VIII

 

 

El resto del país mira a Nueva York como si todos fuéramos

izquierdistas, comunistas, judíos, homosexuales, pornógrafos.

A veces yo también la veo así, y vivo aquí.

Woody Allen, en Annie Hall

 

 

Los días siguientes fueron de cautiverio, lo que no deja de ser una paradoja. ¿De qué sirve ser famoso si uno no puede salir a la calle a ser reconocido, firmar autógrafos, conseguir la mejor mesa del Agua y enrostrárselo a sus ex compañeros de colegio?

La mía era una fama infame. Como la de Courtney Love, o la de un asesino en serie. Las mañanas las pasaba en cama leyendo revistas o surfeando por internet. Joaquín llegaba por las tardes, entre las cuatro y las ocho –el espacio que le quedaba libre entre las teleseries de la tarde y la noche–, con un cargamento de diarios, devedés, comida preparada, Marlboro Lights y vodka Absolut. La mayor parte eran un regalo de Joaquín, ya que mi súbita celebridad me hacía imposible trabajar y, como podrá confirmar cualquiera que ejerza la digna profesión de product manager, ésta no es una labor que conduzca al ahorro. Estaba en la bancarrota, y después de mi ultima conversación con Cristina, aparentemente desempleado.

“Vicente, entiendo perfectamente tu posición”, me dijo por teléfono mientras la sentía encender un cigarrillo con su encendedor de plata Dunhill. “Pero tú también te tienes que poner en mi lugar. Nuestros clientes no se sienten cómodos siendo representados por alguien que aparece en los diarios practicando sexo homosexual.”

–Pero, Cristina, necesito trabajar…

–No te preocupes, vas a ver que cuando se diluya el escándalo se te van a abrir miles de oportunidades. Ahora tengo que colgar.

Clic.

Decidí que Cristina tenía razón: quizás esta crisis fuera una oportunidad. Quizás me estuviese obligando a seguir mi verdadero destino. Puesto que tenía tiempo de sobra, era el momento de hacer lo que siempre había querido: escribir mi primera novela. Me senté frente al computador y empecé a trabajar de inmediato. Di un profundo suspiro, extendí los brazos y puse mis manos sobre el teclado.

 

TRAICION EN BEVERLY HILLS

Una novela de Vicente Astorga

 

Encendí un cigarrillo y contemplé el título con ojos críticos. No estaba mal. Sugería misterio, drama y personajes que vivían en mansiones y conducían convertibles Porsche. Seguí escribiendo entusiasmado.

 

Allison era el tipo de mujer que provoca envidias en Hollywood. Su piel blanca como la nieve contrastaba con sus intensos ojos verdes, y su larga cabellera rojiza caía por su perfecta espalda hasta la cintura. Sus muñecas estaban siempre cubiertas de diamantes. Allison vivía junto a su marido, el famoso productor Greg Norman, en una mansión de cuarenta habitaciones en…

 

Me detuve. ¿Dónde quedaba la mansión de Allison? Nunca había estado en Beverly Hills; aparte de Rodeo Drive y Sunset Boulevard, no tenía idea de calles en Los Ángeles. Me quedé paralizado observando la pantalla. Estaba viviendo mi primer bloqueo literario. “Es un avance”, pensé. Después de unos segundos, borré lo que había escrito y comencé nuevamente.

 

TRAICION EN PARK AVENUE

Una novela de Vicente Astorga

 

Allison era el tipo de mujer que provoca envidias en Nueva York…

 

Aunque tampoco había estado en Nueva York, conocía perfectamente la ciudad. Sabía de los espectaculares penthouses de la Quinta Avenida con vista al Central Park, de las boutiques de Madison Avenue, las galerías del SoHo y Chelsea, la bohemia del East Village, los gays del West Village, y podía recitar a ojos cerrados los nombres de al menos una docena de restaurantes donde Allison podía ser vista comiendo con Greg.

Según mi mamá, nací obsesionado con Manhattan. A los siete años pegué una postal del Empire State en un sitio destacado de mi pieza, entre el crucifijo y la foto de Miguel Bosé. Cada artículo y cada imagen que encontraba en las revistas sobre la ciudad era guardado cuidadosamente en un enorme archivador con las letras NY escritas sobre la tapa. Filmes como Fama, Taxi driver, Working girl, me parecieron siempre la prueba de que en Nueva York uno podía vivir en la miseria, estar sin trabajo o ser, como Robert de Niro, un psicópata armado con un corte de pelo horrible y aun así encontrar el amor y la felicidad. Las películas de Woody Allen eran mi biblia, y podía imaginar mi futuro como un melenudo y neurótico escritor que vivía en un departamento de un ambiente con un sonoro radiador, escuchando jazz y visitando librerías a medianoche, completamente satisfecho con mi simple y neoyorquina existencia.

Como Diane Keaton en Annie Hall, quizás podría conseguir trabajo en alguna revista y cantar canciones de Cole Porter en un pianobar a la madrugada. O ser mesero, o vendedor en Barneys, o asistente de Anna Wintour en Vogue… A diferencia de Santiago, donde hasta la más hermosa de las calles estaba cubierta por un filtro de aburrimiento y esmog, en Nueva York todo parecía brillante y colorido. El tráfico, los cafés, los estrechos edificios con sus escaleras de incendio, el asfixiante calor húmedo del verano, el hielo de la nieve en invierno, y hasta los tarros de basura de lata en las veredas, me parecían románticos.

Recordé las palabras de Cristina: “Se te van a abrir miles de oportunidades”.

Esa tarde, cuando llegó Joaquín, me encontró sumergido en las páginas de viajes de internet.

–¿Qué estás haciendo?

–Buscando pasajes –contesté sin desviar los ojos de Orbitz.com.

–¿Adónde vas?

–A Nueva York.

–¿Ah, sí? ¿Y con qué plata? ¿Con qué Visa? –me pregunto con ironía, sosteniendo las bolsas con las compras que había cargado a la tarjeta de crédito de su mamá.

 

 

 

Las preguntas de Joaquín resultaron proféticas. Después de hablar una hora por teléfono con mi ejecutivo de cuentas, ambos llegamos a la conclusión de que un préstamo estaba fuera de discusión mientras no cancelara los dos que ya debía (uno para mi computador, el otro para mis últimas vacaciones en Brasil) y demostrara que estaba dispuesto a responder a “la confianza” que el banco había depositado en mí. La confianza, me recordó, estaba sujeta a un 9,8 por ciento de interés anual.

En el consulado norteamericano las cosas no fueron mejor. Después de enviar mis papeles y mi pasaporte por correo, fui citado a una reunión con la encargada de visas y documentos, Ms. Deborah Jones.

“No importa lo que te pregunten, di a todo que no”, me advirtió Alberto cuando me dejó en las puertas del enorme edificio de la Costanera. Dos marines revisaron mis papeles y me hicieron pasar por un detector de metales; luego una secretaria me condujo hasta la oficina de Ms. Jones, quien me esperaba sentada bajo una fotografía del presidente Bush, con una carpeta sobre su escritorio y una bandera norteamericana a su lado. Iba vestida con un severo traje azul, a la Hillary Clinton.

–Mr. Astorga –dijo muy seria, sin levantar la vista–. El consulado ha estudiado acuciosamente su solicitud de visa y tenemos algunas preguntas para usted, considerando, ah…, los últimos acontecimientos noticiosos en que se ha visto involucrado.

Sentí cómo me enrojecía de vergüenza.

–¿Cuál es el propósito de su visita a los Estados Unidos? –comenzó el interrogatorio.

–Estoy escribiendo una novela situada en Nueva York y necesito profundizar mi investigación… –contesté con convicción.

–Motivos de trabajo, entonces…

–Sí.

Ms. Jones chequeó un cuadrado en el formulario que tenía frente a sí.

–¿Tiene un contrato para publicar su libro, Mr. Astorga?

–No, no todavía… Estoy en negociaciones –mentí.

–¿Quién pagara los gastos de su estadía en los Estados Unidos?

–Yo mismo.

–¿Tiene otros ingresos o bienes aparte de los mencionados en su solicitud?

–Tengo un automóvil alemán.

–¿Se refiere al Volskwagen del año 99 incluido en sus documentos?

–Hmmm, sí.

–No es alemán. Es brasilero. ¿Tiene deudas considerables?

–Considerables, considerables, no.

–¿Ha pertenecido a alguna organización terrorista?

–No.

–¿Ha estado preso o ha sido condenado alguna vez?

–No.

–¿De qué trata su proyecto literario?

–Es la historia de una millonaria de Park Avenue, Allison Norman, casada con un magnate de Wall Street –expliqué, con la misma pasión con que Salman Rushdie hablaría de Los versos satánicos–. Ella es riquísima, la envidia de todo Nueva York, pero tiene un secreto en su pasado y…

–¡Suficiente! –me interrumpió–. Ya veo de qué se trata. Mr. Astorga, de acuerdo a los antecedentes proporcionados y a la información que me ha entregado en esta entrevista, lamento decirle que por el momento no estamos en condiciones de otorgarle una visa. Los Estados Unidos están abiertos a la visita de personas interesadas en el desarrollo de actividades artísticas, pero sin contrato, sin dinero y sin respaldo, no podemos ayudarlo.

Dicho esto, sacó un enorme timbre de un cajón y lo estampó en mi pasaporte: “Denied”.

–Buenas tardes, y gracias por visitar el consulado de los Estados Unidos.

Salí con el corazón destrozado. Volví a ponerme mi gorra de béisbol y mis lentes oscuros, y corrí al auto de Alberto, que me esperaba en la puerta.

–Te fue mal, veo… –dijo.

–Pésimo. Nunca me van a dejar entrar.

–Al menos estuviste en territorio norteamericano –me consoló con una sonrisa, mientras bajábamos por la Costanera.

–¿Cómo?

–Claro, las embajadas y los consulados se consideran territorio de los países que las ocupan.

–¿Y ahora me lo dices? ¡Habría llevado un par de esposas y me habría encadenado al escritorio de Ms. Jones!


 

 

III PARTE

 


 

 

 

I

 

Cada vez que un periódico toca una noticia,

los hechos desaparecen para siempre. Incluso para sus protagonistas.

Norman Mailer

 

 

Sebastián finalmente apareció… en las páginas de la revista Cosas, entrevistado en exclusiva por la periodista Rosario Mayol en una “locación secreta”, que a juzgar por las fotografías que acompañaban el texto podría haber sido el sur de Chile, Nueva Escocia, el noroeste norteamericano o cualquier lugar del mundo con muchos pinos y lagos. La portada lo mostraba sentado en una roca junto al agua, en jeans y con un grueso suéter negro de cuello subido, bajo el prometedor título de “Sebastián Lecampino: Mi verdad”.

Rosario Mayol no era cualquier periodista. Después de combatir y sobrevivir a la dictadura como reportera de revistas de oposición, de escribir media docena de libros sobre esos años y ganar el Premio Nacional de Periodismo, había caído como tantos otros en las garras del show business, y ahora se ganaba la vida retratando “el lado humano” de las estrellas del deporte y el espectáculo. Aunque de estilo directo y franco, el aleteo de las largas pestañas que enmarcaban sus ojos azules, su voz azucarada y el constante jugueteo con su melena rubia desarmaban a sus entrevistados, quienes solo después de ver la entrevista publicada se daban cuenta de que habían sido sometidos a una metódica y fríamente calculada confesión.

Podía imaginarlos sentados junto a un lago. Sebastián, nervioso, ansioso, contestando preguntas que jamás pensó responder y para las que quizás ni siquiera tenía respuesta. Rosario, hambrienta de información, saboreando anticipadamente las revelaciones como un lobo frente a un cordero; preparada como una atleta en las Olimpíadas, lista para correr la carrera de su vida.

“¿Cómo estás, Sebastián?”, fue su primera pregunta.

 

–Estoy bien. A pesar de todo lo que ha sucedido, me he dado cuenta de que tengo mucha gente a mi alrededor que me apoya, me quiere, y que se ha entregado en un 110 por ciento a mí. Pero, sin duda, no han sido días fáciles.

–¿Hay algo de lo que te arrepientas?

–La verdad es que ni siquiera me he hecho esa pregunta. No creo en los arrepentimientos. Y si tengo que ser sincero, no creo haber hecho nada malo.

–¿No ves nada de malo en ser infiel a tu futura mujer con un hombre?

–La infidelidad involucra una mentira, y en ese sentido yo nunca le fui infiel a Tatiana. Es muy difícil comprender una relación observándola desde fuera. Solo las personas involucradas conocen la verdad.

–¿Tatiana sabía entonces de tus relaciones con hombres? 

–Eso es algo que nos interesa solo a ella y a mí. No voy a hacer más comentarios al respecto.

 

La sola sugerencia de que formaba parte de una relación fraudulenta fue suficiente para que Tatiana, con lágrimas en los ojos, apareciera ese mismo día en Noche de Estrellas, alegando que “si hay una víctima en todo este asunto, soy yo”. En un severo pero ceñido vestido negro de Dolce & Gabbana, con una cruz de oro sobre su amplio escote, dijo que la idea de un matrimonio de pantalla le parecía “ridícula e inmoral”, y que aunque tenía muchos amigos gays y ella no era nadie para juzgar a los demás, “no me gusta ver a dos hombres besarse, como tampoco me gusta ver a dos elefantes teniendo sexo en el Discovery Channel. No es lo normal”. Su participación en el programa consiguió 45,3 puntos de rating, segundo récord de la temporada después de su autoentrevista, y al día siguiente los periódicos aplaudieron su honestidad y su coraje. “Si los políticos en el Congreso mostraran aunque fuera algunas de las cualidades que Tatiana Velasco exhibió en Noche de Estrellas, en este país otro gallo cantaría”, aseguró el editorial de un tabloide.

“¿Eres gay?”, le había preguntado Rosario Mayol a Sebastián. “¿Gay? ¿Qué es ser gay?”, contestó él, resbaladizo. “La gente tiende a categorizar la sexualidad de las personas en A, B o C, cuando en realidad los sentimientos son mucho más complicados que eso.”

–¡Es gay! –exclamó Joaquín, que leía la entrevista en voz alta mientras Alberto, la Jenny y yo escuchábamos atentos.

La Jenny se había convertido en mi secretaria y consejera en materias de márketing y relaciones públicas, gracias a su amplia experiencia como lectora de revistas y fanática de los especiales de E! Entertainment Television.

–Claro que es gay. Se acostó contigo, ¿no? –dijo, dirigiéndose a mí.

–¡Es gay!

Yo no estaba tan seguro. En dos ocasiones me había acostado con mujeres, pero eso no me convertía en Bill Clinton; una vez, incluso, me sentí enamorado de una mujer.

Su nombre era Domenica Butazzoni. Había llegado a reemplazar a la secretaria de Cristina durante su prenatal, y desde que cruzó las puertas de Glass quedó claro que poco y nada tenía que ver con Charito, Julia o Isabel, el resto de las secretarias de la oficina. Domenica era alta, atractiva, y se vestía con los basics de Donna Karan: polleras y bodysuits oscuros que acompañaba con dos esclavas de plata que su marido, un periodista inglés que era corresponsal para Latinoamérica de The Guardian, le había comprado durante su luna de miel en San Miguel de Allende. Sus intereses parecían ir mucho más allá del último capítulo de Gran Hermano o el romance clandestino que Juanito y Julia mantenían en la sala de la fotocopiadora; por lo mismo, su desdén hacia quienes consideraba mediocres era evidente. “You, people! Wake up!!”, solía gritar por los pasillos cuando nos descubría chateando o hablando con amigos por teléfono. Su eficiencia era aterradora, y el hecho de que en su escritorio no hubiera nada que no fuera blanco, negro o gris, o que tuviera cada archivador y carpeta cuidadosamente rotulados, era para el resto de la oficina signo inequívoco de que “esta mina necesita que se la tiren bien tirada”.

Su frialdad me atrajo de inmediato, pero la chispa de un romance no se encendió en mi corazón hasta el día que me reprendió por haber sacado sin su permiso la Hola y la Vogue del escritorio de Cristina. “Cómo alguien con dos dedos de frente puede perder el tiempo leyendo esa basura, es algo que escapa a mi comprensión”, dijo en voz alta mientras me arrebataba las revistas y las depositaba, en perfecta simetría, junto a los documentos de Cristina. Lo más obvio era pensar que se había burlado de mis gustos literarios y había puesto en duda la profundidad de mi inteligencia. Yo decidí, sin embargo, que era todo lo contrario. ¿Acaso no había dicho que tenía dos dedos de frente?

Resultó que yo estaba en lo correcto. Dos días después, entré en mi oficina y me encontré con un ejemplar de Desayuno en Tiffany’s, la novela de Truman Capote, con una nota: “Para que leas algo que valga la pena. D”. De ahí en adelante pasamos cada vez más tiempo juntos. A las doce en punto me llamaba para planear nuestro almuerzo en Le Fournil, y allí estábamos una hora hablando de cine, de libros y de los años que ella había pasado en Londres y Nueva Delhi con su marido, Paul. Domenica era una mujer de mundo, que en sus treinta y seis años había visto y vivido cosas que yo solo había soñado. Aparte de eso, tenía un sentido del humor filoso como una navaja, y detrás de toda su dureza, un espíritu romántico y rebelde. No pasó mucho tiempo antes de que nuestra reunión del mediodía se convirtiera en mi principal razón para levantarme en la mañana.

Un viernes, al final de la tarde, coincidimos en el rincón donde preparábamos café.

–¿Y qué hace un soltero un viernes en la noche por estos días? –preguntó ella con interés.

–Nada especial. Juntarme con amigos, ir a comer, quizás a bailar. ¿Y qué hace una casada un viernes por la noche?

–A Paul le gusta cocinar. Mientras él prepara su shepperd’s pie, yo me siento en el piso de la cocina, abrimos una botella de vino, escuchamos música suave y conversamos.

–¿De qué conversan?

–A veces hablamos de trabajo, otras de la familia, y a veces también hablamos de Britney Spears o Tatiana Velasco, puras tonteras.

Esa noche fui al Búnker con Joaquín, y como tantas otras noches, conocí a alguien. Su nombre era Roberto, creo (¿o era Rodrigo?). Cruzamos una mirada en el bar y un minuto después sentí su lengua tibia en mi boca. Me llevó a su departamento en el Parque Forestal, encendió un pito, dio dos bocanadas y comenzamos a besarnos. Yo cerré los ojos y pensé en Domenica. La vi sentada en el piso de su cocina en pantalones de pijama y una camiseta, sonriendo, con su pelo castaño cayendo suavemente sobre su cara, con una copa de vino en la mano y Miles Davis en el equipo de música. “Hmm, Domenica”, murmuré. “Me llamo Rodrigo”, dijo mi compañero de esa noche abriendo los ojos.

 

 

 

–¡Es gay! –insistió Joaquín una vez más, y continuó leyendo la entrevista.

Sebastián atajaba las preguntas de Rosario como un perfecto arquero, pero ella se negaba a perder control del juego.

 

–¿Es común la homosexualidad entre los futbolistas?

–Tan común como en cualquier otra profesión, supongo. No creo que las profesiones determinen los intereses sexuales de las personas.

 

–¡Ah, cómo se nota que este tipo jamás ha visitado una escuela de peluquería! –exclamó Alberto.

 

–Pero esa cofradía que existe entre los deportistas, las temporadas que pasan aislados en entrenamiento…, ¿no se prestan para la exploración sexual?

–Esas son fantasías que tienen más que ver con el morbo que con la realidad. Pensar que los futbolistas tienen sexo entre ellos solo porque están concentrados durante largo tiempo es como pensar que cualquier reunión de Tupperware entre mujeres terminará inevitablemente convertida en una orgía de lesbianas. No tiene sentido.

 

Habían pasado dos tercios de la entrevista cuando mi nombre fue mencionado por primera vez. Lo lanzó Rosario Mayol, con un tono que imaginé como de padre confesor demasiado interesado en los pecados del confesado:

 

–Vicente Astorga…, ¿cuál es exactamente tu relación con él?

Entre nosotros no hay ninguna relación. Es un amigo al que le agradezco que no se haya sumado al circo periodístico de los últimos días. Su silencio es un gesto que aprecio enormemente y que me ha sorprendido. Espero poder darle las gracias personalmente en el futuro.

 

Me vi invadido por una súbita sensación de dignidad y satisfacción, similar a la que sentiría un alcalde inaugurando un nuevo orfanato, o Gandhi enfrentando al imperio británico en pañales. Me había transformado en uno de esos “hombres ordinarios en situaciones extraordinarias” cuyas historias llenaban las páginas del Reader’s Digest: un héroe, un ejemplo. Que todo derivara simplemente de un atracón en una cocina, y de mi negativa a hablar con la prensa al respecto, no iba a nublar mi momento de gloria. Sebastián Lecampino, el astro mundial, el ídolo de masas, había reconocido públicamente en mí el valor inmenso de la discreción.

Pero el pedestal al que me había elevado se derrumbó con la siguiente pregunta de Rosario Mayol: “¿Es cierto, como se ha rumoreado, que Astorga pertenece a una red internacional de gigolós?”

–¡¡QUÉEE!! –exclamé en un grito ahogado–. ¿Ahora soy un puto con pasaporte al día?

–No se preocupe, don Vicente –me tranquilizó la Jenny–: dicen lo mismo de todos los famosos. Además, podrían decir cosas mucho peores.

–¿Cómo qué? ¿Que soy un necrófilo con herpes?

–Olvídate, mi amor –dijo Joaquín–. Cualquiera que haya visto tu foto en el diario puede estar seguro de que de gigoló americano no tienes nada. Nadie va a creer una historia TAN ridícula.

“Es una acusación estúpida y sin fundamentos –me defendió Sebastián en la entrevista–. Hasta donde sé, Vicente Astorga es un buen hombre que merece todo mi respeto.”

 

 Alertada por rumores publicados en la revista Cosas y otros medios informativos, la Brigada de Delitos Sexuales está investigando la supuesta existencia de una red internacional de escorts masculinos con base en Santiago. Vicente Astorga, uno de los protagonistas del escándalo en que se ha visto envuelto el futbolista internacional Sebastián Lecampino, forma parte de la investigación. “Hasta el momento no hay acusaciones ni evidencias oficiales en su contra”, confirmó el vocero del órgano policial, “pero sus papeles muestran que ha realizado viajes a Brasil, Costa Rica y Argentina. Siempre en clase turista”.

La Tercera, septiembre de 2002

 

Dios, era el fin.

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