VII

 

 

 

 

Welcome to the lifestyle of the rich and famous!

Robin Leach

 

 

 

Apenas había cortado con Joaquín cuando sonó nuevamente el teléfono. Era Cristina, que estaba en un auto frente a la oficina. Ni siquiera me dijo buenos días:

–¡Baja en seguida! Vamos a reunirnos con Tatiana Velasco. Nos espera en su casa.

Hmm, de pronto el día se había vuelto apasionante.

Bajé rápidamente los doce pisos hasta la calle y ahí estaba Cristina, en el asiento trasero de un auto negro, con un traje azul marino a rayas, lentes oscuros y las botas de lagarto más altas que había visto en mi vida. Si uno tiene que trabajar, pensé, es mejor hacerlo para alguien con estilo.

“A La Dehesa”, le indicó al chofer mientras buscaba la dirección exacta en su Palm. “Hay que convencerla de que firme el contrato. ¡Hoy! –dijo mientras el auto cruzaba el río Mapocho y se internaba por las serpenteantes curvas de Lo Curro–; el asunto se ha dilatado demasiado, y deberíamos empezar a producir la campaña a más tardar en septiembre.”

–¿Cuál es el problema? ¿Quiere más plata?

–Las estrellas siempre quieren más plata. Pero no es solo eso. Dice que no está segura de si quiere aparecer en una campaña tan masiva con Lecampino.

–Pensé que las cosas estaban bien entre ellos. Cristián Farías dice en La Tercera que están pensando en casarse...

–Vicente, ¿naciste ayer? Si crees todo lo que dice la prensa, no puedes trabajar en publicidad.

El auto se detuvo frente a las gigantescas rejas de un edificio rojo con teja española, grandes ventanales y terrazas llenas de flores. Lo único que se oía eran los regadores sobre el parque y, a la distancia, una cascada que renovaba permanentemente el agua de la piscina.

–La señorita Tatiana viene en seguida –anunció una empleada de uniforme azul y delantal con pechera–. Dice que pasen al living.

Cruzamos el vestíbulo, un gran cubo blanco iluminado con focos halógenos, y entramos en el salón, que resultó ser otro cubo blanco, esta vez decorado con muebles de cuero de Le Corbusier, columnas de luz de Pablo Pardo y una gran alfombra multicolor de Paul Smith, que reconocí de inmediato porque la había visto en la casa de India Hicks en World of Interiors. Hasta ahí, todo bien. En una mesa de arrimo estaban las fotografías de la dueña de casa con diversas “personalidades”, desde Don Francisco a Anthony Quinn, pasando por Chayanne, Susana Giménez, Ricardo Lagos, Thalía, Isabel Allende, Sylvester Stallone con Cristián de la Fuente, Julio Iglesias, Hillary Clinton y Martita Larraechea, Cecilia Bolocco –embarazada– y Carlos Menem, las ricas y famosas y, la más curiosa de todas, una con Su Santidad en El Vaticano, en la que aparecía Tatiana con puntilla negra de encaje y actitud piadosa, de la mano de Gerardo Pascual. En un marco antiguo de plata se la veía recién coronada como Miss Américas, y al lado, en topless en la cubierta de un yate con una amiga.

Cristina levantó una ceja al toparse con el enorme retrato de la estrella en el muro principal, donde aparecía con un vestido largo rojo, el pelo oscuro, como lo llevaba antes, y su corona de reina bien plantada sobre la cabeza.

–Lo pintó el mismo retratista del príncipe Carlos...

La voz era inmediatamente reconocible, pero su dueña no. A los treintaitrés años, Tatiana Velasco parecía de veinticinco. “Si algo se hizo, le quedó regio”, pensé. No llevaba una gota de pintura y, descalza, con un par de jeans blancos y una minipolera amarilla –con la leyenda Amsterdam, good enough to smoke en letras negras–, tenía el aspecto de una adolescente. Su pelo perfectamente rubio le caía hasta la mitad de la espalda, y su sonrisa justificaba plenamente los millones que Almacenes Roma pensaba gastar en ella.

–Deberías demandar a los maquilladores –dijo Cristina a modo de saludo–: te ves mucho mejor en persona que en pantalla.

–Gracias –contestó ella sonriendo–. Pero con esta pinta no lograría un punto de rating.

Tatiana Velasco resultó ser un encanto, más relajada y divertida de lo que cualquier lector de TV y Novelas podría esperar, con esa actitud franca y directa que tienen aquellos que han pasado una vida sobreviviendo en el mundo de la farándula y los negocios. Verla discutir los detalles del contrato con Cristina fue como asistir a un partido de tenis.

–Cada día tengo menos interés en la televisión –soltó mientras almorzábamos una ensalada de tomate y mozzarela en la terraza–. La tontera y la chabacanería son demasiadas, y no es que me queje, porque he usado a los canales tanto como ellos me han usado a mí. Siempre le digo al Kike (se refería al rey del trasnoche televisivo) que me destruyó la carrera. Ahora, si no sales en pelotas o hablando de tus líos de pareja, nadie tiene interés.

–Pero no te hagas la tonta, ésa es una tendencia que tú empezaste… –repuso Cristina, con una honestidad que me hizo atragantarme con un tomate.

–Sí –respondió la diva con toda naturalidad–. Y por lo mismo no puedo seguir haciéndolo. Todas me siguieron los pasos, ¿y ahora qué? Tengo que hacer algo nuevo.

–Bueno, la campaña de Almacenes Roma es perfecta para ti entonces. Vamos a filmar y fotografiar con los mejores, vas a aparecer no solo en Chile, sino en Argentina, Brasil, Perú, en todos los países donde tienen sucursales. Es una excelente oportunidad para ti y tu novio.

Tatiana miró su plato en silencio.

–Porque Sebastián sigue siendo tu novio... ¿no?

–Sí –contestó Tatiana–, pero una campaña tan grande como ésta…, no sé. Es un compromiso enorme. Odiaría aparecer en todas las pantallas y las revistas, y que después hubiera un problema.

–¿Qué problema podría haber?

–No sé. ¿Qué les dice Sebastián?

–No hemos hablado con él, solo con su mánager. Pero si tú dices que sí, seguro que él lo hará también.

–Mira, por esta vez voy a dejar todo en sus manos. Si él firma, yo firmo –concluyó Tatiana–. Ahora, respecto a los honorarios…

A las tres y media volvimos a subir al auto y nos dirigimos a la oficina.

–¿Qué planes tienes para el fin de semana, Vicente?

(Esperar que me llame Samuel.)

–Ninguno. ¿Por qué?

–Quiero que me acompañes a Madrid. Tenemos que concretar de una vez por todas con Lecampino.

 

 

 

Viernes, diez de la noche, y ninguna señal de mi boyfriend.

–¡Sal de la cama, mujer! –dijo Joaquín por el teléfono, cuando yo ya estaba entre las sábanas, concentrado en un viejo capítulo de Will & Grace–. Me vas a acompañar a la fiesta del año.

–¿Qué fiesta?

–El cumpleaños de Juanito Yarur.

Habría que haber sido ciego, sordo y mudo para no haberse enterado de que el heredero y “celebutante” más famoso de Chile, como lo llamaba la revista Cosas, planeaba celebrar su cumpleaños número veinte con una espectacular fiesta en la piscina del recién inaugurado Ritz Carlton de Santiago. La invitación –Just Another Pool Party– le había llegado a poco más de ciento cincuenta personas estampada en una toalla de playa blanca, y desde las mesas de El Toro a los probadores de Hermès, en la calle Alonso de Córdova, la fiesta era de lo único que se hablaba.

Salté de la cama al clóset a buscar algo apropiado para ponerme. ¿Pantalones y camisa blanca? Demasiado obvio. ¿El sarong que compré en las últimas vacaciones en República Dominicana? Demasiado étnico. ¿Jeans y polera? Demasiado aburrido. A las once y media subí a mi escarabajo y partí al hotel, solo medianamente conforme con mis jeans D&G y mi camisa rayada de Etro. El pelo, un desastre. ¿Por qué será que el pelo se ve siempre mejor un día domingo, cuando uno está tirado solo sobre la alfombra viendo televisión, que cuando realmente necesita lucir bien? Ni con media hora jugando con mousses y geles logré que mi cabeza tuviera un aspecto naturalmente sucio. Después de tanto menjunje, quedó sucio.

–Hmm, me dio hambre –dijo Joaquín al ver a los dos musculosos anfitriones, apenas cubiertos por toallas, que nos recibieron–. Me los comería enteritos y lanzaría los huesitos al río.

La piscina del hotel estaba rodeada por un muro de luces de colores que se movían como una ola; el diyéi, un robusto brasilero de torso desnudo, cubierto de tatuajes, mezclaba a Madonna, Air y Groove Armada, inconsciente de las miradas que atraía, y los invitados se paseaban entre enormes mesones de pollo, cordero, pavo y sushi. Cerca de nosotros estaban las actrices Francisca Merino, Javiera Contador y Cristina Tocco; un fotógrafo de modas que se presenta solo con sus iniciales, la decoradora Ximena Tannenbaum, la editora de Paparazzi y la modelo Pilar Jarpa, con top transparente y pollera larga con flecos: todos muy alegres gracias al hechizo de martinis y cosmopolitans.

Welcome to Babilonia –me susurró Joaquín al oído mientras desaparecía en la pista de baile.

A las dos de la mañana, justo cuando una mujer pintada entera de azul empezó a entonar la “ópera” de El quinto elemento y Juanito se preparaba para su tercer cambio de vestuario de la noche, vi en un rincón a Samuel con el modelo argentino que había conocido donde las ricas y famosas. Desvié la mirada, pero era demasiado tarde. Algo le dijo al argentino al oído, se levantó y cruzó la fiesta hasta donde yo estaba.

(Odio a los modelos argentinos de paso por Chile. Extranjería debería tener más cuidado con quienes cruzan la frontera. Estos tipos son verdaderos terroristas emocionales. Donde ponen el pie hay una explosión.)

–¡Sorpresa!

Como todo lo demás, su saludo se estaba volviendo algo repetitivo.

 

¡Con muertos termina la fiesta de Juanito!

Los cuerpos de Samuel McDonald, hijo de la gran dama de la sociedad santiaguina Elisa McDonald, y un modelo argentino no identificado fueron descubiertos debajo de la mesa de sushi en la fiesta que Juanito Yarur dio en el hotel Ritz Carlton, aparentemente apuñalados con un cuchillo de quesos de marca Christofle. Carabineros está trabajando en el caso, pero todavía no hay sospechosos.

La Tercera

 

–Hola –le contesté con indiferencia.

–¿Y así me saludas después de tantos días? ¿Sin un beso?

Le di un beso en la mejilla.

–¿Por qué no me has llamado?

–Samuel, no tienes teléfono en Viña ni tienes celular. ¿Cómo quieres que te llame?

–Estás enojado.

–No, no estoy enojado.

–¡Hey, Sammy! –lo llamó el argentino–. ¿Podés venir? Te tengo un recado.

–¿Sammy?

–Así me llama él –dijo Samuel con un inocente gesto de hombros–. ¿Me esperas un minuto? No te vayas.

–Me tengo que ir luego. Parto a Europa en unas horas –le dije, tratando de sonar casualmente sofisticado. Un hombre de mundo.

–¡No te vayas!

No volvió a aparecer en toda la noche.

El domingo por la tarde, cuando me puse mi chaqueta safari para ir al aeropuerto, escondí mis lágrimas detrás de mis lentes oscuros. Igual que Lana Turner.


 

 

IX

 

 

La felicidad es tener una familia grande, cariñosa y preocupada,

que viva en otra ciudad.

George Burns

 

 

–La Jenny te preparó espárragos –me dijo mi mamá cuando fui a almorzar con ella el sábado antes de partir a España–. Sabe que te encantan.

La Jenny, cuyo nombre completo era Jennifer Elizabeth Diana Estefanía González Moreno, llevaba tres años trabajando con mi madre, tiempo suficiente para que hubiera adoptado el look de novicia que ahora imperaba en esa casa.

Hasta que cumplió sesenta, mi mamá nunca fue religiosa. Pero algo pasó en ese cumpleaños que resucitó su adormilada fe y de un día para otro comenzó a ir a misa diaria en la iglesia de El Bosque, a invitar a curas a comer y a asistir a clases en la Cruz Roja, porque “hay que ayudar a los que lo necesitan”. Por esos mismos días dejó de fumar, y en su velador, en el lugar que ocupaba su acostumbrada cajetilla de Kent apareció como por milagro una Biblia.

Desde entonces era imposible terminar una conversación sin que lanzara su frase típica: “si Dios quiere”.

–¿Qué va a hacer hoy en la tarde, mamá?

–Voy a jugar bridge con la Marta y la Alicia, si Dios quiere.

–¿Y mañana?

–Voy a ir al Jumbo, si Dios quiere.

Bueno, Dios quiso que tuviera un hijo gay, y aunque en un principio aceptó la noticia con un portazo, el paso del tiempo había suavizado su rabia y su culpa. Ésta era una cruz, pensó, que llevaría en silencio.

La santidad no corría por nuestras venas precisamente. Mi abuela materna había sido cantante aficionada, y en los años cuarenta había alcanzado cierta notoriedad en el Café Torres con su interpretación de “La Cumparsita”. La abuela había enterrado a dos maridos sin abandonar nunca sus medias de encaje, sus zapatos de taco alto o su rouge rojo violento. Ahora que vivía en un asilo de ancianos en la avenida Colón seguía maquillándose a diario, aunque estuviera todo el día en cama y conectada a un respirador, y era la favorita de las enfermeras, que llegaban a cualquier hora del día o la noche a decirle: “Ya, pues, doña Marta, cántenos un tango”.

De mi abuela paterna poco sé. La última vez que la vi debo haber tenido unos diez años. Ahí estaba, como siempre, vestida completamente de negro –la viuda perfecta desde 1954–, con un cigarrillo en la boca, enfurruñada y aferrada a una cartera que incluso entonces me parecía pasada de moda.

 –Mamá, no sé si me puedo quedar mucho tiempo; viajo mañana a España y no tengo nada preparado –dije.

–¿España? ¿A qué va?

–Trabajo. Tenemos que cerrar un contrato con Sebastián Lecampino.

–Su abuela se va a morir de envidia. Siempre dice que le hubiera encantado ir a España. Curioso, siempre le interesó el toreo.

 

Escandaloso romance de chilena con Luis Miguel Dominguín

“El mejor hombre que tuve en mi vida”, dice la compatriota de su encuentro con el torero español.

Ecran, marzo de 1956

 

–Y usted, mamá, ¿cómo está?

–Bien, a Dios gracias.

Silencio.

La Jenny nos sirvió los espárragos con un trozo de pollo y papas cocidas, con el alegre tictac del reloj de mi abuelo como música de fondo.

–No lo veo desde el cumpleaños. ¿Cómo lo pasó en la casa de sus amigos?

–Bien, mamá.

–¿Gente que yo conozco?

–Hmm, no.

Silencio nuevamente.

–Vicente…

–¿Sí, mamá?

–Tú sabes que te quiero, ¿no?

–Sí, mamá, sí sé.

–Quiero que lo sepas siempre, por si pasa algo.

–¿Qué va a pasar?

–No sé yo, pero creo que es importante que lo sepas.

–Mamá, yo sé que usted me quiere mucho.

–Qué bueno, primero porque es verdad, y segundo porque fui al doctor y me encontró un cáncer en una mama.

En las teleseries, éste es el momento en que se acaba el capítulo y uno se traslada inmediatamente a la comodidad de los comerciales de detergente Drive o toallitas higiénicas Playtex. Pero esto no era una teleserie.

–… ¿Cuándo supo?

–Hace una semana. Pero no se preocupe, el doctor dice que está en estado inicial y que las probabilidades de recuperación son muy altas.

–Mamá, voy a suspender el viaje. La voy a acompañar al doctor, a lo mejor podemos pedir una segunda opinión…

–Vicente, usted tiene su vida y yo tengo la mía. Y así como lo dejé vivir la suya, usted tiene que dejarme vivir la mía, con sus lados buenos y malos. Cuando se murió su papá, usted era muy chico y no se acuerda, pero yo pensé que no iba a resistirlo, que me moría. Pero no me morí. Seguí viviendo, lo vi crecer, y a pesar de todos los problemas, sigue siendo mi mayor alegría. Verlo feliz me hace feliz…

–Señora, ¿se van a servir café? –interrumpió la Jenny.

–No, Jenny. Vicente se tiene que ir.

Esa tarde nos despedimos con un abrazo, un abrazo del tipo que nunca nos habíamos dado.

 


 

 

X

 

 

Si uno va a llorar, es mejor hacerlo en primera clase.

Lana Turner

 

 

Ya nadie viaja con chaquetas safari. Es lamentable. Ni siquiera en el lounge VIP del aeropuerto, donde Cristina y yo esperábamos la partida del vuelo 677 de Lufthansa “con destino a Frankfurt y conexiones”, había un solo pasajero que recordara a Mick Jagger o a Jerry Hall. Ni uno. Ejecutivos con trajes azules y grises, sí. Señoras en jeans, chaquetas de cuero y perlas, sí. Y hasta apareció una pareja en buzo, que se dirigió inmediatamente al bar a pedir una cerveza, confirmando mis sospechas de que si la generación Wallpaper realmente existe, jamás viaja desde Arturo Merino Benítez.

Cristina, arropada en su chaqueta de gamuza beige y sin soltar su enorme cartera Tods, no abandonó su celular en más de una hora. Mientras bebía un agua mineral con una rodaja de limón y encendía frenética un Marlboro Light tras otro, daba instrucciones sobre faxes que debían ser enviados y correos que debían ser contestados, cancelaba entrevistas, programaba reuniones, pedía conference calls, confirmaba nuestras reservas en el Ritz de Madrid, y organizaba con su empleada el menú de sus dos hijos para los días que durara su ausencia.

 

Cristina Ferrer. La mujer Vanidades de mayo

Con su gusto impecable, su extensa red de contactos y la actitud de “manos a la obra” que la ha hecho tan conocida, Cristina Ferrer ha revolucionado el mundo de la publicidad chilena en la última década. Su lista de clientes es larga e impresionante, pero su prioridad sigue siendo su familia. “Mis hijos son mi proyecto más importante –dice–, y aunque no soy una mamá que pase a buscar y a dejar a sus niños al colegio, o que esté siempre en las reuniones de apoderados, ellos saben que cuando me necesitan estoy ahí. Durante mis viajes les dejo un sobre por cada día, cada uno con un saludo diferente, para que sepan que, aunque estoy lejos, estoy con ellos”.

Vanidades, mayo de 2002

 

Ya ubicado en el gigantesco Jumbo 747 (¡en business class!), acepté una copa de champán y me sumergí en la lectura de El código da Vinci, que había traído como compañía para las trece horas de viaje. Nunca había pasado tanto tiempo a solas con Cristina, y la idea de ir junto a esta Donald Trump con polleras me ponía algo nervioso. Era imposible no sentirse como una tortuga corriendo junto a una liebre.

 

 

 

Once de la noche, en algún lugar sobre el Atlántico.

Llevaba leídas dos páginas completas del libro cuando Cristina, que no había tocado su terrine de mariscos y apenas había probado el cordero al rosemary con papas en hierbas (y sin embargo había bebido feliz dos copas de champán, dos de vino tinto y un shot de whisky), se acurrucó debajo de una frazada y comentó:

–Todavía me acuerdo de cuando se podía fumar en los aviones.

–¿Hace cuánto que fumas? –le pregunté cerrando el libro.

–Fumé durante años, lo dejé, y volví después de que me separé. Maldito vicio. Hace pésimo para la piel, pero soy incapaz de tomar una decisión si no tengo un cigarro en la mano. ¿No te parece raro?

–Hmmm… –empecé, no muy convencido. (Uno jamás debe juzgar a su jefe.)

–Cuando estaba con mi marido, me apoyaba en él para seguir adelante. Ahora tengo el cigarro. Una no se puede apoyar en los hombres, nunca se sabe cuándo te van a dejar botada.

(Alerta, alerta, confesión al ataque.)

–¿Tú dejarías botada a la persona que quieres, porque esa persona no está a tu lado las veinticuatro horas del día?

–No, no creo…

La posibilidad de que un meteorito cayera sobre el mall Alto Las Condes me parecía más probable que yo abandonara a Samuel si él me quería a su lado.

–Claro, pero en tu caso es distinto, porque eres gay.

El meteorito cayó en el asiento 9A y yo ni siquiera me di cuenta. Hasta entonces, Cristina nunca había inquirido sobre mi vida personal. No sabía dónde vivía, qué auto manejaba o si tenía pareja. Lo único que le importaba, pensé siempre, era que estuviera bien enterado de las propiedades de la leche Campos Manquehue, el desodorante Fresh y el resto de las cuentas que manejaba.

–Mis mejores amigas son una pareja gay, y nunca he conocido a dos personas más comprometidas –continuó, mientras se tragaba una tableta de Ambien con el último sorbo de whisky–. Yo nunca tuve algo así con Raúl. Cuando le dije que quería volver a trabajar, me apoyó. “Te va a hacer bien”, me dijo, “te va a distraer”. Pero, mientras mejor iban los negocios, peor iba el matrimonio. Alegaba porque llegaba tarde, porque dejaba a los niños todo el día con la empleada, porque sus amigos me encontraban sola en cócteles y comidas de negocios. ¿Cuántos hombres llevan a su mujer a comidas de negocios? ¿Por qué tendría que ser distinto para mí? El colmo fue cuando empecé a ganar más que él. No me dijo nada, pero se le notaba en la cara, en el tono de voz. Un día anunció que se iba a Cuba con sus amigos, de vacaciones. Yo no podía creerlo. “¿Tomaste vacaciones y no me avisaste?” “¿Y para qué te iba a avisar?”, me contestó. Después supe que habían ido a juntarse con jineteras. ¿Sabes lo que son las jineteras?

–No. (¿Tendrán algo que ver con el polo?)

–Son prostitutas de catorce, quince años. Van aviones completos con empresarios a visitarlas. Y ahí iba Raúl con sus amigos, mientras yo me quedaba trabajando.

–¿Por qué no dejaste de trabajar?

–Vicente, yo siento pasión por lo que hago. Cierro un negocio y el corazón se me acelera. Para un hombre, si es afortunado, ésa es una sensación de todos los días. Pero en una mujer parece que es pecado.

Cristina se quedó dormida poco después. Corrí la cortina y me quedé observando las estrellas y la luz intermitente del ala del avión durante un rato. Qué suerte ser gay, después de todo.

–Cristina… –la desperté horas más tarde–. Estamos aterrizando.

 

 

 

Plaza de la Lealtad número 5, Madrid. Hotel Ritz. 

–Te veo en media hora en el lobby –dijo Cristina apenas pusimos un pie en el hotel.

¿Media hora? Media hora me tomaba solo la aplicación de mi crema revitalizante para el pelo. Corrí a mi “suite”, como la definió de modo tan optimista el concierge, solo para encontrarme con una habitación común y corriente, con una cama doble con cubrecama de chintz y un baño de azulejos celestes con tina y sin cortina.

Marqué el cero en el teléfono.

–Disculpe, parece que hay un error en mi habitación. Se suponía que me iban a dar una suite.

– ¿En qué habitación se encuentra, señor? –preguntó muy serio el recepcionista.

–La 605.

–Ésa es una de nuestras suites, señor. Bienvenido al Ritz –dijo, y colgó.

Me duché todo apurado, lo que dejó el baño hecho un naufragio; me puse unos pantalones caqui y una camisa azul, y bajé al lobby diez minutos más tarde de lo convenido.

Ahí estaba Cristina, radiante, como recién llegada después de diez días en Ibiza, con pollera ajustada y una blusa blanca, mirando su reloj Lochman de color naranjo y cubierto de diamantes.

(Nota: No olvidar comprar Ambien para el próximo vuelo.)

–A las tres y quince tenemos reunión con el representante de Lecampino –anunció, con tono de general estadounidense en Bagdad–. Yo voy ahora a un almuerzo con el vicepresidente del Corte Inglés. Quiere ver opciones de negocios en Chile. ¿Qué vas a hacer tú?

(¿Ponerme crema revitalizante para el pelo? ¿Shopping?)

–Voy a preparar todo para la reunión de la tarde –contesté con seriedad.

–Okey, nos vemos aquí a las dos y media.

Subí, pedí un “bocadillo” y me senté a estudiar la vida de Sebastián Lecampino. La primera hoja del informe era un recorte de la revista argentina Gente. Ahí aparecía él, bronceado, vestido de negro, saliendo de un club de Buenos Aires con una rubia con minifalda y botas blancas. “Lola Figueres, el nuevo gol de Lecampino”, se leía en el pie de foto.

Comments

Popular posts from this blog