VI

 

 

Nueva York es un diamante entre dos ríos.

Truman Capote

 

 

“Señoras y señores, si miran por la ventanilla a la izquierda podrán ver la isla de Manhattan”, dijo la jefa de cabina. Yo salté de mi asiento y me abalancé sobre un lugar vacío del otro lado del pasillo, con la cara pegada a la ventana.

Allí estaba.

Saqué el mp3 de mi bolsillo y busqué la canción que tenía preparada. Un clic y Blossom Dearie comenzó a susurrar en mis oídos:

 

I’ll take Manhattan, the Bronx, and Staten Island too,
it’s lovely going through the zoo
It’s very fancy on old Delancey Street, you know.
 The great big city’s a wondrous toy,
just made for a girl and boy.
I’ll turn Manhattan into an isle of joy.

La ciudad estaba cubierta de nieve; pero ese día, a las siete de la mañana, el cielo era diáfano y radiante como un cristal azulado. Volamos sobre el East River y los puentes de Brooklyn y Williamsburg todavía iluminados al amanecer, y cruzamos por un costado del Empire State y el edificio Chrysler. Perdidos en un océano de rascacielos, parecían dos glamorosas torres en la escenografía de un musical. Todo lo que tantas veces había imaginado resultó cierto. Miles de taxis amarillos recorrían las calles a toda velocidad, el Central Park se extendía como una gran alfombra blanca a la distancia, y las luces de Times Square eran visibles aún desde el avión. Nueva York era Oz, el lugar más hermoso y mágico del mundo.

La fantasía terminó abruptamente en Policía Internacional, donde fui interrogado, fotografiado y registrado hasta que, cuarenta y cinco minutos después, los encargados de seguridad se dieron cuenta de que “Morgan Fairchild”, el nombre que repetí insistentemente como prueba de mi legalidad y buenas intenciones, no era la clave de ninguna célula terrorista.

–Perdone, pero tenemos un nombre similar en nuestros registros de personas peligrosas –me explicó un oficial con acento cubano.

Traté de imaginar la cara de alguna miembro de Al Qaeda que, fanática de Falcon Crest como yo, hubiese adoptado el alias “Morgan Fairchild” para llevar a cabo su misión de destruir a los infieles de Occidente.

–¿Me está hablando en serio? –pregunté, con verdadera curiosidad.

–Aquí no estamos para bromas, Mr. Astorga –dijo el oficial mientras estampaba un sello en mi pasaporte.

Arrastrando mis tres maletas me abrí paso entre turistas, taxistas, perros policiales y soldados armados hasta que vi a un señor de larga barba blanca y turbante que sostenía un cartelito con mi nombre. “Me llamo Aliah Al-Mohaweed. Bienvenido a Nueva York”, dijo, y me condujo hasta un Lincoln Town Car negro. Puso el equipaje en el maletero e inició el camino a mi nuevo departamento en Manhattan.

A esa hora la ciudad ya era un hervidero de oficinistas rumbo al trabajo, mensajeros en bicicleta, niños entrando al colegio, vendedores abriendo las puertas de las boutiques y multitudes entrando y saliendo del metro. Nunca había visto un sitio tan excitante. El sol se reflejaba en los enormes edificios de Park Avenue, mientras porteros uniformados pedían a gritos taxis para mujeres envueltas en lujosos abrigos de piel. Pasamos frente a Bergdorf Goodman, donde las vitrinas navideñas exhibían fabulosos maniquíes vestidos de Oscar de la Renta y Carolina Herrera bajo enormes candelabros de cristal. Miembros del Ejército de Salvación agitaban sus campanas y pedían caridad para los pobres en la Quinta Avenida, mientras un homeless recogía su casa de cartón a las puertas de la iglesia de San Patricio. En el SoHo vi niños que se lanzaban bolas de nieve, japonesas vestidas enteramente de negro que corrían con sus bolsas de Louis Vuitton, una señora que admiraba los tulipanes multicolores en un deli, y a un travesti con un vestido largo rosado y peluca rubia, que hacía cola frente a un carrito para comprar café y bagels. En un billboard de siete pisos de alto, Renée Zellweger, Hugh Grant y Colin Firth anunciaban la aparición de Los diarios de Bridget Jones en devedé.

–Llegamos –anunció Aliah, deteniéndose frente a un gigantesco edificio rojo en Chambers Street, junto al río Hudson.

Mientras bajaba las maletas, el portero salió a recibirme.

–Mr. Astorga, lo estábamos esperando –dijo con una sonrisa cautivadora.

Ian Khroshnik había nacido en Eslovaquia hacía veinticuatro años, tenía el pelo oscuro y largo hasta los hombros, unos ojos azules casi transparentes y los dientes más blancos al norte del Río Grande. Trabajaba ocasionalmente como modelo para la agencia Ford, y había destacado en la campaña de ropa interior másculina de X=Y. Desde el 10 de diciembre del 2002, además, es mi portero favorito.

Ian nos acompañó hasta el piso 26, dio un par de vueltas en la cerradura con una flamante llave de bronce y abrió la puerta de mi departamento. “Voilá!”

Era maravilloso. Casi no tenía muros divisorios, solo ventanales para contemplar la bahía de Nueva York, la Estatua de la Libertad, los veleros en la marina del Financial Center, los edificios de Hoboken y Jersey City, en Nueva Jersey, y el Hudson hasta la eternidad. El dormitorio tenía una enorme cama blanca con cuatro almohadas, y desde la cocina americana se podía ver el televisor de plasma de 42 pulgadas, un sofá blanco y una mesa de centro en la que me esperaban una caja de chocolates Godiva y una botella de Moêt Chandon.

Sobre la caja había una tarjeta: “Welcome to New York. Love. Morgan”.

Le di cinco dólares de propina a Aliah y diez a Ian. (La belleza es siempre mejor recompensada.) Me quedé unos minutos observando la magnífica vista, me senté en mi sofá blanco, tomé mi celular y marqué el número que ya me sabía de memoria.

–¿Sebastián? Adivina dónde estoy…

 


 

 

VII

 

 

Si no fuera por la injusticia, los hombres no sabrían qué es la justicia

Heráclito

 

 

Máximo Aldunate ingresó a la cárcel de Capuchinos el 10 de diciembre en medio de un alboroto periodístico sin precedentes. “Cae el gigante”, anunció en portada la revista Qué Pasa, contando en un reportaje de ocho páginas cómo Alberto había descubierto el descarado tráfico de piezas precolombinas del abogado y su dealer Steve Miller, negocio que en unos años les había reportado “entre cien y doscientos millones de dólares”. Hasta la “Miss Chile”, la momia más vieja y famosa de las halladas en el desierto de Atacama, había corrido peligro de terminar en manos de un coleccionista europeo.

 Tatiana emitió inmediatamente una declaración pública: “Máximo es mi amigo, pero por lo mismo, porque lo quiero como a mi propia familia, puedo decirle a través de las cámaras que lo que hizo está mal y merece ser castigado. Lo que es de Chile es de Chile, y como diputada pretendo defender el patrimonio nacional con dientes y uñas, sin importar quién caiga en el camino”. Ese día, las encuestas arrojaron un 74,5 por ciento de opinión en su favor.

El estudio Aldunate defendió al patriarca alegando que las acusaciones provenían de “un ex empleado de la firma, que no ha sido capaz de aceptar que sus inclinaciones y preferencias no corresponden a la estricta ética y moral de nuestro equipo de abogados y clientes”, y que por lo tanto carecían de toda validez. Pero para entonces la prensa ya había obtenido imágenes de las bóvedas que Aldunate mantenía en sus casas de Santiago, el lago Ranco, Nueva York, Miami, Londres y Buenos Aires; todas repletas de piezas embaladas y archivadas, listas para ser vendidas al mejor postor.

Aldunate concedió solo una entrevista, a Rosario Mayol en Cosas. Esto es personal”, fue el título de portada. “En todos mis años como empresario, político y hombre ligado a los medios de comunicación, nunca vi una campaña de desprestigio como la que se ha armado en mi contra”, declaraba con tono apesadumbrado.

“¿Pero vendió o no vendió patrimonio nacional, don Máximo?”, inquirió la periodista. “Eso lo determinará la justicia”, dijo él, y se largó sin esperar la próxima pregunta:

 

“Mi mayor error, si es que cometí alguno, fue haber tratado de integrar a mi equipo de trabajo a personas sin la decencia ni rectitud que espero en mis colaboradores. Buscando destruirme, esta persona no ha dudado en valerse de la hipocresía y la traición. Pero lo que  tenemos que tener claro es que no se trata de un ataque a mi persona, sino a lo que represento: la fortaleza de nuestros valores y tradiciones. Es un ataque a todos los chilenos que piensan que el nuestro debe ser un país donde la decencia y las buenas costumbres sean respetadas. ¡Ya está bueno de dar tribuna a aquellos que buscan destruirnos! Chile no necesita a otro homosexual dándonos lecciones de civilidad. No te imaginas, Rosario, la cantidad de cartas que he recibido en estos días… El padre Olegario Vicuña, por ejemplo, me envió una misiva maravillosa, recordándome que como cristianos debemos perdonar incluso pecados tan graves como la envidia y la homosexualidad. Obviamente, es difícil. Yo no soy un santo, pero hago lo que puedo…”

 

“¿Ha perdonado, Máximo?”, continuaba la Mayol.

 

“No sé si he perdonado, para ser honesto. Pero he tratado de ponerme en los zapatos de personas que no comparten mis valores ni el intrínseco sentido patriótico que me inculcaron mis padres, Julia Edwards Echeverría y Máximo Aldunate Valdés, ex senador de la República, para entender este inmenso rencor hacia mi persona. Decir que no protejo a Chile es no conocerme. Yo creo que estoy pagando el precio por haber defendido mis ideales y los del país.”

 

Aldunate fue condenado a cinco años de prisión, más una multa de más de dos millones de dólares. Peor aún, sin su supervisión, el canal Doce y su programa estrella, Amunátegui y Compañía, se deslizaron en el rating hasta un magro 6,5 de sintonía, el más bajo de la televisión chilena.

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