V

 

 

La felicidad no es más que buena salud y mala memoria

Albert Schweitzer

 

 

Seis de la tarde. Clínica Las Condes. Nunca he sido un hipocondríaco, pero soy realista. Según el sitio www.todosestamosenpeligro.com., una persona como yo, que fuma más de diez cigarrillos al día y bebe al menos una copa de vino cada noche, tiene un 67,5 por ciento de posibilidades de sufrir enfermedades como cirrosis hepática, cáncer pulmonar, artrosis, caída del cabello, fibrosis, lupus, laminitis, deficiencia inmunológica, osteoporosis, diarrea congénita, ahogos y resfrío común. Yo debería estar a salvo, claro, porque más que vino bebo vodka.

Mi tía Alicia ha sufrido de la espalda toda la vida, y mis dos abuelos murieron de causas naturales: uno de un ataque al corazón y el otro de un disparo en la cabeza. (Ejecutado por su propia mano, lo que según mi madre cae en la categoría de muerte natural para cualquiera que haya conocido a su suegra.) Detesto las películas de enfermedades y las series de hospitales, salvo si el médico es George Clooney. No soporto las agujas, ni siquiera en las sesiones de bótox, y no puedo ver sangre sin sentir náuseas. Basta un dolor de muelas para que se me venga a la mente un Vicente en silla de ruedas, delgado como sobreviviente del Holocausto y con la calva oculta bajo un turbante.

Aunque lo peor, claro, sería morir viejo, pobre y solo.

 

La Asociación Nacional de Product Managers lamenta comunicar el sensible fallecimiento de su distinguido miembro Vicente Astorga León, quien durante más de cincuenta años constituyó un invaluable aporte a su compañía, la agencia de publicidad Glass. Durante esos años el señor Astorga contribuyó enormemente a la promoción de productos como los lácteos Manquehue y el desodorante Fresh, los que gracias a su gestión llegaron a convertirse en favoritos del público consumidor. Fresh obtuvo el premio al Desodorante Revolucionario del 2010 otorgado por la Deodorant International Commision de Washington.

Esta Asociación ha decidido condonar post mortem las cuotas impagas del señor Astorga.

El Mercurio, Defunciones, febrero de 2062

 

A pesar de todo allí estaba, sentado en una sala de espera de la Clínica Las Condes junto a mi mamá y la Jenny, esperando los resultados de una biopsia que podría llegar a torcer nuestros destinos, convirtiendo a mi madre en paciente terminal, y a mí y la Jenny en esclavos de la enferma. Mientras en alguna de las interminables salas de ese lugar se decidía nuestro futuro (o la falta de…), veíamos televisión junto a un grupo de guaguas afiebradas, adolescentes fracturados y un nonagenario que aparentemente necesitaba pañales nuevos.

–¿Y qué novedades hay del matrimonio de Tatiana Velasco y Sebastián Lecampino? –inquiría al “periodista especializado” la rubia y alegre animadora de un programa de chismes del canal Doce.

–Bueno –comenzó el especialista–, siguen los preparativos. Ya se sabe que el Presidente no podrá asistir, por su visita a la Cumbre de las Américas en México, pero Ronaldo y Beckham parece que van a estar presentes en el Palacio Zañartu.

–¡Ah! Entonces el matrimonio va en grande...

–Si es que hay matrimonio… –sugirió coquetamente el periodista–, porque, según me contó un pajarito, en Europa han salido a la luz algunas fotos muy comprometedoras del novio.

Mi corazón comenzó a latir aceleradamente. ¿Fotos? ¿Qué fotos? La cabeza me daba vueltas y sentí que mi estómago se aligeraba.

–¡Cuidado! –advirtió la animadora al reportero–, mira que ya has tenido problemas por calumnias en el pasado.

–Yo no digo nada más. Eso es lo que me cuentan mis fuentes en Europa.

En ese momento apareció el médico de mi madre, el doctor Arroyo, con uniforme celeste y gorra.

–Tenemos listos los resultados de la biopsia, señora León. Son negativos... Todo está bien, felicitaciones.

Desde ese instante no recuerdo nada más, hasta que desperté en una camilla con mi mamá y la Jenny a un lado y el doctor Arroyo al otro, tomándome el pulso.

–Vicente, ¿está bien?

–Sí, mamá. No sé qué me pasó, debe haber sido la emoción.

–¡Pobre! –dijo la Jenny–. Don Vicente ha sido siempre tan sensible.

El resto de la noche fue de celebración. Subimos los tres al escarabajo y nos fuimos al Liguria. No llegué a mi departamento hasta las dos de la mañana, algo borracho después de dos piscos sour (¿o fueron cuatro?) y media botella de vino (¿o fue una entera?).

 Dejé las llaves en el velador, me desvestí, y mientras me lavaba los dientes vi que la contestadora tenía la luz roja encendida. Con el cepillo todavía en la boca apreté el botón de mensajes.

–Usted. Tiene. Cuarenta. Y. Dos. Mensajes –informó la voz electrónica.

(¿42 mensajes?)

“Hello there, I hope this is the answering machine of Mr. Astorga. Mr. Astorga, I’m Chris Young, from the London Telegraph. If you could please return my call at 171-345-6600 in London, would be great. Please feel free to call collect”, me parece que decía el primer recado, en un idioma que, considerando la hora y la cantidad de alcohol ingerida, en un primer momento me pareció indescifrable.

“Éste es un mensaje para Vizente Astorga”, continuó la grabadora, ahora reproduciendo una voz de mujer. “Vizente, estamos llamando del diario El Mundo de Madrid, para conseguir alguna opinión sobre el escándalo de Zebastián Lecampino. Por favor llámanos de vuelta al 34-11-876-0900. Grazias”.

Mi boca seguía llena de espuma, pero no estaba seguro de que mis piernas pudieran sostenerme hasta al baño. Encendí el televisor, y me encontré con la locutora de CNN en la pantalla.

(Crítica constructiva a CNN: El rating es importante, pero para conseguirlo no es necesario que todas sus locutoras parezcan coristas del Crazy Horse.)

“Las amenazas de Al Qaeda continúan en Europa mientras Estados Unidos prepara la invasión a Iraq”, oí que decía, medio hipnotizado por sus labios intensamente burdeos. “La peste asiática, ¿la plaga del nuevo milenio?… Y, en algunos minutos, las escandalosas fotografías de la estrella del Real Madrid, el futbolista chileno Sebastián Lecampino, junto al que parece ser su latin lover. ¿Siguen sonando las campanas de boda para el futbolista internacional? Todo eso y mucho más, después de comerciales…”


 

 

 

VI

 

Cada vez que me enfrento a dos pecados,

elijo el que no he probado.

Mae West

 

 

El desempleo tiene sus ventajas, especialmente si uno tiene un BMW en el garaje y un palacete en Zapallar. Alberto, que a diferencia de mí siempre hace lo que dice que va a hacer, renunció al bufete de Máximo Aldunate y, con un cargamento de libros, documentos y un computador, se instaló en su casa en la playa a planear el resto de su vida. “Quiero ayudar a quienes realmente lo necesitan”, dijo una noche mientras tomábamos un trago en el bar del Búnker.

–¿Como Erin Brokovich? –preguntó Joaquín.

–¿Erin qué?

–Erin Brokovich… ¡Julia Roberts! –intentó explicar Joaquín.

–El agua contaminada…, ¡el Oscar! –intenté yo.

–¿Ah?

Alberto no tenía idea de qué estábamos hablando.

–¡Por Dios que eres ignorante! –alegó Joaquín, antes de desaparecer detrás de un tipo con pantalones cargo y camiseta, con el que había estado flirteando toda la noche.

El súbito cambio de rumbo en la vida de Alberto no pudo haber llegado en un mejor momento para mí. En los días que siguieron se convirtió en el miembro más importante de mi equipo legal. (Sí, al igual que O.J. Simpson y Catherine Zeta-Jones, yo también tuve mi propio equipo legal.) Pero esa noche ambos ignorábamos lo que nos deparaba el futuro.

–Trabajé seis años con Aldunate –continuó Alberto, mientras “It’s raining, men” estallaba por los parlantes y un centenar de personas se lanzaba a la pista de baile–. Lo conozco bien, y te digo, Vicente, es el tipo de persona que le hace mal al país.

Alberto no era el único que conocía bien a Máximo Aldunate. Sus frases rimbombantes (“Un líder debe saber mandar”, “Mis valores no son míos, son los del país”) eran retomadas constantemente por generales del Ejército, miembros de los Legionarios de Cristo, animadores de televisión, y hasta por Elisa McDonald, que, como dijo en una entrevista en Solas a Medianoche, consideraba a su amigo Máximo como “el mejor ejemplo de lo que la buena educación, la decencia y la capacidad de liderazgo pueden aportar al Chile del futuro”.

Si Alberto buscaba un enemigo, no pudo haber encontrado uno mejor. Como presidente del directorio de Canal Doce y director ejecutivo de compañías tan diversas como una aerolínea y una fábrica de desodorantes (adivinen: ¡Fresh!), sus sugerencias eran siempre recibidas como órdenes. Sus gestiones podían derribar a políticos de izquierda o de derecha, elevar o hacer descender el precio del dólar o, en una estocada ampliamente aplaudida en El Vaticano, impedir que la palabra “condón” fuera siquiera mencionada en los medios de comunicación que dominaba. “No hay peor pecado que el de la soberbia, sobre todo cuando se tiene alguna cuota de poder”, solía repetir como un mantra en las pocas entrevistas que concedía. “Pero si uno tiene influencia, no puede traicionar sus principios.”

La solidez de sus doctrinas mostraba una sola trizadura, el rating, y al igual que la competencia, su canal no se hacía problemas en utilizar a adolescentes en bikini, teleseries subidas de tono o sórdidas confesiones faranduleras para ganar audiencia. “Es diversión sana”, se defendía Aldunate cuando alguien sugería una contradicción entre lo que declaraba en la prensa y lo que mostraba en las pantallas: “Y después de todo, ¿quién soy yo para censurar lo que la gente quiere ver?”.

–Alberto, ¿no te irás a meter en líos por tu ánimo de venganza? –pregunté, justo cuando Ruby Stone, la travesti más famosa del Búnker, comenzaba su espectáculo. Con medias oscuras, peluca negra y un ajustadísimo corsé, Ruby se subió a una silla y comenzó a imitar a Liza Minelli en Cabaret.

–No es venganza, Vicente. A estas alturas Máximo no me hace ningún daño; al contrario, podría vivir feliz y tranquilo el resto de mi vida con todo lo que gané trabajando en su firma. Pero me molesta que vivamos bajo las órdenes de alguien como él. Es como vivir en una dictadura disfrazada de democracia. ¿Te acuerdas de cuando Pinochet dijo que no se movía una hoja en el país sin que él lo supiera? Pinochet estaba equivocado, pero Máximo piensa lo mismo y está en lo correcto. No puede ser.

 


 

 

VII

 

 

I did not have sex with that woman, Ms. Lewinsky.

Bill Clinton

 

 

Soy la Mónica Lewinsky del mundo gay. Una de esas celebridades desechables que son la torta de hoy y el pan duro de mañana. He sido humillado, criticado, condenado, vapuleado y crucificado en la prensa internacional. Las fotografías de John Sykes aparecieron en la revista Today de Londres el 3 de septiembre, nueve días antes del matrimonio de Tatiana y Sebastián. Como todo el mundo sabe a estas alturas, Sykes no es Avedon ni Testino. Sus fotos tienen el grano típico del teleobjetivo, y no siempre son halagadoras. Oggi, Paris-Match, Hello, Us Weekly e Interviú nos mostraron a Sebastián y a mí tendidos en el pasto, besándonos en el barro, y luego, a través de una de las ventanas de la cocina de La Viña Marina, con los pantalones abajo y montados sobre el lavaplatos, en actitudes que el Corriere della Sera describió como “anormales y deshonestas”.

Mi foto y la de Sebastián ocuparon las primeras páginas de todos los periódicos y revistas del país. Él, recibiendo la Copa Hispana de manos del rey o posando junto a Victoria “Posh” y David Beckham en alguna fiesta, en Armani de pies a cabeza. Yo, en una instantánea que Juanito, de Contabilidad, me había tomado el día que me sacaron la muela del juicio para subirla al sitio web de Glass, de donde la bajaron todos los medios. “¿Qué te importa? –me había dicho Juanito ese día, mientras el flash me estallaba en la cara–. Nadie la va a ver.”

Y ahí estoy, con una adolorida sonrisa, camisa blanca con dos botones abiertos y un peinado que me hace parecer damnificado de un huracán.

–¡Me veo horrible, mamá! –me quejé con mi madre por teléfono.

–No, Vichito, se ve precioso.

La Tercera y Las Últimas Noticias contactaron a cualquiera que me hubiera conocido en los últimos treinta años. Compañeros de curso que nunca me dirigieron la palabra fueron entrevistados hasta el cansancio. “Era un tipo quitado de bulla. Ni se le notaba que era maricón”, dijo un tal Santiago Lira, que aparentemente había estado en el quinto básico A del Verbo Divino el año en que yo estaba en el quinto C. El portero de mi edificio se hizo tan conocido que el programa A Calzón Quitado, del canal Ocho, lo invitó como panelista de su edición sobre adicción sexual en el barrio alto. Mi teléfono no dejó de sonar, el limpiaparabrisas de mi escarabajo se llenó de papelitos ofreciéndome portadas en suplementos dominicales o marihuana a mitad de precio, y la revista Nosotras publicó un especial de hombres bajo el título “Mi novio es gay”.

Salir de mi casa era una tarea titánica. Joaquín me trajo una peluca rubia, un par de lentes oscuros y un gorro de béisbol, pero el disfraz tuvo poco éxito. Los reporteros, instalados en la reja del edificio veinticuatro horas al día, informaron que no solo era homosexual sino que tenía un fetiche con Pamela Anderson y que estaba tratando de imitar su look. Mi vecino, un general retirado, tocó un día a mi puerta. Por lo que pude ver por el ojo de la cerradura, tenía un revólver en la mano. “¡Ya, maricón! ¿No crees que ya has causado suficiente daño?”

“El problema de Vicente Astorga es que está sediento de fama”, aseguró Paula, mi (ex) amiga periodista, en un noticiero de medianoche. “Es un tipo común y corriente, obsesionado con Hollywood, con el glamour de las celebridades, y ésta fue la única forma de hacer realidad sus sueños. Dentro de todo, creo que debe estar feliz.”

–¿Crees que Astorga es un depravado sexual, como ha dicho la prensa? –preguntó el conductor del noticiero.

–No, pero obviamente su conducta indica que no tiene límites en lo que se refiere a su sexualidad. Las últimas veces que lo vi estaba obsesionado con el matrimonio de Tatiana y Sebastián. Me pareció raro…

–¿Enfermizo?

–Hmm, sí, podría decir que era enfermizo.

 

 

 

Si yo estaba viviendo momentos difíciles, lo de Sebastián era un infierno. Su equipo en España fue confinado a pasar un tiempo indeterminado en las dependencias del club; ESPN dedicó horas completas de su programación al escándalo, la revista Le Sportif sacó una edición especial sobre el tema, y George Michael y Elton John aparecieron en las páginas de Hello anunciando que planeaban escribir una canción en beneficio de todos los deportistas homosexuales del mundo. Un canal italiano ofreció un Alfa Romeo convertible a cualquiera que entregara información sobre el paradero de Sebastián, pero la oferta fue retirada después de que un televidente de Calabria llamara preguntando si daba lo mismo que fuera vivo o muerto.

Nadie sabía dónde estaba. Según la prensa, había sido visto en Tahiti, la Riviera maya, Praga, Portofino, Punta del Este, Miami y un bar gay en el West Village de Nueva York. Pero hasta el momento nadie tenía pruebas. Sebastián había desaparecido.

Tatiana, en cambio, era fácilmente ubicable. Después de dos días de meditación, donde según dijo se había acercado a las doctrinas de la Cábala, apareció frente a las cámaras sin maquillaje, con el pelo en una cola de caballo y un cordón rojo amarrado en la muñeca. Y cámaras sobraban. Las de los canales nacionales debieron abrirse paso a empujones entre CNN International, Fox News, Reuters, France Presse, AP, RAI, BBC, CBS, Televisión Española, Telefé y Al Jazeera para asistir a su primera conferencia de prensa, realizada en los jardines de su edificio en La Dehesa.

–Perdonen que aparezca sin maquillaje –fueron sus primeras palabras al mundo después del escándalo–, pero ustedes comprenderán que son momentos muy difíciles para mí.

 

Cuarenta y ocho horas después de que Today Magazine de Londres publicara las fotos que ponen en duda las preferencias sexuales del astro del fútbol chileno Sebastián Lecampino, su novia, la personalidad de televisión y ex Miss Américas Tatiana Velasco, abre las puertas de su corazón.

“Creo que en estos momentos lo más importante, lo único importante, es la verdad. Y yo, Tatiana Velasco, amé a Sebastián Lecampino. Lo que tuvimos fue real. Nadie me puede quitar esa certeza. Sus besos, sus abrazos, sus cartas de amor, no pueden ser una mentira. Creo que todos tenemos confusiones en la vida, y Sebastián no es el súper hombre que muchos suponen. Es uno más, como yo, como ustedes, pero mejor que todos nosotros. El Sebastián que yo conozco, el Sebastián que amo, es un hombre de verdad que no tiene miedo a sus debilidades. Ése es el Sebastián que espero… con los brazos abiertos. Yo, por mi parte, sigo adelante. Mi programa Atrévete se ha transformado en la voz de los que no tienen voz, y Almacenes Roma han pasado de ser mis auspiciadores a esos amigos del alma que siempre están ahí en los momentos difíciles…”

Fox News, Santiago de Chile

 

Esta última parte la pasaron cientos de veces por televisión, y fue reproducida en extenso por la prensa nacional, pero no por la internacional, que no tenía la menor idea de quién era Tatiana o qué poder tenía Almacenes Roma en Latinoamérica.

 

Sala de prensa de The Guardian, Londres.

From the Editor’s Bureau to Sports. General memo.

CC: Press Office

 

Where’s Lecampino? Does this Tatiana Velasco has a past? GET ME DETAILS!

 

Gabriel García Márquez dijo una vez que no había mayor soledad que la soledad de la fama. Y ahí estaba yo, sentado en la cumbre, sin saber cómo había llegado ni qué iba a ocurrir después.

 

 

 

Un día, desesperado, busqué en mi agenda la nota de Sebastián y marqué su número. “Hola, es Sebastián, deja tu mensaje”, decía el mensaje de voz de su celular.

Me quedé mudo por unos segundos, sin saber qué decir.

“Sebastián…”, susurré finalmente, seguro de que la conversación estaba siendo grabada por algún periódico que al día siguiente pondría mi mensaje en primera plana, lo que me acarrearía un bochorno parecido al del príncipe Carlos y Camilla Parker Bowles: “Soy Vicente… Nos conocimos en España –¡nos conocimos en España! ¿Qué estoy diciendo?–. Quería saber cómo estabas. Llámame si puedes, mi número es el 096548509. Eehh, saludos.”

(¡Saludos! Soy un imbécil, ¡qué despedida más fría! Así se despide mi mamá de su contador. Dios mío, que no vaya a pensar que lo llamo para extorsionarlo…)

Volví a marcar.

–Sebastián, soy yo de nuevo, Vicente Astorga. Solo quería decirte que no te preocupes, llamaba para saludarte, nada más. Te lo prometo. Si puedes llama, pero si no quieres o no puedes, yo lo entiendo… Y no te preocupes, porque mis labios están sellados…

–Piiiiiiiiiii –sonó de pronto la línea, repentinamente desconectada.

¡¿Y de dónde saqué esa frase?!, pensé con horror. “Mis labios están sellados.” Parece título de un bolero mexicano…

Marqué nuevamente.

–Sebastián… yo otra vez. Lo que quise decir con eso de los labios sellados es que…

–¿Vicente? –oí de pronto en el aparato.

Me  quedé desconcertado.

–Sí…

–¡Qué bueno que llamaste! ¿Cómo estás?

–Yo, bien –dije, todavía asombrado de escuchar su voz–. ¿Y tú?

–Bien. Escondido, pero bien.

Hablamos durante media hora ese día, una hora el día después, y nuestras conversaciones continuaron durante las siguientes semanas. Me contó que estaba refugiado en casa de unos amigos en el sur de Francia, que todavía no sabía qué iba a ser de él en el futuro, y que el encierro lo tenía desesperado. “No sabes cómo echo de menos mi campo. Pero por el momento es imposible volver. La prensa está instalada en carpas frente a la puerta.”

–Hablé con Tatiana… –empecé a explicar.

–Sí, si sé. Me contó.

–Me dijo que no me acercara a ti…

–Vicente, obviamente Tatiana ya no tiene nada que decir sobre mi vida.

Aunque en un principio nuestra conversación se limitaba a comentar lo que se decía del escándalo, con el tiempo los llamados se hicieron cada vez más íntimos.

(Nota: Averiguar en internet las reglas de etiqueta del phone sex. ¿Cuál es el momento justo para sugerirlo? ¿Hay prácticas que pueden ser adecuadas en la cama pero que jamás deben ser mencionadas en el teléfono? Hmm… ¿Cómo puede uno decir, en forma sexy, que le gusta que le besen los omóplatos? Comprar diccionario de sinónimos y antónimos.)

–¿Sabes que tus llamados son lo mejor del día? –me dijo una noche.

–¿En serio? –dije, feliz.

–En serio. En medio de toda esta locura, es lo único que se siente real.

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