IV
Las películas se convirtieron en mi verdadera educación;
fueron mucho más importantes que los curas
Pedro Almodóvar
Tres días después, me despertaron unos discretos golpes en la puerta del dormitorio.
–¡Don Vicente! Perdone que lo despierte, pero lo llama don Alberto de Estados Unidos. ¡Dice que es urgente!
–Ya voy, María –contesté en un murmullo para no despertar a Sebastián, que dormía a mi lado.
Sí, nuestra relación ya no era de una noche, sino de tres, lo que en idioma gay se traduce a unos seis meses, según Joaquín. “Una noche es una noche –me había explicado una vez–; dos noches en gay son dos semanas en straight. Y tres noches son seis meses. Si las tres noches son consecutivas, es un matrimonio consolidado.”
¿Entonces estaba listo para llegar al altar y entregarme en cuerpo y alma a Sebastián frente a Dios y los hombres? Sí, sí, sí.
¿Y él, estaba listo?
–Tú sabes que no puedo quedarme aquí indefinidamente, ¿no es verdad? –dijo la segunda noche, después de una hora y treinta y dos minutos de sexo fenomenal.
–Sí, si sé…
(No, ¿por qué? ¿Qué pasó? ¿Hace quince minutos parecíamos pegados con Velcro y ahora esto?)
–Tú tienes tus planes, tus proyectos, y yo tengo que volver a Europa. El campo está botado, tengo que retomar mis negocios, mi entrenamiento… Tú entiendes.
(¿Planes? ¿Qué planes?)
Vicente Astorga, el escritor revelación de la última temporada, presentó su nuevo libro de autoayuda, Hombres que aman demasiado: Guía básica para comprender y evitar el rechazo en una relación gay comprometida, con un esperado cóctel en el CIGEG (Centro Internacional de Gays Emocionalmente Golpeados). “¿Estamos esperando demásiado del otro?”, dijo durante la sesión de preguntas del público. “¿Son irracionales nuestras expectativas? Ahora repitan todos conmigo: Nadie me querrá si yo no me quiero a mí mismo. Si queremos compartir nuestra vida, debemos tener una vida propia primero.” Inmediatamente después del lanzamiento, que contó con una nutrida asistencia, el autor viajó al Tíbet para una reunión cumbre con el Dalai Lama, Deepak Chopra y Richard Gere.
El Mercurio, Revista de Libros
Sebastián tenía razón. Debía volver a sus obligaciones, a hacerse cargo de su hacienda y sus contratos, y yo tenía que concentrarme en mi viaje a Nueva York (denied!), y en la publicación de mi libro (aún sin vender). Sus razones me entristecieron, no puedo negarlo, pero no corrí al botiquín en busca de Valium, ni al bar en busca de vodka, ni me quedé en cama tres días seguidos adelantando y retrocediendo la escena de El paciente inglés en que Ralph Fiennes arrastra a su amante muerta por el desierto, como había hecho en ocasiones anteriores.
Esto se sentía distinto. Quizás fueran los treinta años, que finalmente me habían convencido de que los príncipes azules no existen, y que nadie iba a llegar en un caballo blanco, con una Mastercard Platinum de cupo ilimitado, a salvarme de mi propia vida. Si Sebastián y yo íbamos a estar juntos –y estaba convencido de que así sería–, los dos teníamos que ser hombres (gay) hechos y derechos.
–Vicente, te tengo buenas y malas noticias –me dijo Alberto al otro lado del teléfono.
–Dame las malas primero –pedí con resignación.
–Ninguna editorial está interesada en tu libro.
–¿Cómo ninguna? –exclamé incrédulo–. ¿Nadie, nadie tiene interés? ¡¿Nadie?!
–Nadie. Es la peor basura que han visto en años, según la carta que recibí de Harlequin, una editorial experta en basur....
–Alberto, ¿por casualidad no hay un revólver en esta casa?
–¿No quieres saber las buenas noticias?
–¿Encontraste el cantarito de greda de Aldunate? –pregunté sin el menor entusiasmo.
–Sí, pero ésa es otra historia. Un canal de televisión gringo quiere convertir tu novela en una miniserie… Con Morgan Fairchild como protagonista.
–¡¡Qué!!
Mi corazón se detuvo. Desde que, a mediados de los ochenta, Falcon Crest y Muñecas de Papel llegaron a las grises pantallas chilenas, Morgan Fairchild era una de mis estrellas favoritas. Me parecía una de las actrices más brillantes y menos apreciadas de Hollywood: la Meryl Streep del Jackie Collins set.
–¡Morgan Fairchild! –dije, sin aire. No podía imaginar una Allison mejor que ella.
–Sí, y hay más: quieren que vengas a Nueva York y trabajes como consultor del guión.
–¡Nooo!
–¡Sí! Te van a enviar todos los papeles necesarios para la visa, y te van a dar un departamento donde puedas vivir y trabajar mientras dure el proyecto. Si quieres, me puedo encargar de los detalles…
Dios existe. Soy un renovado cristiano, y si no fuera porque mis rodillas siempre han sido delicadas, me iría arrastrando hasta Lo Vásquez a dar gracias a la Virgen. ¡Morgan Fairchild! ¡Nueva Yooork!… Mi vida de pronto tenía sentido.
“Veo que lo tenemos de vuelta, Mr. Astorga.” Así era. Dos días después de la llamada de Alberto, me encontré una vez más frente a Deborah Jones en el consulado americano, con la intimidante mirada del presidente Bush a sus espaldas.
–Así es, Ms. Jones, aquí estoy de nuevo.
–¿Ha pertenecido a alguna organización terrorista?
–¿No hablamos de esto la última vez?
–Sí, pero debo seguir el procedimiento. ¿Ha pertenecido a alguna organización terrorista?
–No.
–¿Ha estado preso o ha sido condenado alguna vez?
–No.
–Bueno, considerando su contrato con un canal de televisión de los Estados Unidos –echó una rápida ojeada a mis papeles–, tengo el agrado de informarle que su visa ha sido otorgada. Welcome to the United States!
V
He llegado a la conclusión de que la política
es un asunto muy serio para dejarlo en manos de los políticos.
Charles de Gaulle
El primero de diciembre, Tatiana Velasco dio a conocer su decisión de presentarse como candidata a diputada por la Quinta Región en las próximas elecciones. “Estoy cansada de las presiones de la farándula y quiero hacer algo por este país que tanto me ha dado”, anunció, dicho lo cual se abalanzó sobre los cerros de Valparaíso con unos jeans Diesel, botas Prada y un suéter de TSE a buscar votos. “No creo en izquierdas ni derechas”, dijo mientras posaba ante las cámaras con un grupo de pobladoras en el cerro La Mariposa, el más pobre del puerto. “Creo en soluciones reales.” Hasta ese momento su única incursión en la política había sido su presencia en el cumpleaños de Carlos Menem.
Su potencial electorado, sin poder creer que una estrella de semejante calibre se diese el tiempo para visitarlo, se lanzó a las calles como si fuese un carnaval. Todos los canales de televisión cubrieron la campaña, y Tatiana apareció en las pantallas de todos los canales y en las portadas de todos los periódicos junto a dueñas de casa, pescadores, huérfanos, desempleados, recolectores de basura, estudiantes y los miembros del Sindicato Número 1 de mozos de Viña del Mar; siempre prometiendo la respuesta adecuada a la eterna letanía de quejas y protestas del pueblo. Hubo, claro, alegatos de que su presencia “frivolizaba la política”, pero como provenían principalmente de actores que buscaban una nueva fama en el Congreso (tras haber sido excluidos de Hechizadas o Mi Barrio, las telenovelas de ese semestre), fueron rápidamente descartados por la prensa.
Tatiana se transformó en la Evita nacional. Su foto, con el pelo al viento y una blusa roja contra el fondo de la bandera chilena, y el lema “Tatiana Velasco: problemas reales, soluciones reales”, tapizó las calles de la región. “Chile conoce mi vida. Ahora quiero conocer la vida de Chile”, insistió en el noticiero Medianoche, mientras, a sus espaldas, la cantante Miriam Fernández entonaba los acordes de “Chile lindo”.
Mientras, en Nueva York, la diseñadora Susana García de la Huerta confesó a la revista Nosotras que, aunque le parecía perfectamente aceptable que una mujer postulara a un cargo público, la idea de tener a una “estrellita de la televisión” en el Congreso le parecía de pésimo gusto, por decir lo menos. “Cada una a lo suyo”, dijo, sentada en el drawing room de su casa en la calle 64 y Madison Avenue: “Yo he votado tres veces en mi vida. No voté por Pinochet porque no se podía, pero desde que me instalé en Estados Unidos siempre he votado por Bush. Dos veces por el padre y una vez por el hijo. Y tener a una starlet en el Congreso me parece una rotería”. “¿Y Ronald Reagan?”, le preguntó Blanquita Calderón, la sagaz periodista de Nosotras. “Ronald Reagan nunca fue un buen actor, pero como político lo hizo estupendo. No hay comparación.”
Cuando yo era chico, la política era fácil de entender. Los empresarios, los militares, los curas de El Bosque y de Nuestra Señora de Los Ángeles, y en realidad cualquiera que viviera arriba de Plaza Italia, eran de derecha. El resto del país era comunista, o por lo menos eso decía mi tía Alicia. Se supone que todo cambió con la dictadura militar, aunque para mí el gran cambio llegó cuando la Jenny apareció en el departamento de mi mamá en un estupendo Renault 5.
–Lo compré a cuotas, señora –explicó orgullosa, anunciando de paso sus próximas vacaciones en Cancún, gentileza de la tarjeta de crédito de Almacenes Roma.
–Pero, Jenny, ¿no será peligroso meterse en tanto crédito? –dijo mi madre de inmediato.
Ella acababa de vender su propio Renault 5 para pagar las últimas cuotas del departamento.
–Señora, si espero ahorrar para ir a Cancún, llego en silla de ruedas.
De pronto, los pobladores de La Legua y La Pintana aparecieron apoyando a los candidatos de la derecha, mientras en los exclusivos barrios de Vitacura o Lo Barnechea socialistas recién llegados de Harvard y La Sorbona defendían “la tercera vía”, la única viable para un izquierdista en los nuevos tiempos. Más extraño aún, en su frenética búsqueda de votos y conexión con el electorado, los ministros, senadores, diputados y alcaldes se hicieron habituales en los programas de farándula, concursando en El Que No Miente Pierde del canal Seis o bailando a medianoche con las coristas de Amunátegui y Compañía. Al mismo tiempo, los noticieros se poblaron de actores, cantantes y vedettes hablando de la salud, el desempleo o la vivienda. Después se hizo difícil saber si uno estaba viendo las noticias o el canal E!, o entender si el señor que estaba en pantalla agitándose al ritmo de “La Macarena” era un humorista o un honorable diputado.
En este enrarecido universo la candidatura de Tatiana fue recibida como algo natural. Después de todo, ¿quién podría detener a la mujer más célebre del país, a la víctima del escándalo más comentado del año, si se le ponía entre ceja y ceja que su próximo escenario era el podio del Congreso?
Con el apoyo financiero de Máximo Aldunate, y los minutos de pantalla gentilmente concedidos por el canal Doce, montó un gigantesco rally en la Quinta Vergara de Viña del Mar, donde, entre inspirados símbolos patrióticos y acompañada por sus “amigos” de la televisión, dijo que planeaba obtener para la región las mismas oportunidades que ella había tenido en su carrera. “A mí nadie me regaló la corona de Miss Américas. ¡Me la gané! A mí nadie me regaló el primer lugar en la televisión chilena. ¡Me lo gané! Y nadie me va a regalar mi sillón en la Cámara. ¡Con la ayuda de ustedes, me lo voy a ganar también!”, chilló por los parlantes. “Pero ésta no es mi victoria sino la de ustedes!”
–Si se lo propone, va a llegar a Presidente –dijo Sebastián mientras observábamos la escena en el televisor del salón VIP del aeropuerto. Él esperaba su vuelo a Madrid y yo el mío a Estados Unidos.
La despedida fue triste, pero los dos sabíamos que la separación sería pasajera.
–Te quiero, Vicente. Y no sabes lo orgulloso que estoy de ti… –me dijo al oído antes de embarcar.
Eso fue suficiente para dejarme con una sonrisa plantada en la cara, que seguía ahí cuando, catorce horas después, el comandante del vuelo 766 de Lan Chile anunció que era hora de enderezar los respaldos y ajustarse los cinturones, porque nos preparábamos para aterrizar en el aeropuerto John Fitzgerald Kennedy de Nueva York.
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