IX

 

 

 

No me pagan para que sea una pordiosera.

Me pagan para que aparezca glamorosa; y

que nadie lo dude, voy a aparecer glamorosa.

Morgan Fairchild

 

 

“Buenos días, Mr. Astorga. Morgan y el resto de los productores lo están esperando en la sala de reuniones.”

Así me recibió la recepcionista de Diamond, The Channel For Women, en mi primer día de trabajo en el edificio de la cadena en Madison Avenue.

(Nota: Los clichés siempre responden a la verdad. Los pasillos de Diamond son de color rosado, y están decorados con flores y fotos de “mujeres de acción” como Madeleine Albright y Celine Dion.)

Cinco mujeres, dos gays, un heterosexual (encargado del presupuesto) y Morgan Fairchild me esperaban en una sala donde no había más que una larga mesa de caoba y un gigantesco monitor de televisión. “We love your work!!”, dijeron todos al unísono, confirmando mi sospecha de que un pésimo escritor que decide contar las aventuras de una socialité alcohólica y malcriada solo puede ser apreciado en Nueva York.

–Sankiú –contesté agradecido, en mi inglés rudimentario.

Entonces se acercó ella. Morgan Fairchild, su diminuto cuerpo envuelto en un traje de Versace color naranja, talla dos, y sus pies encumbrados en zapatos al tono de Manolo Blahnik:

–Hola –dijo, dándome la mano–. Soy Allison Norman.

Quién sabe si Ibsen o Chéjov sintieron lo mismo al enfrentarse a las actrices que interpretaron a sus personajes, pero para mí ver a Allison Norman en carne y hueso fue una experiencia extraordinaria. La frágil línea que divide la fantasía de la realidad se había esfumado, y Morgan era Allison. No podía creerlo.

–Nos encanta tu trabajo, pero, you know, la literatura y la televisión son mundos diferentes. Necesitamos hacer la historia más ágil, más digerible. Hacerla más…, más… –miró al resto en busca de la palabra precisa.

–¿Televisiva? –sugirió uno de los gays.

–¡Eso es!, televisiva. Este medio no acepta intelectualismos, tú me entiendes. Pero podemos trabajar juntos en eso, para algo somos un equipo. En todo caso, lo que me tiene muy sorprendida es que hayas sido capaz de captar con tanta precisión la sicología de las mujeres de Park Avenue… ¿Cómo lo hiciste? –preguntó, agitando sus espesas pestañas postizas.

 

¿Cómo estamos seguros de la existencia de Dios, niños? Por el milagro de la Fe.

¿Cómo conocemos los misterios de la Eucaristía? Por el milagro de la Fe.

¿Cómo reconocemos los pecados? Por el milagro de la Fe.

La Fe es la llave para comprender el universo. No olviden nunca esa lección de las Sagradas Escrituras…

Colegio Verbo Divino, 1983, clases de catecismo de la hermana Teresita.

 

–Tuve fe en que eran así –contesté–. Nunca conocí a una mujer de Park Avenue.

–¡Fe!– exclamó Morgan, divertida–. Eso es lo que le falta a la televisión. ¡Fe! Fe en que ésta va a ser la serie más vista de la temporada, que vamos a ser portada de TV Guide y People, que revelaremos los secretos de los ricos y famosos, y sus desgracias, y sus triunfos… ¡Fe en que vamos a ganar un Emmy!

(Nota: Estoy enamorado de Morgan Fairchild.)

Dos semanas después tuvo lugar la primera lectura del guión, con los actores sentados en la mesa de caoba, cada uno con un café de Starbucks en la mano.

 

Allison (M. Fairchild), tendida sobre la cama en su penthouse de Park Avenue, luciendo un négligée de La Perla:

–Nick, estoy cansada de mi matrimonio. Ni todos los diamantes del mundo podrían convencerme de seguir junto a Greg.

Nick, su gigoló (I. Khroshnik), saliendo del baño con una toalla en la cintura:

–Vamos, Allison, lo que tenemos tú y yo es incomparable. Pero jamás podría ofrecerte una fortuna como la de Greg. ¿Qué puedo darte yo? ¿Un simple momento de diversión?

Allison:

–Me puedes ofrecer romance, aventura, excitación… Cosas que no puedo comprar en Van Cleef & Arpels.

Nick:

–Eso es ahora. ¿Y después?

Allison:

–No pensemos en el futuro. ¡Bésame!

 

 

 

La vida de un guionista de televisión es solitaria. Y la de un gay en Nueva York, también. Es cierto que aquí hay un bar gay cada tres cuadras, y que no es raro ver a personas del mismo sexo tomadas de la mano en las calles de Chelsea o besándose en Central Park. Por cierto, la variedad es enorme. Están los gays musculosos y con corte de pelo militar, que se pasean en shorts y camiseta por los bares de la Octava Avenida luciendo sus bíceps y tríceps como trofeos. Están los gays del West Village, un grupo maduro, con debilidad por las cabezas rapadas, los bigotes y la ropa de cuero. En el East Village están los gays intelectuales, los músicos, poetas, periodistas y escritores que seducen con sus anteojos de carey y la música de Bob Dylan. Y están los del elegante Upper East Side, bronceados y bien peinados, siempre en su uniforme de blazer azul, pantalones de franela, suéteres de cashmere en colores pastel y bufandas de seda Hermès; éstos pasan sus días en casas de remates y ferias de antigüedades, y sus noches entonando canciones de musicales en algún pianobar de la Calle 59. Cada uno tiene su mundo, su lugar, y sus caminos pocas veces se cruzan.

Aquí hay cines, librerías, iglesias, restaurantes, tiendas, revistas, centros médicos y hasta hoteles para perros dedicados al mundo gay, todos abiertos a la calle y bien anunciados, a vista y paciencia de cualquier transeúnte. Sin embargo, no me di cuenta de lo fuera del clóset que era esta ciudad hasta una noche de invierno en que, después de pasear durante horas por las boutiques de Madison Avenue, viendo ropa que jamás podría costear, pasé frente a la salida de empleados de Barneys. Uno a uno, los vendedores marcaban tarjeta y, envueltos en largos abrigos negros y con vistosos gorros de lana, daban por terminado el día. Afuera los esperaban sus parejas, una multitud que iba desde oficinistas de Wall Street hasta señoras con niños en los brazos. Todos se abrazaban, se besaban y luego desaparecían bajo la nieve, camino a sus hogares. Entre ellos había muchas parejas gays, y su rutina no se diferenciaba en absoluto de la del resto; no había nada que los hiciera sentirse particularmente orgullosos, pero tampoco tenían nada que ocultar.

 

 

 

Un domingo, en Union Square, me detuve frente a un grupo de defensores de los animales que ofrecían mascotas gratis. En una jaula había dos gatos.

–¿No están muy apretados en una sola jaula? –le pregunté a la encargada, una cincuentona de melena gris, con una polera que llamaba a defender las ballenas.

–No. Les gusta estar así. Por eso nadie los quiere, porque vienen de a dos.

–¿Son pareja?

–No –dijo, riéndose–. Son machitos, y hermanos. Los encontraron en un restaurante de Chinatown. Nacieron juntos y quieren morir juntos.

Volví a mi casa con Gin & Tonic en una caja de zapatos, los dos abrazados como sobrevivientes de un naufragio. Ian, mi portero, que me estaba eternamente agradecido por haberle conseguido un papel protagónico en la serie, llegó media hora después con comida para mi nueva familia.

 

 

 

Traición en Park Avenue se estrenó en las pantallas del canal Diamond a fines de marzo del 2003. Morgan Fairchild obtuvo un Emmy como mejor actriz en una miniserie. Ian fue elegido The Hottest New Star. La noche de los Emmys, después de la gran gala en el Rainbow Room del Rockefeller Center, todavía con mi esmoquin arrendado, y algo borracho después de una docena de cosmopolitans, fui a Virgin Records a buscar música para continuar mi celebración con Gin & Tonic en mi departamento. En la sección de jazz, mientras escuchaba a Ella Fitzgerald en los audífonos (“Luck to be a lady tonight”), vi a Woody Allen un poco más allá, escarbando en la sección de John Coltrane. Ahí estabamos los dos, de madrugada, perdidos en la noche de Nueva York.


 

 

 

Epílogo

 

 

 

Hoy es mi cumpleaños. Treinta y uno. Joaquín y Alberto llegaron ayer por la tarde, y Sebastián (ahhh, Sebastián…) aterriza a las 18:34 en un vuelo de Iberia.

Salí de compras esta mañana: jeans Diesel, camisa de Helmut Lang, chaqueta de Paul Smith. Gin & Tonic están alimentados y cepillados, y mi querido Ian sabe que cualquiera que toque mi puerta será bienvenido. Ahora, mientras espero que pase la hora, me siento en mi escritorio, enciendo el computador y pienso en mi futuro. Traición en Park Avenue ya es historia; de hecho, está lista para aparecer en devedé. Pongo en mi boca un Marlboro Light, miro la pantalla vacía, y comienzo a escribir:

 

Cualquiera que lea este libro pensará que todo lo que digo es mentira. Ni la más disparatada ficción, ni la más dulzona comedia de Hollywood, podría haber creado una historia como la que voy a contar en estas páginas. Y sin embargo, las pruebas están a la vista. (…) Me duela o no, todo es verdad.

 

 

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