III

 

 

La televisión no es para la gente inteligente

Kike Morandé, animador de televisión

 

 

“¿Crees que están realmente enamorados?”, me preguntó descuidadamente Paula mientras me arrancaba La Segunda de las manos.

(No. Me acosté con el novio.)

–Hmm…Sí, ¿por qué no?

–No sé, todo parece tan montado, tan falso –continuó ella mientras estudiaba una foto de Sebastián y Tatiana de vacaciones en Miami, los dos en traje de baño y con lentes oscuros, brindando al borde de la piscina del hotel Délano–. Pero eso siempre pasa con los matrimonios del espectáculo. La presión es demasiada –agregó con aire de autoridad–, y son muy pocos los que pueden mantener una relación normal en medio de tanta atención periodística.

El teléfono vibró en el bolsillo de mis jeans. En la pantalla apareció el nombre de Cristina.

–Vicente Astorga –contesté con voz profesional, seria y ocupada.

–¿Vicente? –dijo Cristina, confundida–. ¿Por qué contestas así el teléfono? No tenemos tiempo para bromas. Mañana a las nueve tienes que reunirte con Tatiana en el estudio B del canal Doce. Va a estar grabando el último capítulo de Atrévete, y Almacenes Roma quiere asegurarse de que se le mencione.

–Okey, entendido.

–Vicente… –agregó Cristina.

–¿Sí?

–Deja de hablar como si estuviéramos en Misión Imposible.

 

 

 

El gigantesco edificio de acero y cristal opacaba fácilmente a los del resto de emisoras de televisión ubicadas a los pies del cerro San Cristóbal. Sus escalinatas de piedra, de dimensiones similares a las del Partenón, se perdían en dos enormes puertas de cristal que conducían al mesón de seguridad, donde al menos tres funcionarios uniformados chequeaban a los visitantes. Me abrí paso entre el centenar de adolescentes que ya a esa hora gritaban histéricas en la vereda, esperando la llegada de las estrellas de la nueva teleserie de la estación, Hechizadas, y subí los treinta escalones sintiéndome como Norma Desmond en Sunset Boulevard.

–Carnet –dijo el encargado de la recepción.

Después de revisar mi identificación, me dio un pase y una asistente de relaciones públicas me condujo hasta la sala de maquillaje, donde se encontraba la estrella.

–¿Tatiana? –dijo la asistente, abriendo la puerta con timidez–. Te busca el señor Vicente Astorga, de la agencia Glass.

–Que me espere –dijo la reconocible voz desde el interior.

Cinco minutos después, la asistente volvió a tocar la puerta.

–Tatiana…

–¡Que espere!

Pasaron diez, quince, veinte minutos… Tatiana me recibió una hora después de lo convenido, todavía envuelta en su bata de seda azul, el pelo amarrado con un elástico y su cara de eterna adolescente convertida en una máscara kabuki: labios intensamente rosados, pómulos y párpados violeta, y dos cejas literalmente hechas a mano. Mientras su maquilladora, Toyita, le empolvaba el pecho y los hombros, ella hablaba por el celular más pequeño que haya visto en mi vida: parecía una caja de fósforos. “¿Cuánto están ofreciendo…?”, la oí decir, mientras sostenía el aparato con sus uñas perfectamente manicuradas y pintadas de rojo. “No, no, no. Si creen que voy a dar una portada por esa miseria, están muy equivocados o tú eres un pésimo mánager. Una de dos. ¿Y qué pasa con los pasajes a Europa? ¡Business! Ah, no. Si es por viajar en business, me los pago yo. O me pagan la cifra que acordamos y me dan los pasajes en primera, o no hay portada”, espetó finalmente, indicándole con los ojos a Toyita que era el momento de empezar a trabajar en las uñas de sus pies.

 

Tatiana Velasco está decidida a hacer historia durante la trasmisión del próximo capítulo de su programa Atrévete. La diva, que contraerá matrimonio con el ídolo del fútbol Sebastián Lecampino el 14 de septiembre, será la primera animadora de la televisión chilena en entrevistarse a sí misma. Inspirada en el video Unforgettable, de Natalie Cole, donde la cantante interpreta a dúo con su padre muerto una de sus canciones más conocidas, Tatiana se entrevistará a sí misma frente a las cámaras utilizando un moderno software importado especialmente por Canal Doce. “Los seres humanos tenemos distintas facetas”, dijo la Velasco a TV Guía. “En mi caso, soy comunicadora social pero también soy un personaje conocido de la televisión. Mi idea es enfrentar a una con la otra y ver qué pasa. Yo siempre he sido mi crítica más dura, y ésta es la oportunidad de revelar mis inseguridades, mis carencias y mis defectos frente al público.”

–¿Cuál será la pregunta más dura que te harás?

–Hmm… Quizás si amo tanto a Sebastián como para pasar el resto de mi vida con él.

–¿Y la respuesta?

–Ahhh, para saber la respuesta van a tener que sintonizar el programa, el próximo martes a las diez.

Tatiana, la entrevistadora, lucirá un atrevido diseño de lentejuelas negras de Luciano Bráncoli. Tatiana, la entrevistada, un escotado vestido blanco que, según la Velasco, “será un adelanto de mi vestido de novia”.

TV Guía, agosto de 2002

 

–Toyita, ¿nos deja conversar un momento? –dijo Tatiana a la maquilladora.

Toyita cerró la puerta y ahí quedamos los dos rivales, finalmente enfrentados, como en el momento cúlmine de una telenovela.

–¿Cómo estás, mi amor? –dijo ella, sin dejar de observar su aspecto en el espejo–. ¿Lo pasaste bien en España?

Por el tono de su voz era imposible deducir si estaba enterada de lo ocurrido en Sevilla.

–Bien, es un país increíble.

–¿Y se llevaron bien con Sebastián? –preguntó mientras se aplicaba aún más lápiz labial.

–Sí, fue muy simpático. Y firmó el contrato, que era lo más importante.

“Hmm, claro”, dijo, y después, sin despegar los ojos de su imagen reflejada en el espejo pero cambiando rápidamente de tono:

–Mira, Vicente, mi vida no ha sido fácil. Para llegar adonde estoy he soportado a viejos insolentes, mujeres celosas y directores histéricos. Los periodistas me han tratado de todo, hasta de puta. He tenido que hacer cosas que nunca pensé que iba a hacer, y la verdad es que no me arrepiento porque, para mí, mi carrera es lo primero. ¿Estamos claros?

–Estamos claros –asentí, sin saber a qué se refería.

–Sebastián y yo tenemos una relación muy especial. Entre nosotros no hay secretos –continuó–. Él tiene su pasado y lo entiendo. Yo también tengo el mío. Pero no voy a aceptar que vuelva a cometer los mismos errores. Ése es nuestro compromiso.

(Sabe. Seguro que sabe…)

–Y por eso te voy a pedir un favor.

–Sí, por supuesto… –la voz me temblaba.

–Quiero que salgas de aquí y te olvides de Sebastián. No quiero verte cerca de nosotros. ¿Estamos claros? –repitió–. ¡No voy a dejar que mi futuro se vaya a la mierda solo porque un don nadie como tú decide bajarse los pantalones!

En seguida recuperó la calma y, mientras repasaba sus cejas una vez más, dijo:

–Y respecto a Almacenes Roma, no te preocupes; los mencionaré todas las veces que sea necesario. Yo antes que nada soy una profesional. Que no se te olvide.

 

 

 

La autoentrevista obtuvo un récord de 65 puntos de rating, un resultado devastador para la competencia, que esa noche se había preparado para la lucha ofreciendo entre otras cosas las confesiones de una conocida modelo –que reveló su pasado como prostituta y amante de un famoso animador– y, en Amunátegui y Compañía, la promesa de “apechugar con todo” luciendo los voluminosos atributos de las bailarinas del programa.

 “Nuestro éxito deja en claro que los televidentes se están cansando de la farándula barata”, declaró Tatiana a los periodistas después de la transmisión. “Lo que realmente interesa son historias de contenido humano e introspección, como la que hemos presenciado en este diálogo abierto, honesto y sin censura conmigo misma.”

Tal fue el éxito del programa que esa misma semana la revista del viernes de uno de los periódicos más importantes del país estampó en la portada:

La era de la autoconfesión: ¿Son los periodistas realmente necesarios?”

 

 

 

–¿Cómo salió todo? –me preguntó Cristina al teléfono, sin darme tiempo ni de decir aló.

–Bien, mencionó a Almacenes Roma una docena de veces.

–Perfecto. Tengo que ir al almuerzo de las Damas Diplomáticas en el Golf. Te espero ahí a la una. Necesito detalles.

 


 

 

IV

 

 

Ninguna espada provoca más daño que una lengua malvada

Sir Phillip Sidney

 

 

El almuerzo de las Damas Diplomáticas era uno de los puntos altos de la vida social santiaguina. Obligadas por su cargo y condición a apoyar obras de caridad que iban desde el Hogar de Cristo a las nuevas cortinas para el Teatro Municipal, las representantes internacionales se reunían una vez al año con las socialites locales en un festín de centollas, pisco sour e infatigable chismorreo.

 

Como todos los años, las Damas Diplomáticas se reunieron en el Club de Golf por una buena causa. En esta ocasión, el Hogar de Niños de Lo Barnechea que preside el padre Olegario Vicuña. Adelantándose a la primavera que ya llega, el tema del almuerzo fue “Un jardín de rosas”. Entre las mesas, decoradas con enormes arreglos de rosas antiguas, vimos a….”

Caras, 10 de agosto de 2002

 

Inspirado por las fotografías sociales de la revista Tatler, llegué al Club de Golf con un par de pantalones caqui, una camisa a rayas rosada y un blazer azul de Brooks Brothers, cortesía de mi primo Eduardo, que me lo había entregado acompañado del consejo “Vístete como hombre, aunque sea una vez”. Estacioné mi escarabajo junto a una docena de Mercedes y BMW con patente diplomática y bajé las escaleras hasta la terraza. El lugar estaba cubierto con una enorme carpa blanca con muros transparentes que permitían observar la triste cancha de golf al final del invierno, una alfombra de pasto amarillento que se perdía en el horizonte hasta topar con los edificios de la avenida Kennedy.

–¿Lo puedo ayudar? –me preguntó el maître con tono desconfiado.

–Vengo a la mesa de Cristina Ferrer.

–Cómo no… Por aquí, por favor.

La terraza era un colorido cacareo de señoras en tonos pastel: por aquí y por allá efusivos abrazos y besos al aire de mesa a mesa. Cristina, en un traje Chanel original de dos mil quinientos dólares, por lo menos, con un largo collar de perlas y una orquídea plantada en la solapa, me recibió con un cariñoso “¿Y?”.

–¿Y qué?

–¿Y cómo te fue?

Aparte de la propia Coco, mi jefa debe ser la mujer más brusca que jamás haya usado Chanel.

–Me fue bien –contesté con seguridad.

–¿Cuántas veces mencionó a Almacenes Roma?

–Ya te dije. Por lo menos una docena. El programa parecía un infomercial.

Good! –dijo entonces Cristina con un suspiro de alivio.

What’s good? –saltó de inmediato la mujer del embajador de Estados Unidos, sentada en nuestra mesa.

Nothing –contestó Cristina–. Work, work, work!

De las veinte mesas instaladas en la terraza del club, la nuestra era sin duda la principal y el centro de todas las miradas. El padre Vicuña estaba sentado entre la embajadora norteamericana y Elisa McDonald, que venía llegando de St. Barts, lo que explicaba el profundo bronceado que contrastaba con sus ojos azules y su pelo platinado:

–¡Es una isla lo más amorosa que hay! –exclamó con aire casual mi suegra anhelada–. Me encontré con Carolina Herrera en el hotel Ile de France… ¡Qué pena da verla! Era tan bonita de joven… Se sigue vistiendo regio, claro.

Un poco más allá estaban Julita Astaburuaga y Mary Rose Mac-Gill, reinas de la sociedad chilena, y la embajadora de Costa de Marfil, quien, con su traje “típico”, como lo definió Elisa en un momento del almuerzo, aportaba cierto exotismo a la mesa. También la embajadora argentina y Susana García de la Huerta, una diseñadora de modas chilena que se había hecho de una envidiable fama con sus boutiques en Nueva York y Londres.

Durante el primer plato (“Camarones de río con guarnición de vegetales”, se leía en el menú impreso sobre la imagen de un grupo de niños de pobres), la conversación estuvo dedicada a la buena educación que entregaban los colegios del Opus Dei, lo difícil que era encontrar una nanny que no fuera peruana, y lo que Susana García de la Huerta describió como “la vulgarización de Zapallar”. El padre Vicuña, bien entrenado en estos temas gracias a su continua aparición en televisión y sus estrechos contactos con las mujeres presentes, dio su enfática y divina opinión sobre todos estos asuntos, asegurando que el Opus Dei tenía una misión evangelizadora “inevitable” entre los jóvenes, y que las nanas peruanas simplemente hacían uso de los talentos que Dios les había entregado.

–¿Y Zapallar, padre? –preguntó Elisa con genuina curiosidad.

–Zapallar es un santuario de la naturaleza –dijo el padre muy serio mientras devoraba un camarón–, y como tal es un refugio de Dios que debe ser defendido. Nuestro Señor Jesucristo expulsó a los mercaderes del templo, y me parece que ahí hay una lección que debe ser escuchada.

Las embajadoras se miraron confundidas, pero el resto de la mesa asintió con entusiasmo.

El padre Vicuña era sin duda un cura elegante. Un tank de Cartier asomaba por la manga de su chaqueta (¿sotana?), y la discreta cruz que llevaba sobre el pecho estaba coronada con diamantes en sus cuatro puntas. “Es el brillo de la Estigmata”, explicó en la mesa. Su conversación era alegre y mundana, y si no hubiera escuchado el llamado de la Iglesia podría haber sido un estupendo aporte para las revistas del corazón. Sus comentarios sobre el matrimonio de Marie Chantal y Pablo de Grecia, sus críticas al video de Paris Hilton, y su análisis del romance entre Diana de Gales y Dodi Al Fayed (“Él era árabe, ella anglosajona y emocionalmente inestable. ¿Qué se podía esperar?”) fueron como haber recibido una suscripción gratuita a Hola.

(Nota: Reconsiderar mi decisión de abandonar el catolicismo.)

El segundo plato –ternera grillé con papas saltadas y puré de alcachofas– llegó acompañado de comentarios más locales.

–¿No será demasiada marca para tan poca mujer? –comentó una de las comensales dirigiendo una mirada de hielo hacia la mesa 7, donde la atractiva mujer de uno de los empresarios más poderosos del país reía a carcajadas mientras compartía secretos con un conocido peluquero.

Su pelo castaño con rayos dorados brillaba bajo el sol invernal; sus pómulos, su escote, sus labios y su trasero desafiaban al menos cuatro leyes de la física, entre ellas la de gravedad, y su magnífica silueta talla 36 estaba envuelta en un ceñido traje de Christian Dior, con CD’s estampados por los cuatro costados. También se comentaron sus lentes oscuros, el reloj de platino y diamantes de Harry Winston y su cartera Vuitton.

–Te apuesto a que es falsa –le dijo Susana a Cristina–. No hay más que ver el cierre. Louis Vuitton no hace cierres como ése.

–¿Para qué va a usar falsas, si puede comprar verdaderas? –preguntó mi jefa.

–Es lo mismo que me pregunto yo. ¿Tendrán tanta plata como dicen? La Pelusa Yarur me contó que vendieron todos los Matta que tenían.

Una a una, las invitadas fueron analizadas desde lo más alto de sus moños hasta el tacón de sus zapatos, con el calor del cabernet sauvignon 2000 de la Casa Aldunate  acrecentando esta hoguera de vanidades. Mientras los mozos repartían los platos y llenaban las copas, comenzaron a aparecer historias de esposas abandonadas por secretarias, políticos corruptos, maridos impotentes, pinturas falsificadas, viudas alegres, fortunas dilapidadas en cocaína, y hasta pedofilia. Y todo esto antes de que llegara el postre. A una distinguida alcaldesa, contó una de las presentes, la habían golpeado con toallas mojadas la mujer de su amante y sus amigas en una emboscada.

–¿Toallas mojadas? –preguntó incrédula la embajadora de Costa de Marfil.

–No dejan marca –contestó Cristina con certeza.

El maremoto de rumores llegó a puerto cuando se mencionó el matrimonio de Tatiana y Sebastián.

–Yo no entiendo esta fascinación por la vida ajena –dijo Elisa MacDonald, sin reparar en la incongruencia de sus palabras–. ¿La prensa no encuentra nada más importante para publicar que el romance de una starlet y un futbolista? ¿Por qué no hablamos de la última exhibición en El Prado, o de lo estupenda que está la temporada del Municipal? Estuve hojeando una biografía de Borges…

–Bueno, vos sabés que Borges era impotente… –empezó la embajadora argentina, subiéndose algo tarde al carrusel de pelambres.

–A eso me refiero –señaló la McDonald, juzgándola con la mirada–. Mi punto es que hay que tener altura de miras en la discusión.

–¿Pero es verdad que ese futbolista es gay? –metió su cuchara una socialite que, según había oído decir, tenía un coeficiente intelectual similar al que se obtiene después de una lobotomía.

–¿De dónde sacaste eso? –preguntó el padre Vicuña, intrigado.

–Lo leí en alguna parte.

–Ésa es una acusación muy seria. Aunque no podemos castigar al pecador, si es que hay un sincero arrepentimiento, sí debemos castigar el pecado. Pero en este caso no creo que haya razones para juzgar a Lecampino. Su pecado es ser exitoso, y tú sabes que la envidia abunda en este país. No puedes creer todo lo que lees en la prensa –dijo complaciente el sacerdote–. Yo, que trabajo en comunicaciones, te lo puedo asegurar.

El comentario arrancó risas en la mesa, pero yo quedé paralizado. ¿Dónde lo había escuchado? ¿Alguien sabía algo?

Justo en ese momento sentí dos manos sobre mis hombros.

–¿Y tú, dónde estabas todo este tiempo?

Antes de alcanzar a girarme oí el gritito de Elisa McDonald:

–¡Samuel, dahhling!

Samuel andaba con una polera de polo blanca, jeans y botas de montar. Parecía arrancado de la última campaña publicitaria de Ralph Lauren.

–¿Cómo está, madre? La veo muy bien acompañada –dijo, con la sonrisa seductora de un encantador de serpientes.

–Tú los conoces a todos… –agregó Elisa, visiblemente orgullosa del trofeo que tenía por hijo.

Después de los inevitables comentarios zalameros (“¡Pero qué buen mozo que estás, chiquillo!”, “Y usted, tía, más joven que nunca”), Samuel me pidió que lo acompañara al bar, lo que provocó toda clase de miradas maliciosas en la mesa.

–No sabía que se conocían –dijeron al unísono Cristina y Elisa.

–¿Cómo no lo voy a conocer? –contestó Samuel, sobándome virilmente los hombros–. Vicente es un viejo amigo. Lo adoro.

Por momentos como éstos es que me moría por él. Pero la ilusión terminaba pronto. “La Samuela es una actriz”, me había dicho Joaquín con su habitual franqueza. “Está enamorada de sí misma. Por cada piropo que te dedica espera dos de vuelta.”

–Un whisky con hielo, Panchito –pidió en el bar.

–Cómo no, don Samuelito.

Mientras bebía el primer sorbo se quedó mirándome a los ojos.

–Me debes estar odiando. Me he portado pésimo contigo –dijo finalmente.

La verdad es que estaba lejos de odiarlo. Detrás de toda su elegancia y vanidad, escondía una inseguridad conmovedora.

Me quedé en silencio.

–Pero yo te quiero igual, aunque tú no me quieras.

Silencio.

–… El resto es la vida. Uno tiene que aceptarse como es. A lo mejor las cosas van a ser distintas en Barcelona –comentó mientras volvía a concentrarse en el vaso que tenía en sus manos.

–¿Barcelona?

–Sí. Parto el domingo. Voy a trabajar en la editorial de un amigo de mi madre.

–¿Te cansaste del país?

–Je, je –exclamó riendo–. Yo creo que el país se cansó de mí.

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