II

 

 

Arte es crear algo de la nada y luego venderlo

Frank Zappa

 

 

Dieciocho de septiembre. Detesto las Fiestas Patrias, pero desde la terraza de Alberto en Zapallar, con el océano extendiéndose hasta el infinito y la brisa agitando las cortinas del pabellón junto a la piscina, era imposible pensar que en esos momentos el país entero celebraba una bacanal de empanadas, asados, cueca, rodeos y vino tinto. De todos modos, no tenía interés ni tiempo para fiestas. Mi nueva carrera literaria se había apoderado de mí con la fuerza de un huracán, y ahora pasaba mis días sentado frente al computador, tecleando, tecleando, tecleando, dejando que los jugos creativos se revolvieran dentro de mí, y solo deteniéndome para fumar un cigarrillo o planear el discurso que, obviamente, tendría que pronunciar durante la presentación de mi novela.

Ohhh, ¿cuánto faltaba para ese día? Apreté una vez más el botón del cuentapalabras en la pantalla: 12.000. Ciento cincuenta más que la última vez. Hmm…, ¿cuántas palabras tiene un libro?

–¿Cuántas palabras tiene un libro, Alberto?

Mi amigo, que estaba sentado en una mesa en el jardín trabajando en su “causa célebre” contra Máximo Aldunate, no contestó

–¡Alberto! ¿Cuántas palabras tiene un libro?

–¡Depende del libro!

La respuesta no fue de gran ayuda. Había visto libros enormes en mi vida, como la Enciclopedia Británica o la Biblia, pero estaba seguro de que ésos eran libros que nadie en su sano juicio leería de punta a cabo. No, mi novela sería un best seller, con las páginas justas para ser leídas en un mes de vacaciones a un ritmo normal: dos o tres páginas por día.

Para inspirarme, encendí una vela, como sabía que hacía Isabel Allende cada vez que comenzaba una de sus obras. Pero después de un incidente que involucró al Cuerpo de Bomberos de Zapallar y el cambio de las cortinas del escritorio, la reemplacé por cierto material impreso que me servía como invaluables obras de referencia. Cuando tenía que describir el dormitorio de Allison, abría las páginas de Architectural Digest o Town & Country. Cuando pensaba en su guardarropa, recurría a Vogue y Harpers Bazaar. Y Penthouse fue la herramienta perfecta para describir su físico y las escenas de apasionado romance que todo superventas debe contener.

–¡Alberto!

–¿Queeé? –preguntó él, en el límite de su paciencia.

–¿Cómo se deletrea alcólico?

–A-L-C-O-H-Ó-L-I-C-O.

–¡Okey, gracias!

Continué escribiendo.

 

… Allison abrió el baúl Louis Vuitton de Greg y encontró dos botellas de champagne vacías. No tuvo dudas de que durante siete años había estado viviendo junto a un alcohólico. “Le voy a sacar a ese bastardo hasta su último centavo”, le dijo esa noche a su atractivo abogado mientras viajaban en el asiento trasero de su limousine.

 

¡Perfecto! Volví a revisar el número de palabras: 12.058. A ese ritmo podría terminar el libro en cuestión de semanas.

Alberto estaba siendo de gran ayuda durante mi carrera como escritor, no solo en materias de gramática y puntuación, sino con su promesa de enviar el manuscrito a una amiga suya que trabajaba en una importante editorial. Joaquín también me apoyó con un correo electrónico desde Sao Paulo, donde estaba pasando unas semanas, invitado por un amigo.

 

Mi querida Gabriela Mistral, no te quemes los ojos trabajando. Aquí van algunos consejos.

*Lee a tus escritores favoritos y cópialos.

*No sobreestimes a tus lectores. Sí, son tan estúpidos e ignorantes como piensas.

*No trates de ser original: toma demasiado tiempo y no te están pagando por hora.

*Sé honesta contigo misma. ¿De verdad crees que vas a escribir una gran novela? La respuesta es obvia y te liberará de todo el estrés que significa escribir algo hermoso, profundo, inteligente o divertido.

*Visita la librería más cercana y observa todos los malos libros que repletan las repisas. ¡El tuyo puede ser uno más!

*Explora otras áreas creativas, como la jardinería o los collages con tallarines.

*Duerme. Mucho.

Te amo, amiga mía.

 

Imprimí el email y lo pegué en la muralla.

 

 

 

Las ricas y famosas llegaron a almorzar ese fin de semana. Traían a un amigo italiano de paso por Chile. “Gino vive en un palazzo en Roma –habían anunciado–, a dos pasos de Valentino.”

Gino, olvidaron mencionar, tenía cerca de ochenta años y una figura que recordaba a Pavarotti. Sudaba como un caballo al final del Kentucky Derby, y ese día llevaba puesto algo que solo puede describirse como un caftán de lino blanco, lo bastante transparente para adivinar que su elección de traje de baño era un zunga europeo. Gino había insistido en conocer al “ragazzo de Lecampino”.

Huh, había llegado el momento de pagar por todos mis pecados.

–Vicente, Gino. Gino, Vicente –nos presentó formalmente una de las ricas y famosas.

Estiré la mano, pero Gino se abalanzó sobre mí (“No, no, no…, ¡a la italiana!”) y me plantó dos húmedos besos, uno en cada mejilla. Mientras María traía pisco sour y vino blanco para el aperitivo, el gordo se instaló a mi lado en la terraza, decidido a intimar conmigo.

Caldo, ¿eh? –dijo, posando su mano gruesa y rosada sobre mi muslo.

–¿Caldo?

Caldo! Caliente…, caluroso ­–explicó con una sonora carcajada mientras tomaba una copa de la bandeja. Su mano seguía en mi muslo.

–¡A Gino le encanta Chile! –dijeron las ricas y famosas–. Viene muy seguido porque tiene negocios aquí.

–¿Y qué tipo de negocios? –preguntó Alberto con diplomacia.

Uno poco de questo, uno poco de aquello… –respondió Gino, misterioso.

Había quitado la mano de mi pierna y me había tomado de los hombros como si fuéramos viejos amigos, o una de esas parejas que siguen enamoradas después de cincuenta años de matrimonio.

No quería ofender a las ricas y famosas, pero necesitaba urgentemente una excusa para levantarme y huir de allí.

–Permiso –dije–. Vengo enseguida.

–¡Eh! El llamado de natura… –exclamó Gino guiñándome un ojo.

Crucé el living como un rayo y me encerré en el baño del fondo del pasillo. Una de dos: o las ricas y famosas me habían ofrecido como presa a cambio de unos días en el palazzo romano, o bien el italiano había leído, y creído, todo lo que se decía de mí en la prensa. En eso estaba, sopesando la situación y planeando mi escapatoria sentado sobre la tapa de la taza del baño, cuando oí un toc-toc.

–¡Ocupado!

Ragazzo, la porta!

–Momentito.

Pensé en salir por la ventana, pero era alta, y las ricas y famosas estaban apenas a unos pasos de distancia. Era una pesadilla. Abrí la llave del lavamanos y dejé correr el agua.

–¡Ya salgo!

Me lavé la cara, me mojé el pelo, me peiné hacia atrás y finalmente abrí la puerta. Ahí estaba Gino, rojo como una langosta, empapado en sudor, la boca abierta en lo que pretendía ser una sonrisa. El escote del caftán, caído hacia un costado, revelaba un hombro rollizo y pecoso.

 

–¿Es cierto, doctora Krauss, que la libido desaparece en pacientes mayores de setenta años?

–No, no es cierto; se mantiene y en algunos casos aumenta en pacientes de setenta, ochenta y hasta noventa años. Nuestros estudios en ratas de laboratorio confirman lo que digo. Tenemos ratas ancianas con una vida sexual tanto o más activa que los animales jóvenes, y su resistencia, interés y energía en muchos casos resultan apabullantes.

Psychology Journal, entrevista a Helga Krauss, eminencia en sicología geriátrica.

 

Intenté salir del baño, tarea nada fácil considerando el muro de carne italiana que bloqueaba la puerta. Traté de pasar la cabeza por el hueco que dejaban sus brazos levantados, pero él dio un paso adelante y nos quedamos entrampados, con sus labios sudorosos a un centímetro de mi ojo derecho.

–Je, je, je. Stretto, eh?

No sé lo que dirán los tribunales chilenos, pero en mi libro sobre los derechos ciudadanos ese comentario entraba en la categoría de acoso sexual, y no estaba dispuesto a aceptarlo.

–Mire, Gino –le dije muy serio–. No soy lo que usted cree.

–¿Ehhh?

–¡No soy un gigoló!

–¡Gigoló!, ecco…Cuanta mille lira?

Obviamente, no había entendido el mensaje.

–No, no, no.

–¿Dinero?

–¡No!

Le montre? ¡Cartier! –exclamó, mostrándome su reloj.

“¡NO!”, grité por fin, y arranqué hacia la terraza, no sin antes propinarle un buen pisotón a mi acosador.

Figlio della putanna!!

El almuerzo fue un desastre. Gino regresó a la mesa y no abrió la boca durante el resto del día, el ceño fruncido como el de un toro cuando escasean las vacas.

–Gino, ¿por qué no les cuentas tu anécdota con Sophia Loren? –sugirieron en un momento las ricas y famosas, tratando de aligerar los ánimos.

–¡Hmpf!

(¿Pero qué edad tenía este señor? ¿Cinco?)

–Ya, pues, Ginito, mejora la cara… –insistieron.

–¡Hmpf!

Cuando partieron, cerca de las seis de la tarde, Gino se sentó al volante de su Mercedes SUV y ni siquiera bajó la ventanilla para despedirse.

 

                 

 

A la mañana siguiente, abrí un ojo solo para descubrir otro radiante día de septiembre colándose por las cortinas. Hundí la cabeza en la almohada, dispuesto a seguir durmiendo, pero enseguida oí ruidos en la habitación que ya consideraba “mi oficina”.

–Alberto, ¿qué haces entre mis papeles? –pregunté, aunque legalmente eran sus papeles.

Y su escritorio. Y sus revistas. Y su casa.

–¿Viste esto? –dijo, alzando uno de los catálogos de Sotheby’s que me servían como material de investigación para describir las obras de arte que colgaban en el penthouse de Allison Norman–. ¿Viste esta pieza?

La “pieza” en cuestión no era más que un jarrón de greda, no muy distinto de los que podían adquirirse por dos pesos en el pueblito de los artesanos de Pomaire.

–Sí, es un cantarito de greda, ¿no? –contesté con desgano.

–No, Vicente, no es un “cantarito de greda”. Es una pieza precolombina valiosísima, única. ¿Sabes dónde la vi por última vez?

–¿Como sujetalibros en la casa de algún actor hippie en Peñalolén?

–No, en la oficina de Máximo Aldunate. ¿Sabes cuánto vale?

–No tengo idea.

–Entre dos y tres millones de dólares.

–¡Qué…!

–Sí, y mira el nombre que aparece como vendedor en el remate. Steve Miller. ¿Sabes quién es?

A esas alturas estaba claro que las preguntas de Alberto no eran sino retóricas, simplemente el hilo que lo conducía al final del laberinto.

–Steve Miller es el dealer de Máximo en Nueva York, el que vende y compra todas las piezas de su colección de arte.

–¿Y? –pregunté ahora con curiosidad genuina.

–¡Esta pieza nunca debería haber salido de Chile! Aunque esté en manos privadas, es patrimonio nacional. ¿Sabes lo que eso significa?

Me encogí de hombros con expresión vacía.

–Vicente, ¡descubrí el talón de Aquiles de Aldunate!

 


 

 

III

 

 

Había una incomodidad en mi corazón,

una voz que hablaba y me decía ¡quiero, quiero, quiero!

Sucedió cada tarde, y si trataba de callarla, más fuerte se hacía.

Saul Bellow

 

 

Los conflictos del Medio Oriente, una nueva acusación por abuso de menores contra Michael Jackson, el romance de Jennifer López y Ben Affleck y, en Chile, las confesiones de una animadora sobre la paternidad del hijo que esperaba se confabularon para ir apagando poco a poco el brillo de mi propio escándalo. Sebastián y yo –especialmente yo– éramos ya noticia vieja, tabloides amarrados y dispuestos en pilas junto a la puerta, listos para el camión de la basura. Había seguido demasiadas historias parecidas para no saber que en cuestión de semanas oiría los susurros de algún viejo matrimonio en el supermercado: “Carlos –le diría ella, avisándole con un discreto codazo–; mira a ese tipo. ¿No es…”. Carlos me echaría una mirada por encima de sus lentes ópticos y diría algo como: “Nahh, no es nadie….”.

El alivio de recuperar una intimidad para la que no tenía mayor uso se mezcló con una nostalgia profunda e inexplicable. Igual que esas mujeres golpeadas que salen a defender a sus maridos abusadores en los talk shows, comencé a extrañar a los curiosos y los fotógrafos que se instalaban a las puertas de mi departamento, así como las constantes peticiones de entrevistas, mi foto en los periódicos y hasta las acusaciones de prostitución. La montaña rusa se había detenido y yo, todavía con el pecho apretado de terror y el estómago dado vuelta, quería más.

–Es el síndrome de Victoria Principal –me explicó la Jenny, con una autoridad casi académica–. ¿Se acuerda cuando era la estrella de Dallas y todos decían que estaba vieja, que se había hecho la cirugía plástica y que era ninfómana? Ella se quejaba en los diarios, pero cuando la serie terminó y dejaron de hablar de ella, casi se murió. Hizo lo imposible por volver al primer plano. ¡Hasta sacó un video de aeróbica!

Por primera vez en semanas pude salir a la calle, comer con amigos y hasta ir al cine sin que nadie levantara una ceja. Me había vuelto invisible.

Mi agonía se trasladó a mi trabajo, y Allison, sin saber cómo, se vio enfrentada a todo tipo de tragedias en los últimos capítulos de Traición en Park Avenue. Se le incendió el penthouse, se le cayó el pelo a raíz de una crisis nerviosa como la que sufrió Carolina de Mónaco, y su amante, Nick, quedó impotente después de un accidente automovilístico en la Costa Azul.

“Nick, oh, Nick, no te preocupes, amor mío. Te llevaré a los mejores médicos del mundo, y ya verás cómo todo se soluciona”, escribí, tratando de darle un final feliz a la historia. Pero no hubo caso. Allison estaba condenada.

 

… Allison se arrojó sobre las sábanas de satén y abrió el cajón de su velador francés. Sacó la botella de bourbon que guardaba para ocasiones especiales y, con un largo sorbo, ingirió las pastillas azules, amarillas y blancas que acunaba en su palma. Luego cerró los ojos y pensó que al día siguiente se sentiría mucho mejor. Mañana sería otro día en Park Avenue.

 

FIN

 

Imprimí las doscientas cincuenta páginas de mi primera gran contribución a la humanidad, sin poder creer que ya estuviese terminada. Me lavé las manos, me puse un par de guantes blancos que encontré en el armario de la cocina, donde María guardaba su uniforme, y ordené cuidadosamente las páginas en un fajo limpio y blanco, salpicado de letras. Lo amarré con una cinta roja y se lo entregué a Alberto. “¡Aquí está!”, dije, orgulloso.

–¿Terminaste?

–¡Terminé! ¿Vas a cumplir tu promesa? ¿Lo vas a presentar a la editorial?

–Vicente, yo siempre cumplo mis promesas.

Esa noche hablé con Sebastián para contarle las buenas noticias.

–No sabes lo orgulloso que estoy de ti –me dijo al teléfono–. ¿Cuándo puedo leerlo?

–El primer ejemplar que salga de la imprenta es tuyo –le prometí–. Y va a ir con una dedicatoria muy especial.

 

 

 

Habían pasado dos semanas y todavía no había noticias. Abrí la tercera cajetilla de Marlboro Lights del día y aspiré largamente el cigarrillo número 41. La ansiedad me estaba matando. Alberto estaba en Nueva York (mmm, lo envidiaba…), trabajando en su caso contra Máximo Aldunate, y yo permanecía en la playa, donde no tenía más que hacer que ver capítulos repetidos de Friends o disfrutar en la piscina del sol del verano que ya se anunciaba.

“Trabaja, hijo; ahorra; mira que la vejez sin dinero es muy triste”, parecía escuchar a mi madre mientras me aplicaba el bronceador.

–¿Cuándo vuelves a Santiago? ¿No crees que ya es hora de que empieces a buscar un trabajo? –me había preguntado un par de días antes.

–He estado trabajando… –me defendí–; terminé mi novela y Alberto la está ofreciendo a algunas editoriales.

Mi madre se quedó muda del otro lado de la línea.

–¿Mamá?

–Sí, estoy aquí –contestó con frialdad–. ¿No te parece que ya es hora de poner los pies en la Tierra?

–¿Qué me quiere decir con eso?

–¡Te quiero decir que ya no tienes doce años! ¿Crees que puedes pasarte la vida soñando con un mundo irreal? No te vas a dar ni cuenta cuando cumplas cincuenta. ¿Y entonces qué? ¿Vas a seguir encerrado viendo tus películas, leyendo revistas y escribiendo tonteras?

–No son tonteras…

–Bueno, no son tonteras –dijo, suavizando la voz–. Pero creo que tu imaginación te está jugando una mala pasada. En la vida real hay cuentas que pagar, Vicente, y no puedo dejar de decirte que me tienes tremendamente preocupada.

–Mamá, no se preocupe. Va a ver cómo todo se arregla… ¿Se acuerda, en Pretty woman, cuando Julia Roberts cree que va a ser puta para toda la vida…?

–¡Ésa es una película! Esas cosas no ocurren en la realidad. Mira, Vichito, vendí mi auto para tener un departamento, que va a ser para ti cuando yo me muera. Ahora tú tienes que hacer tu parte. La vida no es fácil, y a no ser que cambies de actitud y te pongas los pantalones de una vez por todas, vas a terminar muy mal…

–No me diga eso, mamá.

–¿Tú crees que me gusta decírtelo? Todos los días le pido a Dios, a tu padre y a san Expedito que te ayuden, pero parece que no me están escuchando.

–A lo mejor se cansaron de tanto ruego.

–¡No seas impertinente! Lo hago por tu bien.

–Mamá, yo hago lo que puedo…

–Pues bien, vas a tener que esforzarte más, porque así como estamos vamos a terminar todos viviendo en un tarro de basura. Hablé con la Alicia, y su marido necesita un recepcionista en su oficina.

–¡No voy a ser recepcionista de una aseguradora! –reaccioné, enfático–; eso se lo digo desde ya.

–¿Ah, no? ¿Y qué vas a hacer entonces?

–Todavía no sabemos si puedo vender mi novela. ¿No sería fantástico?

–Ésa es la palabra precisa. Fantástico... Pero en el mundo no se vive de fantasías, Vicente.

 

 

 

El Día de los Muertos estaba a solo horas de distancia. “Qué apropiado”, pensé mientras surfeaba con el control remoto, sin encontrar nada que me interesara. “Ciento sesenta canales, y nada que ver. El mundo definitivamente está llegando a su fin”, pensé. De pronto sentí que un automóvil subía por la colina y se estacionaba frente a la puerta, con las luces encendidas. Miré por entre las cortinas y vi a un hombre bajar y tocar el timbre. A pesar de la oscuridad, y de que el recién llegado llevaba una boina que cubría la mitad de su rostro, lo reconocí de inmediato.

–¡Yo abro, María! –grité, mientras me levantaba y corría a la entrada de la casa.

Aunque hasta allí no había más de veinte pasos, fue espacio suficiente para darme cuenta de que no había visto a Sebastián en seis meses, y que los calcetines blancos que tenía puestos no solo no combinaban con mis shorts Gap, sino que tenían un hoyo enorme que dejaba el dedo gordo de mi pie derecho al descubierto. Sexy.

–Hola, Vicente… ¿Estás ocupado?

–No, no… ¡Pero qué sorpresa!

Era él, Sebastián. ¡Sebastián Lecampino! ¿Qué hacía allí, en Zapallar, en la puerta de la casa de Alberto, a pocos centímetros de mí, mirándome a los ojos con una sonrisa casi tímida?

Nos quedamos en silencio, sin saber qué decir.

–¿Puedo pasar? –dijo finalmente.

–Sí, por supuesto… 

Abrí la puerta de par en par, mi dedo gordo completamente iluminado por la luz del pasillo. Nos instalamos en el living; él en el sofá, yo en una de las sillas junto a la chimenea. Pero de inmediato salté, nervioso:

–¿Quieres tomar algo? –ofrecí con tono de anfitrión.

–¿Whisky?

En un minuto estaba de vuelta con dos vasos llenos hasta el tope de Johnnie Walker etiqueta negra.

–¡Guau! –exclamó Sebastián, sonriendo–. ¡Esto no es un trago, es una piscina!

Su sonrisa me desarmó. Tenía un aire de timidez adorable que se perdía completamente en las fotografías que le tomaban, y a pesar de nuestra pasajera intimidad, y de nuestra relación telefónica, nos comportamos como dos desconocidos en una cita a ciegas.

–Perdona que haya venido sin avisar…

–No, no hay problema.

–Quería agradecerte en persona por todo lo que ha pasado. Estos meses deben haber sido muy difíciles para ti, y te has portado como un hombre de verdad.

(¿Un hombre de verdad? Era la primera vez en mi vida que alguien usaba esas palabras para referirse a mí.)

–No hay nada que agradecer –contesté, muy educado–. Tú sí que lo has pasado mal.

Sebastián volvió a sonreír.

 

 

 

Johnnie Walker fue la compañía perfecta para esa noche. Después del segundo vaso ya estábamos hablando como si fuéramos viejos amigos, yo tirado sobre la alfombra, con la cabeza algo liviana por el whisky y mi dedo asomándose orgulloso por el calcetín; Sebastián todavía en el sofá, concentrado en los hielos que lentamente se deshacían en el alcohol.

–¿Sabes lo que más me molesta de todo? –dijo.

–¿Qué?

–Quedar como un mentiroso. Yo nunca engañé a nadie, Vicente.

–¿Ni siquiera a Tatiana?

–Nunca le mentí a Tatiana. De verdad la quise; es una mujer extraordinaria, de una fuerza y una ambición admirables. Y a veces puede ser muy dulce, aunque no lo parezca.

–No, no lo parece –dije de todo corazón.

–No hay que ser muy duro con ella. Siempre supo lo que quería y ha luchado por conseguirlo. En eso nos parecemos; quizás por eso nos entendíamos de maravillas. Ella sabía que yo estaba confundido. Yo le conté que había tenido dos relaciones importantes con hombres, y uno de ellos sigue siendo uno de nuestros mejores amigos. Yo la quería, Vicente, y ella me convenció de que el matrimonio iba a terminar con mis dudas. Además, era bueno para nuestras carreras…

–Siento tanto lo que este escándalo ha significado para tu carrera, Sebastián. Nunca fue mi intención, te lo prometo.

–¿Pero qué le ha hecho a mi carrera? –dijo él, alzando la vista por primera vez en largo rato–. Yo sigo adelante. Quizás no es la carrera que tenía, la que tanto busqué, pero ahora me siento libre para hacer lo que se me ocurra. Ya no tengo que darle explicaciones a nadie. Si a la gente le gusta, bueno. Y si no le gusta, bueno también. Nunca me había sentido tan seguro sobre mi futuro como ahora…

 

Un año después del escándalo que le costó su salida del fútbol profesional, Sebastián Lecampino está cosechando los frutos de su renovada fama. Sin hablar de sus millonarios contratos publicitarios con Mercedes Benz, Nike y Fresh, el campeón chileno será el rostro del área deportiva de Rainbow TV, la exitosa cadena gay europea, una de las señales favoritas del público en Francia, Italia, España y Gran Bretaña con shows como Yo y mis Dos Mamás y Homosex & The City. Según la revista Forbes, este año los ingresos de Lecampino superarán los siete millones de dólares.

Sports Illustrated, junio de 2003

 

Cerca de las dos de la mañana, Sebastián se levantó e hizo ademán de despedirse.

–¿Dónde alojas esta noche? –pregunté, anhelante.

–No sé. En el Isla Seca, yo creo. ¿Por qué? ¿Tienes otra idea?

–¿Por qué no te quedas aquí? Hay más camas que en un hotel…

–¿Estás seguro? –preguntó, sonriendo.

–Seguro.

Comments

Popular posts from this blog