III

 

 

Aquellos que sienten nostalgia por la niñez

 obviamente nunca fueron niños.

Bill Watterson

 

 

A estas alturas de la historia, y como consideración para cualquiera que haya vivido durante los últimos meses en el desierto de Atacama o cualquier otro lugar sin diarios, radio o televisión, debo presentarme. Mi nombre es Vicente Astorga, crecí en una casa blanca en Los Dominicos y estudié en el Verbo Divino. Mi familia me consideró siempre un niño tímido y callado, pero para efectos prácticos bien podrían haber dicho que era autista.

Aunque fui un alumno promedio, mi educación, mi verdadera educación, la debo a las revistas y la televisión. Todo lo que sé del manejo del dinero lo aprendí en Dinastía, observando las transacciones millonarias de Alexis Carrington: una mujer que podía construir o derribar imperios petroleros sin siquiera sacarse el sombrero y que, a pesar de las fortunas en juego, siempre tenía tiempo para un rendez vous con algún galán entre sus sábanas de satén. Las páginas de viajes que Mari Rodríguez Ichasso escribía para Vanidades fueron mis lecciones de geografía, donde me enteré que La Côte Basque era el lugar para almorzar cuando uno visitaba Nueva York, y que la llegada al aeropuerto de Heathrow en Londres exigía tenidas safari como las que usaban Mick Jagger y Jerry Hall. De política internacional supe por Cosas, leyendo con voracidad las intrigas palaciegas de Diana de Gales y Carolina de Mónaco, y mis clases de música las recibí de la radio Infinita o la Concierto, con las que podía pasar horas escuchando a Madonna, Bread o, mis favoritos, The Carpenters.

“¡Qué raro es este niño, siempre encerrado en su pieza!”, comentaba mi tía Alicia cada vez que venía a tomar té con mi mamá. “Pero mejor así a que esté metiéndose en drogas, ¿no?”

Nunca fui un buen lector, pero eso no es culpa mía sino de mi profesor de castellano, que insistía en revelarnos las tragedias y desgracias de Latinoamérica con libros como Subterra o Doña Bárbara, donde todos los personajes eran pobres, no tenían una higiene dental adecuada y morían víctimas de la sequía, la hambruna o el capitalismo americano.

Todo cambió cuando llegué a tercero medio y pude entrar en la sección de la biblioteca que el colegio reservaba a los alumnos de los cursos superiores. El primer libro que leí ese año fue El valle de las muñecas, de Jacqueline Susann, que me atrajo de inmediato porque en la portada había tres mujeres y un frasco abierto de barbitúricos. Fue una epifanía. Finalmente había encontrado historias con las que me sentía identificado. Seguí con Una vez no basta, Dolores, El griego, La máquina del amor… Leí un libro cada dos días. Mientras el profesor de química recitaba la tabla de equivalencias, yo, escondido detrás de mi cuaderno, seguía las aventuras de magnates en Montecarlo y sex-symbols en Beverly Hills. Mientras la madre Teresita, nuestra profesora de religión, evocaba las letanías de los Evangelios, yo me escapaba, de la mano de heroínas con nombres como January o Neely, a fabulosos penthouses en la Quinta Avenida o exóticas villas en Acapulco. Al final del año recibí el premio al mejor lector del colegio.

Que mi familia no haya sospechado que era gay es un milagro. ¿Cuántos adolescentes se devoran la biografía novelada de Jackie Kennedy Onassis en dos días?

Fue por entonces cuando decidí que me convertiria en escritor. Mi ortografía era pésima, es cierto, y mi gramática- como decia mi profesor de castellano- hacia pensar que el español era mi segunda lengua, pero ¿qué importaba?. No iba a dejar que detalles como esos me impidieran cumplir mi vocacion. Igual que mis autores favoritos, iba  a crear un universo de fantasia, lujo y belleza donde todos viajarian en jet privados, comerían en Cipriani, alojarían en el Dorchester y nadie se preocuparía de quién paga la cuenta. Un mundo donde las tragedias no serían mas que una anécdota y habría siempre un final feliz. Un mundo que- ayer igual que hoy- me parecía mucho mas alegre, hermoso y seguro que el mundo real.

En los últimos años, los homosexuales se han transformado en una especie de raza superior. Suelen ser más atractivos, más fuertes y más atléticos que los heterosexuales, y ahora abundan los campeones de tenis, natación o básquetbol que lucen orgullosos sus trofeos fuera del clóset. En mi adolescencia eso no existía, y yo y otros cuatro o cinco desafortunados tuvimos que someternos en silencio y durante años a esa humillación que generaciones y generaciones de homosexuales han tenido que padecer desde el inicio de los tiempos: las clases de gimnasia.

Ni bajo pena de muerte habría sido capaz de terminar una carrera de fondo, o de meter un gol en el arco de fútbol. Flaco como un jilguero, con mis pantalones cortos azules stretch y mi camiseta blanca, cualquier pollo desplumado en el supermercado tenía más músculos y más agilidad que yo. Mi profesor de atletismo, sin saber qué hacer frente a un caso tan perdido, le pidió al mejor del curso, Álex Guzmán, que fuera mi entrenador durante las clases. “No le quites los ojos de encima –me dijo–, y repite todo lo que él haga. Cualquier problema, Guzmán va a estar ahí para ayudarte.”

Seguí sus indicaciones: no despegué los ojos de Guzmán, y en cuestión de semanas terminé completamente enamorado.

Aparte de ser campeón de esquí, rugby, fútbol y atletismo, Álex había iniciado lo que podría haber sido una brillante carrera política, con cuatro años consecutivos como presidente de curso. Pero la tentación del poder tenía poco atractivo para un alma artística como la suya. Entre sus pasatiempos estaban la guitarra, la flauta y el estudio de fósiles, y antes de cumplir diecisiete ya tenía un contrato firmado con un sello dispuesto a producir su primer disco. Como si eso fuera poco, la genética lo había bendecido con un pelo rubio hasta los hombros, los dientes más blancos que haya visto y unos intensos ojos azules.

Ése fue, como ya deben haber adivinado, un amor no correspondido. Mis cuadernos se llenaron de corazones con las iniciales “V y A”, y solo Dios sabe cuántas horas pasé dibujando su cara mientras simulaba tomar apuntes en clase de matemáticas. Me imaginaba el futuro a su lado, volando a conciertos en Covent Garden o el Carnegie Hall si decidía ser músico, o en cenas en la Casa Blanca o Buckingham Palace si pensaba que su vocación era la política. Si hubiera podido elegir, sin embargo, habría preferido que se dedicara a la paleontología. Habríamos tenido una casa cerca del campus de Harvard, y todas las mañanas lo habría visto partir a hacer clases en su vieja bicicleta, con sus lentes con marco de carey y su chaqueta de tweed, mientras yo contaba las horas hasta su regreso.

Terminé el colegio con un diploma en la mano y la seguridad de que era un bueno para nada. Después de doce años de matemáticas, biología, química, historia, inglés y francés, apenas podía manejar un videograbador. Millones de pesos se habían desperdiciado en mi educación. No sabía el nombre de la capital de Polonia, cuál era el diámetro de la Tierra, cuántos milímetros hay en un kilómetro o qué pasa cuando uno mezcla nitrógeno con oxígeno. Ni siquiera sabía cambiar la rueda de un auto. “Vicente, tú no estás preparado para el mundo real. ¿Sabes qué significa eso?”, me preguntó mi tía Alicia el día de mi graduación. “Si tuvieras talento, te diría que fueras pintor. Pero como no lo tienes, vas a tener que dedicarte a la publicidad”.

Un mes después me inscribí en la Academia de Publicistas de Chile.

 

 


 

 

IV

 

 

La celebridad no existe, es una ilusión.

Julia Roberts

 

 

–Ya tenemos confirmada a Tatiana Velasco; nos falta finiquitar el contrato con Lecampino –anunció Cristina, encendiendo un nuevo Marlboro Light.

–¿Por qué ha salido tan difícil? –preguntó Constanza, la directora de arte–. ¿Acaso no son pareja?

–Sí, pero negocian sus contratos por separado, y el agente de Lecampino dice que él no está seguro de querer firmar.

Hacía dos noches había visto a Tatiana Velasco en el Mucca, en la avenida Italia. Estaba comiendo con Alberto cuando de pronto se produjo uno de esos murmullos que anuncian un terremoto o bien la llegada de una celebridad. Esa podría haber sido paparazzi night en el restaurante. Juanito Yarur estaba en una mesa con la modelo Pilar Jarpa y otros amigos; un poco más allá comían la actriz Vanessa Miller y su madre, Liliana Ross; y en el bar, Francisco Melo, Cristián Campos y Jorge Zabaleta recibían todas las atenciones de la bartender. Sin embargo, ni con toda su carga de fama y dinero esa dorada multitud pudo competir con la conmoción que provocó la aparición de Tatiana, la mujer más famosa del país.

Su carrera había empezado de la manera acostumbrada: con un título en un concurso de belleza. En su caso, Miss Américas 1990. “La más rica de América”, había titulado La Cuarta en esa ocasión, pero ella, con la mentalidad ganadora que todos le atribuían, dirigía sus ojos verdes mucho más allá de un simple titular de tabloide. Tres meses después se instaló en Miami para trabajar en una cadena de noticias mexicana, y mezcló la lectura de los acontecimientos mundiales con una lucrativa carrera como modelo para la agencia Elite. Las revistas latinoamericanas cubrieron paso a paso sus romances, los que incluyeron, por orden de aparición, a un famoso modelo sueco, un magnate italiano que había sido novio de Naomi Campbell, un corredor de autos alemán, un empresario mexicano, el hijo de un Presidente venezolano, un aristócrata ruso y finalmente un maduro político colombiano, Gerardo Pascual, con el que apareció triunfante en las portadas anunciando su matrimonio: “He encontrado el amor de mi vida”.

Chile nunca había visto algo igual. La novia, de tiernos veinticuatro años, negoció personalmente la exclusiva con una revista local, que aceptó pagar todos los gastos de la boda a cambio de “acceso total” y siete entrevistas consecutivas en los meses que antecedieron el evento. Desde los arreglos florales en la Iglesia de los Sacramentinos (“que es igual a la basílica de Sacré Coeur en París”) hasta el vestido de novia, comprado en Nueva York e inspirado en el de lady Di, “pero más moderno”, no hubo un solo detalle que escapara a la atención del público. El anillo de compromiso de la novia, con una enorme esmeralda como “homenaje a Colombia”; el arreglo de las mesas en tonos beige y damasco, y el coro de monjes que interpretaría canto gregoriano y una solemne versión de “Night and day”, la canción favorita de los novios, ocuparon ediciones completas en la prensa de Santiago y Bogotá.

La romántica vorágine terminó, sin embargo, una semana antes de la anticipada boda, cuando el novio fue arrestado por la Interpol en el aeropuerto de Zurich, acusado de encabezar una red de narcotráfico. Mientras cualquier otra habría quedado deshecha con la noticia, Tatiana, profesional como era, decidió aparecer tres días después en el programa Si es Martes, es Fiesta para dar su versión de lo ocurrido. “Se lo debo al público, que ha estado siempre a mi lado”, dijo antes de comenzar la entrevista.

 

Con un escotado vestido negro y luciendo su anillo de compromiso, Tatiana Velasco se presentó en Si es Martes, es Fiesta para defender a su novio, que permanece arrestado en una cárcel suiza. “Conozco a Gerardo mejor que nadie en el mundo, y estoy convencida de su inocencia. Por eso, a través de las cámaras te digo, mi amor, no te preocupes, que se va a hacer justicia y pronto te tendré junto a mí. Cuenta conmigo. Siempre.

La Tercera, septiembre de 1996

 

Los tribunales colombianos tuvieron otra opinión, y Pascual fue condenado a veinticinco años de prisión por tráfico de drogas, malversación de fondos, extorsión, venta ilegal de armas y posesión de sustancias prohibidas.

Si hasta entonces Tatiana era famosa, el escándalo la convirtió en una verdadera estrella. Las cámaras se instalaron día y noche frente a su departamento en La Dehesa, su rostro ocupó durante meses las portadas de los periódicos, y los noticieros de televisión se iniciaron durante semanas con una detallada bitácora de sus actividades. Sus viajes al gimnasio, sus fines de semana en el departamento de sus padres en Reñaca, y hasta sus visitas al dentista, pasaron a ser de dominio público.

A partir de entonces su carrera fue una sola cadena de éxitos. El 95 protagonizó en Miami una teleserie para Televisa, Rosalba. El 97 fue la animadora de Noche de Gala y Domingo Siete, y el 99 viajó a Los Angeles a cubrir los premios Emmy para el Canal Nacional, ocasión en la que fue vista con Kevin Costner en un restaurante de Malibu.

“Los últimos años han sido de reflexión”, declaró Tatiana a la periodista Carolina Honorato, de Cosas, en septiembre del 2001. “He crecido como actriz, como modelo y como mujer. Si no hubiera madurado no podría estar haciendo un programa como Corazón al Desnudo, que requiere mucha honestidad, mucha fuerza.”

–¿Estás lista para el amor? –le preguntó la reportera.

–Lo espero con los brazos abiertos.

Tres meses después, según la revista Caras, Tatiana Velasco y Sebastián Lecampino paseaban como dos enamorados por Madrid.

 

 


 

 

V

 

 

Siempre perdona a tus enemigos. No hay nada que les moleste más.

Oscar Wilde

 

 

Semana Santa en Zapallar.

Personalmente, la única fiesta religiosa que observo es la entrega de los Oscar, pero durante los últimos años la Semana Santa tenía un lugar especial en mi corazón, porque Alberto nos invitaba a Joaquín y a mí a pasar cuatro gloriosos días en su casa de Zapallar, un verdadero palacete de concreto y cristal que colgaba de los acantilados. Mejor aún, éramos atendidos por María, la empleada y cuidadora de la casa, que aunque había pasado buena parte de sus cincuenta años cocinando cazuelas y charquicanes para su familia en Puchuncaví, ahora, bajo la dedicada supervisión de Alberto, era una experta en los misterios de la arúgula y las infinitas posibilidades del mahi-mahi. “Venid y vaaaamos toodos, con flores a María…”, le cantaba Joaquín cuando nos abría la puerta, entregándole algún ramo de flores que había comprado para ella en el camino.

Los zapallarinos de siempre miraban con desdén a los advenedizos que, con los bolsillos bien abultados, llegaban a construirse monstruosas casas de verano tipo georgian o rancho español en el balneario más tradicional y exclusivo de Chile (“Aquí llega gente que ni siquiera sabe a qué lado de la Roca poner la toalla”, escuché decir a una zapallarina horrorizada). Sin embargo, Alberto había sido recibido con cierta calidez. Con su impecable look Ralph Lauren, su carácter serio y discreto, y el pedigrí que le confería su trabajo en el bufete de Máximo Aldunate, uno de los abogados más respetados y temidos del país, Alberto podría haberse integrado fácilmente en la ronda de aperitivos, almuerzos y comidas que abundan en ese balneario. Pero nunca aceptaba invitaciones, y aparte de una que otra visita al famoso Chiringuito y un par de bajadas a la playa por temporada, pasaba los veranos y fines de semana recluido en su oasis frente al mar. A pesar de las numerosas ofertas, la casa nunca había sido fotografiada, y muchos de los que llegaban allí el Año Nuevo, porque eran amigos de un amigo de un amigo del dueño de casa, ni siquiera sabían quién era su anfitrión.

 

 

 

Joaquín arrastró su enorme bolso Prada repleto de bufandas de seda, pantalones rayados y medallas orientales hasta una habitación en el fondo de un largo pasillo; yo puse mi maletín Gap sobre la cama en la pieza contigua, y mi selección de Cosas, Caras, GQ y Vanity Fair sobre el velador. María trasladó el weekender Louis Vuitton de Alberto a su habitación, un gigantesco espacio blanco en el segundo piso, decorado con una pintura de Isabel Klotz y una escultura de Fernando Casasempere, cuyos ventanales se abrían a una terraza con las dimensiones de una cancha de tenis donde destacaban dos tumbonas de lona rayada.

–¡Don Alberto, el aperitivo está listo en la terraza! –anunció María.

Esa noche, cuando estábamos terminando de comer, Joaquín comentó:

–Este lugar es una lata. ¡Estoy a-bu-rri-da! Mi amor –dijo, dirigiéndose a Alberto–, tú eres el dueño de casa. ¡¿Dónde están los hombres?! Una buena anfitriona siempre tiene hombres para sus invitadas.

–Si tuviera uno, me lo guardaría para mí.

–Pues bien –continuó Joaquín, con gesto decidido–, yo dónde están los hombres. Me contaron de una nueva disco en Valparaíso. Se llama El Cielo…

 

 

 

El Cielo resultó ser una copia feliz del infierno. Después de entrar por unos de esos callejones que Hollywood usa cuando quiere poner a Ashley Judd o Angelina Jolie en peligro de ser descuartizada por un asesino en serie, subimos por una oscura escalera donde el aroma a cerveza y piscola era, literalmente, embriagador. El lugar no era más que un galpón con una pista de baile y un pequeño escenario iluminado con focos azules y rojos, en el que un travesti se paseaba, con su humanidad apenas contenida en un vestido de lentejuelas, cantando su propia versión de “My love don’t cost a thing”, de Jennifer López.

Joaquín se dirigió de inmediato a la pista de baile, y Alberto y yo nos fuimos al bar.

–Éste es el último lugar donde quiero estar esta noche –dijo Alberto mientras pedíamos un par de cervezas.

–Claro, es el sitio perfecto para acabar en la página roja de La Cuarta. Si el edificio no se desploma o no hay una redada policial, vamos a terminar acuchillados a la entrada del baño.

–No, no es eso. No estoy de buen humor.

–¿Por qué? ¿Hay algún problema?

Antes de que Alberto pudiera contestar, oí a mi espalda una voz:

–¡Sorpresa, sorpresa!

Para ser honesto, encontrar a la Virgen María en El Cielo me habría sorprendido menos que ver a Samuel McDonald, en todo su esplendor, en el bar de esa discoteque de mala muerte.

–¿No me das un beso? –me dijo, coqueto–. ¡Qué mal educado!

Lo besé en la mejilla. Él me puso la mano en el cuello y me dijo al oído:

–Ya te estaba echando de menos.

Mientras sentía su boca en mi oreja, traté de recordar qué calzoncillos llevaba puestos (los bóxer celestes, por favor, Dios mío, que sean los bóxer celestes), y me arrepentí de no haberme lavado los dientes una vez mas antes de salir.

A las tres de la mañana, Alberto llegó a buscarme al rincón donde yo y el hombre con el que planeaba pasar el resto de mi vida estábamos conversando sobre temas de la mayor importancia, como la superficialidad de la sociedad chilena, sugerido por mí, y la necesidad urgente de un plan de paz para el Medio Oriente, sugerido por él.

–Nos vamos. ¿Te quedas o te vas?

–Se queda –contestó Samuel en mi nombre.

Me sentí como una de esas Miss Mundo que son secuestradas por el sultán de Brunei.

Media hora después, Samuel me tomó de la mano y me condujo escaleras abajo hasta su Volkswagen Golf. Sin siquiera preguntarme me llevó hasta un edificio blanco en la calle Ocho Norte, en Viña, y subimos en el ascensor hasta el noveno piso. “Me estoy quedando aquí por un tiempo”, fueron sus primeras palabras en veinte minutos de viaje.

Abrió la puerta, solo para revelar un enorme departamento sin cortinas, con piso de madera, completamente desprovisto de muebles salvo un par de sillas Viena y un cenicero lleno sobre la barra que separaba la cocina de lo que algún día fue un comedor.

–Es de mi familia, pero nadie lo ocupa desde hace años.

–¿Cuánto tiempo llevas aquí?

–Poco más de un mes.

Los tres dormitorios del departamento estaban vacíos, con excepción de un colchón en el piso, con las sábanas arrugadas, un equipo de música y un alto de libros encabezado por En busca del tiempo perdido, en el dormitorio principal.

–¿No tienes televisor?

–¿Qué quieres ver?

–No, nada. Simple curiosidad.

La vida sin un televisor me parecía inconcebible, pero ése era un trozo de sabiduría que no pensaba compartir con Samuel. Por ahora. “Es importante demostrar una profunda vida espiritual”, pensé. “La televisión no es más que un escape frente a las grandes interrogantes de la vida. ¿De dónde vengo? ¿Adónde voy? ¿Me irá a besar?”

–¿Cuánto tiempo piensas…?

Antes de terminar la frase, Samuel posó uno de sus largos dedos sobre mi boca.

–Shhh… No hay que hablar todo el tiempo.

Y entonces me besó.

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