alberto.
–Mi amor, he conocido a cientos de hombres, y todos han sido los hombres de mi vida. Lo que pasa es que mi vida es muy larga.
Después de colgar con Joaquín, tomé la otra llamada. Era Cristina, para avisarme que Almacenes Roma, la cadena de tiendas mas grande e importante del país, había decidido contratar a la pareja de moda, la actriz y modelo Tatiana Velasco y el futbolista Sebastián Lecampino, como rostros de su nueva campaña. “Vamos a tener mucho trabajo y voy a necesitar tu ayuda –me dijo con su voz acigarrada–; ésta es la campaña más importante del año y no podemos cometer errores.”
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