II PARTE

 

 

I

 

 

Los hombres se acuestan con Gilda y despiertan con Rita Hayworth

Rita Hayworth

 

 

Ante la montaña de papeles y documentos por revisar en mi escritorio, la docena de llamadas por responder y la mirada censuradora de Constanza, que ahora estaba convencida de que cobraba un sueldo solo por aparecer en algún momento de la mañana, decidí hacer un break y empezar a trabajar, con nuevas energías, después de almuerzo. Con dos horas que llenar hasta entonces, tecleé en el computador las señas del sitio virtual de la revista Hola.

Sting y su mujer, Trudie Styler, en la magnífica gala en beneficio de la Rainforest Foundation en Nueva York”, fue el primer título que apareció en la pantalla. Sting y Trudie –él en Gucci y ella en Jean Paul Gaultier couture, decía la lectura– se fotografiaban junto a un grupo de indios amazónicos en el escenario del Carnegie Hall. “Trudie Styler es actriz, productora, directora, ambientalista y activista por los derechos humanos. Recientemente fue nombrada embajadora de la Unicef, y ha participado como estrella invitada en la serie Friends. En los últimos años ha recaudado 19 millones de dólares para la causa amazónica.”

¿Cómo hace esta mujer para salvar árboles en la selva brasilera y niños huérfanos en Afganistán, producir películas para Guy Ritchie, comer con Elton John y Madonna, mantener casas en tres continentes y aun así darse tiempo para sesiones de ocho horas de sexo tántrico con Sting?

(Nota: Adoptar una causa digna de mis esfuerzos.)

“Todo se ve mejor en papel couché”, me dijo una vez Paula, una amiga periodista. “Los famosos son siempre desilusionantes: más chicos, más gordos y más feos que en las revistas.” El comentario me pareció un poco cínico en su momento, viniendo de una mujer que se ganaba la vida en una revista de papel couché, a la que además había visto con mis propios ojos ofreciendo un vistazo a sus pechos al portero de una disco en Punta del Este, a cambio de una entrada para una fiesta donde quizás estuviera presente Matt Damon.

Pensándolo bien, es posible que la vida de Trudie no sea tan glamorosa como aparece en la prensa. Quizás Sting tiene mal aliento, y Trudie se mira al espejo del fabuloso baño de su mansión inglesa y llora, suspirando por los días que se han ido y no volverán. Es posible. ¿Pero a quién le importa? Para el resto de los mortales conforman una pareja ideal, con la vida ideal, el guardarropa ideal, las carreras ideales y el look ideal, aunque esto último requiera de cuatro horas de retoque digital en las oficinas de Vogue o Tatler.

Por eso adoro las revistas, porque están completa e irrevocablemente desligadas de la vida real. ¿Dónde más se va a encontrar uno con Heidi Klum con un sostén de diamantes de diez millones de dólares, o con Sarah Jessica Parker en el piso del Ritz de París con un vestido de plumas de Oscar de la Renta?

Mi fascinación con estos asuntos muchas veces se prestaba a malentendidos. “Tu problema, Vicente, es que eres muy materialista”, me dijo en una oportunidad mi primo Eduardo mientras estacionaba su Jeep Mercedes frente a su casa en La Dehesa, al tiempo que le daba instrucciones a la empleada –a través del celular colgado en su oreja– para que fuera al auto a buscar las compras del supermercado. Eduardo era el magnate de la familia, después de haber ganado una fortuna dirigiendo programas de concursos en televisión.

–No se trata de dinero –me defendí–. ¿Nunca te han dado ganas de tomarte un trago en el bar más cool de Berlín? ¿O de salir a mirar de noche las vitrinas en París?

–Viejito, cuando vaya a París no voy a ir a mirar vitrinas. Voy a ir a comprar, en primera, y al mejor hotel. Para ir como pobre, prefiero quedarme en Chile.

Si era materialista, como decía Eduardo, estaba destinado a una existencia frustrada. Mis talentos financieros eran prácticamente nulos. Había pasado toda mi vida lidiando con tarjetas de crédito, préstamos bancarios y financieras, por lo que mi mamá, siempre lista para una tragedia, vivía constantemente esperando el llamado que le anunciara que su único hijo estaba en la cárcel de Capuchinos.

“Vicente, ahorra tu plata, mira que la vejez sin dinero es muy triste”, me dijo el día en que me entregó mi primera mesada. Yo tenía ocho años.

Con un “¡Vicente, felicitaciones!” me recibió años después, cuando obtuve mi primer trabajo. “¿Conseguiste un buen plan de pensión? ¿Y cómo lo vas a hacer con el seguro de salud?”

Quizás tenía razón. Ahí estaba, con treinta años, en un empleo que no me gustaba pero que ofrecía un excelente plan de pensión y salud. ¿Ésa era mi vida? ¿Trescientos cincuenta días del año en un cubículo blanco, y luego una modesta jubilación? No, no. ¡NOOOOOO!

(Nota urgente: Cambiar de vida.)

Si Trudie Styler podía convertir la suya en una montaña rusa de excitación y aventuras, mi vida no tenía por qué estar condenada a terminar en el número 8.980.768 del seguro social. En esos mismos momentos alguien estaba montando obras en Broadway, diseñando colecciones en París, escribiendo un libro en los Hamptons, almorzando en Le Cirque… ¿Y yo qué? De pronto sentí ese vacío en el estómago que producen los secretos íntimos. El mío es que era un looser, un perdedor, un fracasado que tenía previstos todos los desastres menos el peor: una vida sin propósito. Podía sentir cómo mis sueños y ambiciones comenzaban a perder brillo, cómo mi existencia se cubría lentamente con el filtro gris de la complacencia, de la rutina, el aburrimiento y el día a día. Hora a hora, minuto a minuto, mi vida se deslizaba en un limbo de conversaciones repetidas, caras familiares, semanas de trabajo, sábados en la Búnker y domingos de siesta frente al televisor. Era cuestión de días antes de terminar convertido en uno de esos cincuentones de cabeza lustrada, barriga enorme y mirada licenciosa que tantas veces había visto en los bares; ansiosos y aterrados frente a la idea de que su gran momento, su gran carrera, su gran amor habían pasado de largo sin dedicarles siquiera un guiño de complicidad. De pronto odié mi obsesión por el cine, las revistas y la televisión, que, ese día al menos, me parecieron la salida más fácil y cercana a lo que no quería ver: el mundo real, que me susurraba: “Es tarde, demasiado tarde…”.

–Vicente, voy a bajar al Starbucks. ¿Quieres algo? –me preguntó a través de la puerta Rosita, la secretaria de Cristina.

–¿Un ave palta y una coca light?

Algo tenía que pasar.

 

 

 

–El problema con los bisexuales es que se acuestan con cualquiera –dijo Joaquín mientras almorzábamos en Le Fournil un par de días después de mi regreso.

–Ése es un estereotipo, un prejuicio que no tiene nada que ver con la realidad –contestó Alberto mientras pedía una tartine.

–¿Ah, sí? ¿Qué bisexual conoces que sea fiel?

–… En este momento no se me ocurre uno, pero pensar que porque son bisexuales son incapaces de contenerse me parece ridículo.

–¿Y Javier Castaño? Él parece fiel a su mujer… –comenté.

–Javier Castaño es una loca de clóset –repuso Joaquín, molesto.

–Javier Castaño es un tipo confundido –terció Alberto, más comprensivo.

Javier Castaño era ingeniero comercial de la Católica, ejecutivo de una exportadora de frutas, fanático del golf y presidente del centro de padres y apoderados del colegio San Benito. Estaba casado con una famosa galerista y era padre de cuatro niños. Se le mencionaba como una de las estrellas emergentes de la derecha (militaba en la UDI) y, según El Mercurio, era el hombre que hacía de nexo entre la Iglesia y su partido. Para nosotros, sin embargo, Javier Castaño había sido el único hombre capaz de romper el aparentemente indestructible corazón de Alberto.

Se habían conocido una noche a los pies del cerro San Cristóbal. A diferencia de tantas otras noches, Alberto pensó de inmediato que había encontrado a una potencial pareja perfecta. Después de quince minutos de sexo intenso y fugaz en el asiento trasero de su BMW, se sentaron a conversar mientras fumaban un cigarrillo. Hablaron de política, de música y de cine. Los dos adoraban a Almodóvar y a Bob Dylan, detestaban la literatura “feminista” de Marcela Serrano, y aunque no coincidían en sus opiniones sobre el gobierno socialista, compartían la visión de que el país había progresado mucho estos últimos años.

–Bueno, ¿y ahora? –había preguntado Alberto al final de la noche.

–¿Y ahora qué?

–¿Cuándo te veo?

–Cuando quieras –dijo Javier–. Pero tengo que decirte algo: soy casado, y pretendo seguir así durante mucho tiempo.

Alberto recibió la noticia con resignación. Después de todo, no era la primera vez.

Su segundo encuentro fue en el bar del hotel Carrera, a las siete de la tarde de un día martes. Cuando estaban sentados como dos ejecutivos más en un océano de trajes grises y azules, sonó el celular de Javier.

–… Sí, mi amor, estoy con uno de los gringos en el Carrera. Yo creo que tengo para un par de horas más. No me esperes a comer. ¿Cómo le fue a Felipe en la prueba? Ah, qué bueno. Okey, un beso.

Javier apagó su celular y miró a su acompañante con una sonrisa pícara. Alberto, sin ganas, sonrió de vuelta. Cinco minutos después se encerraron en el baño y se besaron a escondidas.

El romance continuó dos semanas después en Buenos Aires, luego en la casa de Javier en Cachagua, y finalmente en la casa de Alberto en Zapallar. Una noche, mientras recorrían las estanterías de la Feria del Libro de la calle Isidora Goyenechea, Javier se encontró con una apoderada del colegio de sus hijos.

–¡Javier! ¿Cómo estás? ¿Y la Cecilia?

–En la galería –dijo él, sin pensarlo dos veces.

–Ah, porque pasé por ahí para ver la exhibición de escultura, pero estaba cerrado...

–Debe haber estado en la oficina del fondo. A veces se encierra a trabajar atrás y ni siquiera contesta el teléfono… –explicó Javier.

–Bueno, mándale un beso en mi nombre –se despidió la mujer, mirando de reojo a Alberto, que permaneció ahí, en silencio, sin ser presentado.

Esa noche todo cambió. Javier comenzó a mostrarse cada vez más distante, las excusas se hicieron frecuentes, los correos electrónicos de Alberto quedaban sin respuesta, y sus encuentros se convirtieron en una simple excusa para un sexo rápido, frío y, peor aún, silencioso.

–¿Qué pasa? –preguntó finalmente Alberto.

Javier respondió bajando la cabeza.

–¡¿Qué pasa?!

–No puedo, Alberto. No puedo…

Alberto no preguntó nada más. Se despidieron con un abrazo, y aunque volvieron a encontrarse en cines, restaurantes y hasta en una gala del Municipal, ni siquiera cruzaron sus miradas.

Joaquín, con su habitual pragmatismo, consideró que era “la típica relación entre una loca de clóset y una loca traumada”. Y la mía con Sebastián, según él, caía en una categoría similar.

–A ver, Vicente –dijo esa tarde en Le Fournil–. ¿Quién más estaba en la estancia con Sebastián?

–Había un par de mucamas, el chofer…

–¿Viste? La elección era entre tú y una oveja, y hasta yo te eligiría por sobre una oveja.

–Gracias…

–No lo tomes a mal. Te comiste a uno de los minos más ricos del mundo, y eso es todo. Suerte la tuya, mi amor. Ahora almorcemos tranquilos.

No había dado una mascada a mi sándwich cuando sonó el celular. Era Cristina.

–Hola. ¿Viste La Segunda?

–No, ¿por qué?

–Tenemos que apurarnos con la firma de Tatiana. El matrimonio es en tres semanas.

Corrí al quiosco más cercano, y ahí estaba el titular en rojo:

Tatiana y Sebastián: El matrimonio del año

 

 


 

 

II

 

En Hollywood un matrimonio es considerado exitoso si dura más que la leche.

Rita Rudner

 

 

“Este país se ha abierto muchísimo”, me dijo Paula una semana más tarde, mientras nos tomábamos un trago en la terraza del Ozono. “Para las revistas es fantástico, porque ahora todo el mundo habla de sus divorcios, de sus abortos, de sus separaciones y hasta de sus preferencias sexuales. No hay censura. ¿Viste mi entrevista a Tatiana Velasco donde dice que le gusta ducharse con Lecampino? Eso habría sido imposible de publicar en los tiempos de la dictadura.”

–Sí, son las ventajas de la democracia –contesté mientras revisaba la edición especial de La Segunda con los últimos preparativos del matrimonio que uniría “a la realeza de la TV y el fútbol para siempre”.

              El país entero había caído en las garras de este espectáculo, devorando páginas y páginas en las revistas, largos debates televisivos e interminables horas en la radio donde se desmenuzaba cada detalle del esperado evento, que se realizaria en la Iglesia de San Francisco el 14 de Septiembre.

El vestido de novia, adquirido en Nueva York, permanecia en absoluto secreto, aunque la propia novia habia revelado en su programa, “Atrévete”, que luciría las iniciales “T y S” en una cola que, según rumores, alcanzaría más de diez metros de largo. Las argollas serian “simples, de oro de alta pureza”, pero el anillo de compromiso –adquirido en la casa milanesa “Damiani”, la misma que hizo los anillos de Brad Pitt y Jennifer Aniston- tenia dimensiones épicas.

La lista de invitados- mil quinientos en total- incluia desde el Presidente de la República a las máximas estrellas del fútbol internacional, pasando por Ministros de Estado, luminarias de la televisión latinoamericana, senadores y diputados, miembros de la conferencia episcopal, socialites santiaguinas, y dos ex-Miss Hawaiian Tropic que servirian de “damas de honor” a Tatiana durante la ceremonia religiosa.

La primera lectura bíblica- Proverbios 31:10, “Mujer virtuosa, ¿Quién la hallará? Porque su valor sobrepasa a las perlas”- estaria a cargo de Máximo Aldunate, presidente del directorio de canal 12. Para “romper un poco los esquemas”, como dijo Tatiana en una entrevista exclusiva en “Cosas”, la segunda lectura- Efesios 5:22, “Las casadas están sujetas a sus propios esposos como al Señor”- no seria leída, sino cantada por la diva Miryam Fernández junto a la orquesta filarmónica y el coro de la Universidad de Chile.

               El Palacio Zañartu, el más antiguo y elegante del país, fue completamente remodelado para la ocasión. Se trasladaron seis enormes palmeras chilenas directamente desde La Serena para servir como “umbral tropical” a la llegada de los novios, que se desplazarían desde la iglesia a la fiesta en un Mercedes convertible sobre un camino regado de pétalos de flores. En cuanto al menú, el banquetero Pablo Hamilton explicó en La Segunda que había optado por platos de la gastronomía “neochilena”. “Tatiana y Sebastián están orgullosos de nuestra cocina, y quieren mostrarles nuestros platos típicos a los invitados internacionales”, contó el chef. Se ofrecerían empanaditas fritas de mozarella y espinaca, sashimi de congrio y tartaletas de charquicán como aperitivo; mousse de trucha en un colchón de arúgula como entrada, y cordero magallánico con verduras cocidas y terrina de camote como plato de fondo. Todo acompañado por los vinos de la Casa Aldunate que su dueño había puesto a disposición de los novios.

La lista de regalos se había abierto en Almacenes Roma, y entre los artículos escogidos figuraba una cuchillería Christofle para veinticuatro personas, sábanas de Frette, lámparas y muebles italianos, alfombras y todo tipo de electrodomésticos.

Los partes de la boda merecían capítulo aparte. Diseñados personalmente por Tatiana y Sebastián –decía Cosas–, fueron impresos en la casa Rosetti de Buenos Aires y llevaban las iniciales de los novios en sello de agua, además del poema “Llénate de mí”, de Pablo Neruda, en letra cursiva color crema:

 

Ansíame, agótame, viérteme, sacrifícame.
Pídeme. Recógeme, contiéneme, ocúltame.
Quiero ser de alguien, quiero ser tuyo, es tu hora.

 

 

 

 

–Qué quieres que te diga, te salvaste de terminar casado con un roto –me había dicho Joaquín esa tarde, mientras yo intentaba concentrarme en el trabajo y él en la teleserie.

–Todo es terriblemente siútico, es verdad, pero nada de esto me suena al Sebastián que yo conocí.

–El Sebastián que conociste se acostaba con hombres.

–¡Shhh!…

–¿Shhh, qué?

–No le has contado a nadie, ¿no?

–¡Por Dios, la loca paranoica! –estalló Joaquín–. ¡Saquemos a esa mujer del clóset de una vez por todas! Y de paso nos hacemos millonarias.

–¿Será realmente gay, Joaquín? ¿No habrá sido un arranque de un día?

–Te dio un beso en la boca, ¿no?

–Sí…

–¿Con lengua?

–Sí…

–Es loca.

 

Comments

Popular posts from this blog